AQN – Critica: Willard (1971)

Willard (1971): un joven solitario adopta una rata como mascota y lidera un ejercito de roedores con los cuales se venga de sus enemigos, en este clasico con Bruce Davison y Ernest Borgnine. Critica de la pelicula

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    Critica: WILLARD

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una crítica del film, por Alejandro Franco

USA, 1971: Bruce Davison (Willard Stiles), Sondra Locke (Joan), Ernest Borgnine (Martin), Elsa Lanchester (Henrietta Stiles)

Director – Daniel Mann, Guión – Gilbert A. Ralston, basado en su propia novela Los Cuadernos del Hombre Rata

Trama: Willard Stiles es un joven solitario y algo desaliñado. Ahora tiene un empleo de segunda en la que alguna vez fuera la fábrica de su padre. La vida de Willard se debate entre la asfixiante sobreprotección de su madre, y las riñas constantes con su jefe, el señor Martin, el cual ve como el muchacho descuida su trabajo y su vida. Pero semejante escenario comienza a cambiar cuando Willard descubre una rata en el sótano y la adopta como su mascota. Muy pronto la rata procrea y genera una horda de roedores, los cuales toman a Willard como su lider, y el muchacho muy pronto empieza a entrenarlas. Sin embargo toda esta situación explota por los aires cuando la madre de Willard fallece, y el frágil muchacho debe enfrentarse al mundo por primera vez en completa soledad. Endeudado y presionado por su jefe para que le venda su casa, el delicado equilibrio mental del muchacho estalla por los aires, y pronto se lanza a un raid de revancha, utilizando al ejército de ratas que ha amaestrado como su instrumento de venganza. Pero el joven ha llevado las cosas demasiado lejos y, al querer deshacer lo hecho, ha provocado al líder de la horda – una rata llamada Ben -, la cual posee una inteligencia inusual y está al tanto de los planes de Willard para deshacerse de los roedores. Y esa podría ser una decisión que bien puede costarle la vida al joven.

    trailer de Willard  

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      Willard (1971) ¿Cúales son los mecanismos de la tragedia?. Básicamente es la situación de un inocente sometido a una serie de circunstancias injustas, lo cual culminará en algún tipo de fatalidad. Mientras que el melodrama involucra mecanismos similares, al menos existe cierta expiación / recompensa cuando al final el sufrido héroe obtiene su merecida y costosa felicidad; pero en la tragedia todo es cuesta abajo y lo que tenemos es tanto la explosión de la situación como la implosión del protagonista.

Una figura trágica es alguien a quien el destino – trazado por el dramaturgo de turno – le ha negado todas las oportunidades. El conflicto se plantea cuando la historia amenaza con normalizarse – en contadas ocasiones pareciera que el protagonista puede escapar de su maldición y está a punto de convertirse en un ser normal sin carga emocional ni pasado que lo atormente – y, como golpe de efecto, le pega portazo en la cara al sufrido protagonista. En esa sensación de impotencia es en donde el individuo acumula odio y se descarga, y donde comete los errores que lo llevan a su fatídico destino. No hay salida posible para el héroe trágico; lo suyo es sufrimiento y decepción frente a una normalidad que parece cercana pero siempre le es negada.

En ese sentido Willard tiene mas de un punto en común con esa obra seminal del género que es Psicosis. He aquí otro muchacho atrapado en una vida miserable, buena parte de la cual es culpa de su madre – sobreprotectora, absorbente, cariñosa con lo justo pero despótica el resto del tiempo -. Son situaciones de presión en donde el protagonista no puede desarrollarse normalmente sino que se transforma en un solitario con una visión distorsionada del mundo. Al estar su universo compuesto por pocas cosas – pocos objetos, pocos afectos -, el exceso de importancia dado a cada uno va de lo obsesivo a lo aterrador. Es una personalidad basada en un delicado equilibrio, sustentado sobre las pocas cosas que forman su haber; basta que a un individuo así le quiten uno de sus preciados objetos (o seres) para que el equilibrio estalle por los aires. En el caso de Willard (tal como pasaba en Psicosis) basta la desaparición física de la madre para que se desencadene el drama; hasta ese entonces teníamos una situación latente pero contenida, con un joven desarrollando extraños hábitos como hobby (la taxidermia en Norman Bates; el adiestramiento de ratas en el caso de Willard Stiles), los cuales anestecian una situación tan triste e incómoda como frustrante.

