AQN – Critica: Lovelace (2013)

Critica de Lovelace (2013): la historia de Linda Lovelace, la celebre actriz del cine adulto que salto a la fama por Garganta Profunda en los años 70. Reseña de la pelicula

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    Critica: LOVELACE

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una crítica del film, por Alejandro Franco

USA, 2013 : Amanda Seyfried (Linda), Peter Sarsgaard (Chuck), Sharon Stone (Dorothy Boreman), Robert Patrick (John Boreman), Juno Temple (Patsy)

Director – Rob Epstein & Jeffrey Friedman, Guión – Andy Bellin

Trama: Esta es la historia de Linda Lovelace, la actriz porno de culto que protagonizara el megahit “Garganta Profunda” – la pelicula XXX más taquillera de la historia – a principios de los años 70. Pero también es la historia del descenso a los infiernos de una chica de pueblo, la cual se unió con un individuo abusivo que terminó por sumergirla en el mundo de las drogas y la prostitución. Y no sería hasta su violenta separación que Linda terminaría por obtener una nueva visión de la vida, formando una nueva familia y abrazando con fervor a los movimientos anti pornográficos estadounidenses, de los cuales se haría su vocera más destacada hasta su fallecimiento en un accidente automovilístico en el 2002.

    trailer de Lovelace

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        Lovelace (2013) Yo soy de la generación de cuarentones que padeció los años de plomo de la dictadura militar. Con el albor de la democracia vino también la caída de la censura, con lo cual todos los filmes inscriptos en la ominosa lista negra de los censores del proceso terminaron por obtener su merecido (y demorado) estreno. Dichos filmes se dividían en dos clases: los de contenido político – léase Estado de Sitio, La Batalla de Argelia, etc, que realizaba análisis sobre los movimientos revolucionarios surgidos en los 60s y 70s -, y los de contenido erótico / pornográfico, cuyo paraguas era tan amplio que incluía desde Salo, o los 120 Dias de Sodoma hasta Garganta Profunda. Obviamente a una generación de adolescentes calentorros (entre los cuales me incluyo) le importaba mucho menos el cine político que la posibilidad de ver una película totalmente explícita y sin que le faltara un segundo de metraje, razón por la cual la pornografía vivió una pequeña temporada de gloria entre mediados de los 80 y principios de los 90, hasta que vinieron después los videoclubes, el cable y por último Internet. Ahora, para ver gente haciendo fucky fucky, no es necesario enfundarse en una gabardina y deslizarse en las sombras de un sórdido cine de barrio, sino que basta prender la computadora y poner un par de direcciones en el navegador. Como quien dice el erotismo se ha popularizado y hasta democratizado, lo cual no lo veo nada mal – no sólo muchas parejas podrán desasnarse y hasta aprender cosas nuevas, sino que también tienen acceso a una fuente de fantasías que estimulará su vida sexual -, siempre y cuando haya algún metodo de control parental para que los niños no accedan a semejante material.

Desde ya, uno de los items calientes de la mencionada tanda de filmes prohibidos era Garganta Profunda, filme porno que data de 1972 y que cuentan con algunos méritos inusuales: fue el primer filme XXX en obtener un estreno mainstream luego de una dura pelea judicial contra la censura la pelicula pudo ser estrenada de manera pública, sacando momentáneamente a la pornografía del gueto, e incluso atrayendo a una enorme cantidad de espectadores que eran neófitos o inusuales en semejante rubro, y que iban desde matrimonios a personajes del cine y la TV -; obtuvo una recaudación monumental cercana a los 600 millones de dólares (desde su estreno hasta el día de hoy); popularizó la práctica sexual a la que hace referencia el título; convirtió en estrellas a sus protagonistas, las cuales llegaron a codearse con figuras de la más alta alcurnia hollywoodense; y terminó por dar a luz a la era del “porno chic”filmes pornográficos con argumentos de mayor o menor vuelo artistico -, el cual sería tan breve como intenso y engendraría obras recordadas como El Diablo en la Señorita Jones y Mas Allá de la Puerta Verde. Tal fue el impacto que, en cierto momento, los estudios major de Hollywood consideraron seriamente abrir divisiones dedicadas a rodar filmes XXX así como estandarizar la inclusión de escenas de sexo explícito en sus producciones habituales.

