Critica: Madame Sin (1972)

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una crítica del film, por Alejandro Franco – 4 / 5

calificación 4/5: muy buena USA / GB, 1972: Bette Davis (madame Sin), Robert Wagner (Anthony Lawrence), Denholm Elliott (Malcolm De Vere), Gordon Jackson (comandante Cavendish)

Director: David Greene – Guión: David Greene & Barry Oringer

Trama : Anthony Lawrence es un ex agente de la CIA que ha optado por el retiro luego que su amada fuera masacrada a manos de espías enemigos durante el transcurso de una misión. Pero ahora Lawrence ha sido raptado por los secuaces de Madame Sin, quien lidera una siniestra organización criminal destinada al robo y venta de secretos entre las superpotencias. El fuerte de Sin es la tecnología de punta, entre la que se cuenta una poderosísima arma sónica y un dispositivo capaz de implantar recuerdos en la memoria de los agentes enemigos. La tenaz insistencia de Sin termina por convencer a Lawrence, el cual utilizará su amistad personal con un comandante de la Armada británica para desviarlo de su camino, secuestrarlo y lavarle el cerebro, programándolo para que los ayude a robar un submarino misilístico Polaris. Pero en el transcurso de la misión Lawrence comienza a encontrar inconsistencias en el discurso de Sin, con lo que empieza a creer que ha sido víctima de un engaño; el problema es que el operativo está en pleno curso y no hay nada que Lawrence pueda hacer para impedir el robo del Polaris… a menos de que encuentre un método para alertar a sus antiguos superiores en la CIA, algo que parece imposible debido a la implacable vigilancia que Sin y los suyos han montado sobre el ex agente, al cual no le pierden pisada en ningún momento.

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Madame SinMadame Sin es un fallido piloto para la TV, co-producido entre la televisión inglesa y Robert Wagner. No deja de ser un producto curioso ya que es una entrada tarde en el cine de espías moldeado a la usanza de James Bonden los 70s el género había perdido casi todo su esplendor, e incluso 007 se encontraba peleando por su vida para encontrar el método de seguir permaneciendo vigente sin perder su identidad -. Aún con todo ello, Madame Sin posee una gran cantidad de aciertos, amén de tener la valentía de salirse del libreto en el último momento y despacharse con un giro de tuerca totalmente inesperado. En todo caso uno podría decir que toma elementos clásicos de la saga de James Bond y las pasa por el tamiz del cine comiquero europeo de la época (tipo Satanik, Diabolik, etc), ése al que le gustaba privilegiar los villanos antes que a los héroes. Es por ello que el protagonista es tan sólo una excusa para que nos pongamos en contacto con la malvada, la cual se roba cada una de las escenas en las que figura.

Imaginen una mezcla entre John Le Carré y Diabolik. Hay un espía retirado, el que quedó hecho trizas después de perder a su amada en el transcurso de una misión. Al tipo lo contacta un retorcidísimo Denholm Elliott – que aquí no es más el paspado amigote de Indiana Jones que se perdía en su propio museo, sino una criatura que destila veneno e inteligencia -, quien lo quiere enrolar a toda costa para su causa. Es que Elliott trabaja para una organización liderada por Bette Davis, la cual viene a ser una especie de Ernst Stavro Blofeld, sólo que china y sin un gato en la falda. Mientras que la Davis se ve como una bisabuela a sus 64 años de edad (y parece un muñeco de cera con todo el maquillaje “oriental” que le aplicaron), por otra parte despacha sus líneas como una reina. Esta sí que es una actriz que muerde con gusto cada uno de sus parlamentos, y que se despacha con una interpretación por momentos deliciosa. Es que su Madame Sin es brillante, amoral y, sobre todo, lineal: no anda con vericuetos, manda matar a quien se le mete en el camino, y realiza planes simples pero prácticos. ¿Qué más simple que lavarle el cerebro al comandante de un submarino nuclear para que robe su propio barco?.

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Mientras que el héroe es un perdedor llorón de aquellos – muy típico de Le Carré -, el tipo sólo sirve para que nosotros lleguemos a la guarida de Madame Sin y conozcamos a la anfitriona. En otras circunstancias el personaje de Robert Wagner hubiera sido carne de cañón de la villana, pero aquí hay un viejo sentimiento – un antiguo romance que mantuvo en su juventud Madame Sin con su padre – que le da cierta banca para que no lo liquiden en el momento. Incluso hay momentos en que uno piensa que Wagner es el hijo no reconocido de la Davis, sospecha que sirve para que Denholm Elliott tenga más de un debate acalorado (y por demás de interesante) con la villana de turno.

Mientras que el personaje de Robert Wagner es muy blandengue, el filme compensa sus defectos con la pirotecnia verbal de la Davis, especialmente en sus enfrentamientos con el letal Elliott (que quiere hacer boleta a Wagner a toda costa). Eso no quita que haya algunas cosas tontas – el robo del submarino es demasiado sencillo, en donde el personaje de Gordon Jackson es tan sólo un comandante que da órdenes desde la base (las cuales son fáciles de anular, si uno lo piensa detenidamente), en vez de ser el capitán del navío; cuando pasa el climax, hay un reencuentro entre un par de personajes en circunstancias que a uno lo dejan rascándose de la cabeza (¿cómo es posible de que éstos dos…?) – y algunos aciertos (como el frío y expeditivo final, el cual es mucho mas coherente y natural que meter alguna increíble proeza heroica de último momento para dar por tierra con un organización de semejante tamaño y complejidad), los cuales le dan un sabor interesante al filme. Es que Madame Sin me recuerda, por momentos, a Modesty Blaise; el estilo de David Greene es muy similar al usado por Joseph Losey, con el uso de escenarios asépticamente blancos, otro villano viviendo en su propia isla, persecuciones en rutas costeras, etc.

Madame Sin es una muy buena película. Los personajes son muy interesantes y la química de la dupla Davis – Elliott es fenomenal. Es una lástima que no le vieron potencial al proyecto y decidieron no respaldar ni una secuela ni una serie basada en el concepto. Así como está quedará como un filme isla, una de esas oportunidades desperdiciadas en donde los caprichos del momento dejaron escapar la oportunidad de generar algo memorable.

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