AQN – Critica: El Mundo Perdido (1960)

El Mundo Perdido (1960): Claude Rains dirige una expedicion al Amazonas en busca de dinosaurios, en este filme de Irwin Allen. Critica de la pelicula.

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    Critica: El Mundo Perdido

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una crítica del film, por Alejandro Franco

USA, 1960: Claude Rains (profesor George Edward Challenger), Michael Rennie (Lord John Roxton), Jill St. John (Jennifer Holmes), David Hedison (Ed Malone), Fernando Lamas (Manuel Gomez), Richard Haydn (profesor Summerlee)

Director – Irwin Allen, Guión – Irwin Allen & Charles Bennett, basados en la novela homónima de Arthur Conan Doyle

Trama: Luego de su última expedición al Amazonas, el profesor Edward Challenger se encuentra de regreso en Londres. Allí organiza una reunión con la comunidad científica, aseverando que aún existen dinosaurios vivos en la selva amazónica. Los hombres de ciencia descreen y lo tildan de loco, pero un diario financia una nueva expedición – la cual traería pruebas irrefutables -, con la condición de que el periodista estrella del matutino y su hija lo acompañen en la travesía. Al cabo de unos días el grupo llega al Amazonas, pero los dinosaurios se percatan de la llegada de los exploradores y atacan el helicóptero que los había transportado hasta el paraje. Ahora sin equipo, vehículo ni provisiones, el grupo debe sobrevivir como puede hasta encontrar una salida del desolador lugar… pero los peligros abundan – desde volcanes activos hasta tribus de canibales -, con lo cual las chances de escapar con vida disminuyen con cada día que pasa.

    trailer de El Mundo Perdido  

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      El Mundo Perdido (1960) Antes que Steven Spielberg sorprendiera al mundo con sus dinosaurios digitales en Jurassic Park, la tecnología de punta para los efectos especiales (y manipular criaturas fantásticas o extintas) era la animación stop motiontómese un muñequito, muévalo un milímetro, sáquele una foto, repita el proceso -. El pionero de la técnica fue Willis O’Brien aunque sería su discípulo Ray Harryhausen quien llevaría el método al cenit con títulos como Sinbad y la Princesa, 20 Million Miles To Earth o It Came From beneath the Sea, por mencionar algunas de sus obras mas destacadas de su época de oro – situada entre las décadas del 50 y el 60 -.

Pero antes de Harryhausen, estaba O’Brien. En 1925 O’Brien fascinó al mundo con dinosaurios animados vía stop motion en la adaptación silente de la novela de Arthur Conan Doyle The Lost World (1925). Imaginen el shock de ver en pantalla a animales gigantes, monstruosos y extintos, moviéndose con increíble realismo – de hecho, la calidad de la animación fue tal que terminó convenciendo a Merian C. Cooper para contratarlo y dar a luz su proyecto mas famoso, King Kong (1933) -. Desde aquel entonces, O’Brien siempre quedó atachado a la posibilidad de realizar una remake de The Lost World, pero con mayor tiempo y presupuesto. La macana es que el veterano animador terminaría siendo enrolado por el auteur Irwin Allen – rey del cine catástrofe pero, por sobre todo, un generador serial de títulos baratos y mediocres – para la versión 1960 que ahora comentamos, la cual carece de siquiera un fotograma en stop motion. Al parecer las ideas que O’Brien había acumulado durante décadas eran demasiado caras y ambiciosas, por lo cual terminaron tiradas a la basura; en reemplazo Allen decidió despacharse con algo mas rápido y que le costara dos mangos… lo cual culminó con un par de lagartos disfrazados con crestas de plástico y peleando en directo frente a la cámara. Como quien dice, una solución con fuerte tufillo a herejía.

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Considerando el prontuario de Allen como director y productor, uno puede deducir que todos sus filmes no son mas que road movies disfrazadas de cine de aventuras o películas de cine catástrofe. La gente va del punto A al B y, en el medio, se le presentan dos toneladas de mortales vicisitudes. El escape por la cueva infestada de lava no difiere demasiado de una secuencia similar en When Time Run Out… (1980); la gente aquí se la pasa hablando sandeces y obviedades, al igual que las escenas de relleno de los filmes de cine catástrofe. Los efectos especiales son baratos, el casting es multitudinario pero está plagado de estrellas en decadencia, y lo único que tenemos es charlatanería hasta que aparece alguna secuencia desabrida de acción.

No hay nada demasiado interesante en El Mundo Perdido 1960. Está David Hedison siglos antes de su momento de gloria en la serie Viaje al Fondo del Mar; la siempre apetecible Jill St. John, hecha una nena y a una década de Los Diamantes Son Eternos (1971); el siempre eficiente Michael Rennie, que dejó su plato volador aparcado después de darle un Ultimatum a la Tierra en 1951; el carismático Fernando Lamas; y el eterno sobreactor Claude Rains, horrendo intérprete por donde se lo mire y cuyo único papel en donde estuvo bien fue en Casablanca (1942). Para colmo Hedison figura como héroe pero es demasiado soso y engominado, un rol que Lamas podría haber cumplido de sobra con un simple chasquido de sus dedos (será ese ángel que tienen los latinos que triunfaron en Hollywood). Aparte de eso, el resto es un bostezo con toda esta troupe haciendo pasos de mala comedia, Rains sobreactuando y los lagartos disfrazados de dinosaurios, lo cual – increiblemente – es lo mejor del filme. Desde ya que ahora uno sabe cómo es un tiranosaurio – con Internet, la Wikipedia, los filmes de Spielberg, etc -, pero en los 60 Allen despachaba fruta al por mayor y nos vendía que un dragón de Komodo con un penachito de plástico era un T-Rex (!!!). Lo que tiene de bueno los combates es que son reales y, en un momento, empardan a un caimán con un dragón de Komodo (u otro lagarto enorme), los cuales se muerden sin asco. Otra que la sociedad protectora de animales. Por lejos la secuencia es la única memorable del filme, y sería reciclada en otras cintas y series producidos por Allen, amén de Cuando los Dinosaurios Dominaban la Tierra (1970).

El Mundo Perdido es típico material de cine de matineé. Es un espectáculo mas aparente que real, el cual tiene un par de escenas buenas como para armar un trailer vendedor, y rogar que nadie lea la crítica del diario antes de ir al cine. Por lo demás es una mediocridad olvidable, cuyo mayor mérito será refrescar la inocencia de nuestra niñez durante los 90 minutos que dura en pantalla.

   

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