Arlequin: Critica: Playtime de Jacques Tati (1967)

Playtime (1967): Monsieur Hulot regresa en esta comedia que critica a la sociedad moderna de consumo, en este filme de Jacques Tati. Review de la pelicula

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una crítica del film, por Alejandro Franco


Francia, 1967: Jacques Tati (Monsieur Hulot), Barbara Dennek (turista), Rita Maiden (acompañante de Mr. Schultz), France Rumilly (vendedora de lentes), Valérie Camille (secretaria de Mr. Lacs), Erika Dentzler (Sra Giffard)

Director – Jacques Tati, Guión – Jacques Lagrange y Jacques Tati

Trama: El señor Hulot llega a París para una entrevista de trabajo, pero se extravía en los enormes y modernos complejos de oficinas del lugar. Completamente perdido, Hulot se pasea por un shopping en donde venden productos futuristas, se encuentra con varios amigos, y asiste a un restaurant recién inaugurado. Y en el camino entablará amistad con una bella turista americana que se encuentra de visita en la ciudad luz.

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  Playtime Jacques Tati es considerado un prócer de la comedia francesa. Con sólo un puñado de filmes en su haber, estableció una exitosa transición de la comedia muda de la época de Chaplin hasta la actual. Sin ir mas lejos, Rowan Atkinson o Benny Hill han tomado ideas prestadas de Tati para sus shows televisivos.

Después del gran éxito de Mi Tío (1958), Tati se embarcó en un proyecto monumental que terminaría por marcar el declive de su carrera. Durante seis años se dedicó a desarrollar Playtime, y en 1964 – poniendo plata de su bolsillo – empezaría la construcción de los gigantescos sets; el filme recién estaría terminado en 1967 pero en el estreno obtendría una recepción muy tibia y Tati quedaría en la bancarrota.

Playtime no está a la altura de Mi Tío, sencillamente porque no tiene el componente sentimental que caracterizaba a aquella obra – la relación tío / sobrino; la mirada entrañable sobre el París tradicional -. También es cierto que su narración no es tan fluída e intensa; pero por otro lado tiene unas cuantas cosas destacables. Como en el filme anterior, no existen los primeros planos así que se tratan de cuadros armados donde hay acción en toda la escena. El primer gag – donde confundimos a un aeropuerto con la sala de espera de un hospital – está lleno de detalles. Y después de varios minutos vemos a Hulot en escena, aunque aquí no es el protagonista principal.

Ciertamente los decorados son impresionantes. Aquí Tati parece querer crear su propia Metrópolis, con influencias del Chaplin de Tiempos Modernos. Todo es gigantesco, las personas se comportan de manera automatizada, los productos que venden en el shopping son absolutamente ridículos pero futuristas – escobas con faros, anteojos que se doblan sobre su montura para permitir la aplicación de maquillaje, puertas silenciosas -. Y hay una sensación de ahogo en la inmensidad de los edificios que cubren todo el paisaje. Es obvio que a Tati le desagradaban dos cosas: una, la avalancha de la modernidad y la cultura americana de consumo; y la otra es la pérdida del sabor tradicional de lo francés. La mayoría de las cosas tienen nombres en inglés; los edificios gigantes están por doquier – un gag recurrente es “visite la ciudad xx” y se ve un monumento tradicional eclipsado por una torre de oficinas que siempre es la misma; incluso la turista americana descubre de casualidad la torre Eiffel en el reflejo de una de las puertas de vidrio del shopping (el único dato que le sirve para darse cuenta de que está en París) -; los autos son todos iguales. Todo ello podría seguir por los mismos carriles de Mi Tío hasta que Tati llega a la secuencia de la visita a la casa de los amigos, en unos departamentos tipo colmena con gigantescos ventanales… y allí el filme se hace eterno. El sketch no tiene tanta gracia y dura demasiado.

Y de la nada, la trama se engancha con la secuencia del restaurant en plena inauguración, que es lo que termina por redimir a la película. Allí Tati apunta los dardos sobre la precariedad de las cosas modernas, cuando lentamente el restaurant se empieza a caer a pedazos – luces que no funcionan, el aire acondicionado que congela y sale a velocidad de huracán, las sillas rococó que arruinan la ropa de los comensales, la instalación eléctrica que empieza a explotar… y así un largo etcétera -. Desde ya hay una velada crítica al acostumbramiento mecánico de la gente a los usos y los objetos, sin importar si realmente son funcionales o siquiera existen – como el gag donde la puerta de vidrio se deshace, y el portero vive abriéndole a la gente sosteniento el picaporte en el aire -. En el final, la vuelta de calesita de omnibuses y coches es un toque original y brillante para cerrar la historia.

Pero a pesar de sus intenciones, Playtime es despareja. Hay momentos largos en los que carece de comicidad o que sencillamente no pasa nada. No hay continuidad de historias ni de personajes, y las viñetas a veces no son tan brillantes. Y aún así, Tati sigue siendo un creador completamente original e innovador, si bien aquí no estaba en su mejor hora.