Arlequín: Crítica: Pequeño Demonio (2017)

Critica de cine fantástico y de culto, peliculas de estreno.

Volver al Indice – Arlequin, crítica de Cine Fantástico y de Culto / una crítica del film, por Alejandro Franco


3 atómicos: buenaUSA, 2017: Adam Scott (Gary), Evangeline Lilly (Samantha), Owen Atlas (Lucas), Bridget Everett (Al), Clancy Brown (reverendo J.D. Gospel)

Director: Eli Craig – Guión: Eli Craig

Trama: Gary y Samantha acaban de casarse, aunque para Samantha éstas son sus segundas nupcias. Ella tiene un hijo fruto de un compromiso anterior, un joven introvertido y apático llamado Lucas, con el cual Gary ni siquiera puede comunicarse. Haciendo su mejor esfuerzo para convertirse en un buen padrastro, Gary lleva al niño a la escuela y a todos los compromisos sociales a los que ha sido invitado, pero siempre pasan cosas raras en los eventos que asiste Lucas – los payasos se incendian accidentalmente o las maestras se tiran soda cáustica a la cara y se lanzan por la ventana -. Cuando el fotógrafo de la boda lo llama para mostrarle un video, allí Gary se da cuenta que Lucas es el Anticristo, un ser maldito dotado de superpoderes que ha venido a la Tierra para sembrar el Apocalipsis. El problema es que, para evitar la profecía, Gary debe matar a Lucas con una daga sagrada… una idea que no termina de convencerlo ya que cree que solo se trata de un niño incomprendido. Y cuando la fecha límite se acerca – el 6 de Junio Lucas cumplirá 6 años, formando el número de la Bestia 666 -, los sentimientos encontrados paralizan a Gary, aún cuando una secta demoníaca esté dispuesta a raptar al niño y ponerlo a resguardo con tal de que el fin del mundo se cumpla como estaba escrito.

Arlequin: Critica: Pequeño Demonio (2017)

A fines de los sesentas y principios de los setentas el satanismo estaba de moda. Las películas que hicieron capote y le metieron cuiqui a toda una generación eran, en cuanto al género del terror, filmes sobre niños demoníacos: desde El Bebé de Rosemary (1968), pasando por ese clasicazo que es El Exorcista (1973) y terminando con la mas floja del trío, La Profecíadirigida por Richard Donner en 1976 -. Alegorías sobre los temores mas profundos de los adultos sobre la paternidad – al estilo de Eraserhead de David Lynch, los niños son vistos como monstruos, seres que funcionan en otra sintonía y carecen de moral cuyos puentes de comunicación con los adultos están rotos; aquí la explicación obvia es que son hijos del diablo o están poseídos por el diablo pero aún, en el último caso, es la desidia de los padres la que deja indefensa a Linda Blair frente al mundo, una inocencia que va a ser aprovechada por el Señor Oscuro para tomar al mas angelical de nosotros y convertirlo en una fiera irreconocible que nos vocifere a la cara nuestros errores como padres -, el género terminó pasando de moda y ni siquiera las remakes / reboots de El Bebé de Rosemary / El Exorcista / La Profecía lograron calar con éxito en las nuevas generaciones como para relanzar una nueva serie de películas (o una tira televisiva).

A algún ejecutivo de Netflix debió haberle parecido una idea bárbara resucitar La Profecía en tono de joda, y es así como tenemos a un grupo de cuarentones millennials (si el termino no existe, acabo de inventarlo) que deben lidiar con un pibe que tiene todas las señales de ser el Anticristo (incluso se viste como Damien, con gorrita, uniforme de colegio caro y mirada retorcida) pero al cual no le dan mucha bola porque están ocupados con otras trivialidades como las fotos de su reciente casamiento, el fallido video de la boda (donde ¡ups! la ceremonia fue interrumpida por un tornado que se chupó a la mitad de los asistentes), y la consulta constante en Internet de cómo ser padrastro de un pibe que no habla y mueve cosas con la mente o le gusta jugar con gusanos en sus ratos libres. Ciertamente la gracia estriba en que esta gente trata las cosas mas terribles con inusual indiferencia – si la maestra de Lucas decidió suicidarse, empalándose contra las rejas del colegio después de discutir con Lucas y tirarse soda cáustica a la cara, a Adam Scott sólo le preocupa que al pibe lo suspendan una semana y tenga que quedarse en la casa, y que él quede obligado a ir a un grupo de Padrastros Anónimos -, pero es una comedia que no tiene demasiado filo. No sé cuantos millennials saben qué es (o de qué trataba) La Profecía, razón por la cual un montón de gags que parodian al filme le deben pasar a miles de kilómetros de la cabeza (lo mismo que Lucas sentado frente a la TV de tubo llena de estática y hablando con una marioneta de media con forma de cabra diabólica a lo Poltergeist) pero, salvo el homenaje y la parodia, no hay mucho mas que eso. Al menos cuando el filme amenaza con ponerse feo – si Lucas es el Anticristo hay que matarlo con una daga sagrada en un lugar bendito, tal como intentaba hacer Gregory Peck en The Omen -, el libreto encuentra la redención y el pibe, que parecía tan retorcido, termina siendo un pan de Dios atrapado en un conspiración de la cual nunca quiso formar parte.

Adam Scott es de la partida (para mí es un gran comediante y un gran actor, que puede hacer de bobo o retorcido con igual intensidad), y está Evangeline Lilly, llena de mohines como siempre y que me parece que es la única manera de actuar que sabe (no es muy diferente lo suyo acá que lo que hace en la saga de Ant-Man). La gracia está en algunos secundarios como Bridget Everett (Patty Cake$) que hace de compañera de trabajo lesbiana pasada de rosca, y el grupo de soporte de Padrastros Anónimos, los cuales tienen alguna que otra salida graciosa como el incidente de la mochila que narra uno de ellos.

Dirigida y escrita por Eli Craig (el mismo de Tucker & Dale Contra El Mal, e hijo de Sally Field, la cual hace un papelito como seguidora satanista), Pequeño Demonio se deja ver y es amable, sacando un par de risas en 90 minutos de duración, lo cual habla de una comedia mas simpática que realmente graciosa, la cual podría haber sido mucho mas mordaz si el director hubiera decidido meter el cuchillo hasta el hueso y hubiera parodiado a fondo los clichés de los filmes de terror en vez de divagar con los dramas de la paternidad política.