AQN – Critica: The Rocky Horror Picture Show

The Rocky Horror Picture Show: la clásica opera rock que parodia al genero del terror y que fuera un film de culto, con Tim Curry y Susan Sarandon. Critica del film

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    Critica: THE ROCKY HORROR PICTURE SHOW

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una crítica del film, por Alejandro Franco

Gran Bretaña, 1975 : Tim Curry (Dr Frank N. Furter), Barry Bostwick (Brad Majors), Susan Sarandon (Janet Weiss), Richard O’Brien (Riff-Raff), Patricia Quinn (Magenta), Little Nell (Columbia), Peter Hinwood (Rocky), Charles Gray (Criminologo), Meatloaf (Eddie), Jonathan Adams (Dr Everett Scott)

Director – Jim Sharman, Guión – Sharmam & Richard O’Brien, basados en el musical The Rocky Horror Show de O’Brien, Musica – Richard Hartley

Trama: Brad y Janet son una pareja de enamorados que quedan varados en la campiña durante la lluvia cuando se dirigen a ver al Dr. Scott. La unica via de socorro parece ser un castillo al que han visto en el camino. Pero en la mansión son atrapados y llevados frente a la presencia del bizarro Dr. Frank N Furter, un transexual que está a punto de culminar su máximo experimento: darle vida a un musculoso joven y utilizarlo como su juguete sexual. Pronto Brad y Janet caen bajo las influencias lascivas de Furter, pero Janet y el joven revivido, llamado Rocky, terminan por enamorarse. Furter se encuentra por tomar represalias contra ambos cuando la presencia de visitantes del planeta natal del doctor, Transilvania, llegan a la Tierra y se encuentran decididos a cercenar su vida de excesos sexuales.

    gran entrada en escena del Dr. Frank N Furter (Tim Curry) en este clip de The Rocky Horror Picture Show  

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  The Rocky Horror Picture Show The Rocky Horror Picture Show es el epitome del film de culto. Basado en una opera rock inglesa, tuvo su versión filmica en 1975 y, desde entonces, ha permanecido en cartelera hasta el día de hoy – lo que constituye un auténtico record -. Si bien es cierto que en su estreno no la vió nadie, comenzó a generar un circuito de culto a partir de 1976 y su pase a las proyecciones nocturnas de los viernes, donde de a poco una multitud de seguidores comenzó a acudir a las salas con disfraces como los de los personajes del film, tararear las canciones durante la proyección, y comenzar a devengar convenciones de fans.

Pero si bien los números y la data es impresionante, el suceso que rodea al film suena excesivo. Si uno lo analiza profundamente, da la impresión de que se trata de una idea que suena fantástica en el papel pero se encuentra pobremente ejecutada. El concepto de una comedia basada en la parodia a los personajes clásicos del terror vistos desde una perspectiva eminentemente sexista – el Dr. Frankenstein es ahora un travesti solitario que desea crear un compañero para saciar su lujuria; la llegada de las victimas al castillo, que terminan por participar por todo tipo de orgías hetero y homosexuales; el uso abundante de toda una iconografía sexual en cada palanca, máquina y dispositivo del castillo de Frank N Furter – suena fantástico, pero la ejecución es bastante mediocre. Uno no tiene problemas con la optica bizarra y excesiva del film, ni que la mayoría del tiempo todo el mundo esté en paños menores y con portaligas. Simplemente el problema pasa porque hay mucho más estilo que substancia, y el boceto de idea original del film – parodiar al género del terror y la ciencia ficción, mofarse de los clisés del cine fantástico – termina desviándose hacia ningún lado. Es una película que comienza con una idea y termina en puro divague, posiblemente por un exceso de auto importancia del director y creador de la opera rock.

Como opera rock es definitivamente olvidable. La música intenta poner garra pero las canciones no terminan por enganchar a nadie. Las letras de los temas parecen un relleno de divagues, y no sería desacertado afirmar que en realidad esto es puro trash de los 70, con exceso de pretensiones artísticas. Sólo hay un momento del film que parece funcionar, y es a partir del nacimiento de Rocky, siguiendo con las visitas nocturnas del doctor a los aposentos de Janet y Brad. Allí hay comicidad, hay ritmo… pero después se termina por perder en el exceso todas las nobles intenciones.

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Eso no significa que uno no reconozca de que The Rocky Horror Picture Show tiene sus valores. Principalmente por la potencia y carisma de Tim Curry que roba la pantalla cada vez que permanece en ella, aunque lo que tenga que cantar o recitar sean delirios sin sentido. También están Susan Sarandon y Barry Bostwick en uno de los primeros papeles de su carrera, y están ok (incluso sus timbres de voz son realmente muy buenos). Pero toda la energía que ponen no está acompañada ni por las canciones, ni por el libreto, ni por la dirección que resulta torpe. A uno le da la impresión que toda la oportunidad que plantea el tema se pierde en un 50% por falta de afinamiento del lapiz en el guión y un pulso algo errático en la dirección. Como plantea el tema del título, este parecería ser un canto de amor a la sci fi de la adolescencia del autor, y por momentos parecería que se quisiera parodiar a los géneros desde un punto de vista moderno. La idea del doctor Frankenstein travestido y enfermo de amor por su creación (bah, y por cualquier humano) es un chiste delicioso que dura dos minutos. Después entran y salen personajes in ningún sentido – el motociclista novio de Magenta, interpretado por Meat Loaf, que es rápidamente eliminado; el Dr. Scott que aparece de la nada y aporta poco -, los caracteres se comportan erráticos – como el jorobado Riff Raff, interpretado por el autor de la opera, que tortura al joven Rocky -, y el final es absurdo, salido de la galera como para darle algún tipo de cierre a la historia.

Es posible que para 1975 el film fuera definitivamente shockeante. Aún hoy, en lo visual, toda la parafernalia sexual tiene su impacto. Pero da la impresión que la sátira del genero se diluyó en el camino en algún momento para transformarse en una oda a favor de la libertad sexual – lo cual también podría estar ok como leit motiv -, y al final no termina por decantarse por una cosa ni la otra. Es un film que precisaba más agudeza y gracia en su libreto, y definitivamente otro director que supiera cómo ajustar las tuercas. Si uno quiere, la película – salvando tiempos y distancias – hubiera requerido de un John Waters o bien de un Joe Dante. Pero Jim Sharman es tan blando y tibio que sólo se deja llevar por la inercia de la obra, con lo cual sus virtudes quedan superditadas al talento natural de alguno de sus intérpretes y un par de escenas inspiradas.

   

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