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Mientras que el mecanismo elegido por Norman Bates era el embalsamamiento y adoración de su madre muerta, el disfrazarse como ella, y el cuchillo de cocina como medio para masacrar sus miedos – aquellos que amenazan el fragil equilibrio de su existencia, sea la sensualidad de Janet Leigh o el acoso incómodo de Martin Balsam -, Willard Stiles es mas sofisticado y parte de una versión aterradora de El Flautista de Hamelin: el inadaptado social tiene por amigo a las ratas – animales que viven de manera invisible bajo nuestros pies pero que sólo provocan desprecio cuando realizan una aparición pública -, los cuales tienen demasiado en común con su propia persona. Y es allí en donde el reprimido y menospreciado se transforma en un individuo con poder, comandando un ejército de ratas contra sus supuestos victimarios. Ciertamente es una situación mas mental que real – durante la primera hora no hay villanos; e incluso el jefe de la oficina que compone Ernest Brognine, es mas un pícaro con cierto aire paternal que un despiadado crápula decidido a torturar al endeleble Bruce Davison -; pero al cabo de 60 minutos el libreto decide enfatizar las cosas y, en esa pérdida de equilibrio y distancia, es donde todos se ponen trajes negros. A diferencia de otros esfuerzos posteriores inspirados en Willard como, por ejemplo, Carrie -, este inadaptado social no es una victima inocente de las circunstancias sino un individuo que decide atacar a quienes le subrayan los problemas y limitaciones de su personalidad. Mientras que Carrie tomaba venganza de aquellos que le odiaban, aquí Davison prefiere ridiculizar a su jefe y robar el dinero que precisa, optando por chances simplistas o infantiles en vez de plantearse seriamente un cambio de vida o cuestionarse qué hay de malo con su conducta. En vez de una figura trágica a lo Carrie, tenemos en cambio a un sicópata con una visión alterada del mundo, exagerando los males en personas que simplemente tienen codicia, le exigen que cumpla con su trabajo o que abone los impuestos adeudados como hace el resto de la gente.

Willard es mas un drama con elementos de horror, que un filme de terror puro y duro. Los shocks son bastante asépticos y lo que hay es un puñado de escenas efectivas – como la cacería de ratas que hace Ernest Borgnine en el archivo de la oficina o, al final, cuando la horda de roedores decide atacar a sus victimas y despedazarlas con los dientes (algo mas sugerido que explícito) -; pero el filme se erige como un auténtico clásico en base al equilibrio que mantiene en todos sus aspectos, y que hace que la escalada de locura del protagonista sea creíble. Este no es un idiota de aspecto tétrico como Crispin Glover en la horrenda remake del 2003; es un muchacho frágil, simpático, introvertido y apuesto, el cual tiene un costado oscuro que comienza pequeño y termina literalmente por devorarlo. Es un joven atormentado por el dolor y la impotencia, que siente que en la presencia de la joven empleada temporaria que ha llegado a la oficina – una jovencísima Sondra Locke – existe una oportunidad ínfima para encauzarse y comenzar una vida normal; pero su locura ha abierto las puertas del infierno y ha entrado en una espiral de tragedia en donde la única resolución posible es la muerte. A final de cuentas es Ben, el roedor que dirige la horda con una astucia que trasunta la pantalla, el que viene a poner las cuentas en orden: lo suyo no es contemplación de un drama ni el perdón de los errores del protagonista, sino el cobro de vidas – pequeñas e importantes -, sacrificadas en una intentona de deshacer las tropelías cometidas. En ese sentido Ben se erige en un ser de lógica pura, el cual aplica castigos de manera fría y objetiva.

Willard es un filme estupendo. Está plagado de subtextos y grandes actuaciones. No sólo sería un éxito inesperado y arrollador, sino que desataría el subgénero conocido como Venganza de la Naturaleza, el cual tendría su exponente máximo en el Tiburón de Steven Spielberg de 1975; y sin dudas tendría resonancias en otros subgéneros compuestos por adolescentes traumados devenidos asesinos seriales, muchos de los cuales tomarían el molde a partir de Carrie (1976) y otros filmes derivados o inspirados en él; y desde ya, se encuentra a años luz de su estúpida remake, la cual desconoce lo que significa la palabra sutileza. Tras el éxito de Willard vendría la secuela, Ben, la Rata Asesina (1973), la cual comentaremos en una inminente oportunidad.

  WILLARD La saga de Willard se compone de: Willard (1971) – Ben, la Rata Asesina (1973). Willard (2003) es la remake del filme original.    

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