Aún con toda la alharaca surgida alrededor de Garganta Profunda, dudo mucho de que haya una historia real para contar detrás de su génesis. Fue una producción mediocre y casi clandestina, cuya historia no dejaba de ser una comedieta de tercer orden, y ni siquiera era el filme más excitante de la historia del cine porno: su único mérito era las descomunales cualidades orales de Linda Lovelace y, luego de eso, paren de contar. En todo caso Garganta Profunda es mucho mas interesante como símbolo de una época, ya que a final de cuentas termina siendo un hito histórico en lo que referente a la libertad de expresión. Si bien es cierto que la pornografía ya había obtenido el status de legalidad para 1970 – con el estreno comercial de Mona, The Virgin Nymph -, ninguna cinta explícita conseguiría (ni antes ni después) el grado de masividad de Garganta Profunda, estrenada en una enorme cantidad de cines y de ciudades, y llegando a ser reseñada por diarios y revistas de primera línea. Desde ya muchos creyeron (con total ingenuidad) de que el futuro de la industria pasaría por allí; que los grandes directores aprovecharían semejante libertad para rodar sin tapujos filmes sobre temática sexual, abordándolos de manera adulta (algo que sólo alcanzó a hacer Nagisa Oshima con El Imperio de los Sentidos y su secuela), y que estaban a las puertas de lo que sería un nuevo subgénero pleno de enormes posibilidades. Lamentablemente el Porno Chic pronto pasó a mejor vida, simplemente porque es una contradicción pedirle características intelectuales a un producto que fue originalmente diseñado para provocar únicamente la excitación sexual del espectador: obras como Cafe Flesh (1982) – que transcurría en un futuro post apocaliptico en donde los escasos individuos sexualmente sanos se exhibían en el cabaret de marras, realizando todo tipo de proezas sexuales para el solaz del resto de la población impotente – eran bodrios redomados porque vomitaban toneladas de pretensiosos discursos intelectuales mientras retaceaban de manera indiscriminada el componente explícito de la cinta… el cual siempre había sido el movilizante por el cual los espectadores se acercaban a verla. Al menos en otros casos – como el ya mencionado de El Diablo en la Señorita Jones – la trama era ágil y entretenida, y la inclusión de las aventuras sexuales de la protagonista estaba hecha con gran altura; lamentablemente la industria porno siempre estuvo más desbordada de prostitutas que de actrices, y es por ello que Georgina Spelvin ha quedado como la única interprete de cierta calidad que ha podido hacer un cine porno diferente.

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Mientras que Garganta Profunda fue una curiosidad anecdótica – o, si se quiere, una aberración de la historia -, lo cierto es que mucha gente ha querido darle una importancia cultural de la cual carece. Ese revisionismo parece haber eclosionado en los últimos años, en donde surgieron – aparte de Lovelace – otras biopics sobre la protagonista como la inminente Inferno (con Malin Akerman), o incluso el documental Inside Deep Throat, el cual pretendió venderla como si fuera un mojón histórico que marcó a una generación entera. Yo creo que aquí no hay una historia para contar; y, si la hay, ninguno de los filmes que he visto sobre el tema ha acertado para dar con una vision interesante sobre el objeto histórico del cual tratan. En el caso de Lovelace, lo que tenemos es un drama hueco y mal concebido que termina resultando potable gracias a un puñado de buenas actuaciones. Pero el filme en sí está más cerca de una reconstrucción propia de los docudramas de History Channel que de un filme dramático de narrativa potente.

Yo no diría que Lovelace es un filme malo – a final de cuentas nos lleva detrás de las bambalinas del mundo de la pornografía aunque, claro está, carece de la altura de esa soberbia obra maestra que fue Boogie Nights -, pero sí es un filme plagado de decisiones artísticas discutibles. La primera es elegir a Amanda Seyfried para el papel, la cual se ve demasiado adolescente y es mucho más bonita que la original Linda Lovelace (la cual era una mujer mucho más desprolija y vulgar, aún cuando apenas tenía 23 años cuando rodó Deep Throat). Ciertamente la Seyfried compensa todo esto gracias a una muy buena actuación, pero siento en todo momento que le falta algo más. El siguiente punto es que jamás logra profundizar a alguno de los caracteres sino que parece centrarse exclusivamente en la anécdota. Y el tercer punto – y el más problemático – es que empieza a contar una historia, a mitad de camino la detiene, y la vuelve a narrar con una óptica radicalmente diferente. Es cierto que la vida real de la Lovelace fue un mar de contradicciones – luego de su paso por la pornografía, la Lovelace se decidió a combatirla, abrazando la causa de los movimientos feministas más reaccionarios… lo cual no le impidió salir desnuda en Playboy en dicha época (y demostrando que sus convicciones iban donde iba el dinero) –, pero el filme no termina de decantarse por alguna de ellas, prefiriendo mostrarlas todas juntas en una especie de visión esquizofrénica y antagónica: durante la primera mitad vemos a la Lovelace disfrutando de todo lo que le pasa, en especial gozando con el status de icono cultural en que se ha convertido de la noche a la mañana… y a la hora vemos la misma historia – y los mismos sucesos -, pero contados desde una óptica radicalmente diferente: allí se nos muestra que todo lo que ocurrió fue por culpa de su monstruoso marido, quien obligaba a la Lovelace a prostituirse y drogarse para satisfacer sus demandas de dinero, amén de someterla a golpizas brutales. En todos los casos la conclusión es similar: la chica nunca fue feliz y siempre fue una víctima de los demás. Pero la sensación de tristeza por el personaje nunca termina de ser lograda, debido a las desprolijidades narrativas de la dupla de directores responsables de la cinta.

Considerando que el tema principal del filme es la pornografía, Lovelace es sorprendentemente recatada. Las reconstrucciones de Garganta Profunda están hechas con buen gusto, e incluso dan pie para algún que otro momento cómico. Por otra parte, todo el aspecto serio y dramático suena tremendamente hueco – que pasa por el marido abusador y los padres ultraconservadores, quienes incluso le niegan asilo cuando ella descubre que su esposo es un individuo golpeador -, y la resolución es tan chata como insatisfactoria. Al usar dos puntos de vista contrapuestos, Lovelace comete el pecado de quitarle una hora de oxígeno narrativo a la historia, tiempo que se podría haber utilizado en darle profundidad a los personajes. Nunca sabemos si la Lovelace era promiscua o no – ¿cómo es que quedó embarazada de adolescente? -, o si su marido Chuck Traynor era un rufián de poca monta o un peligroso sicópata manipulador; tampoco se explica cómo la Lovelace siguió rodando varios filmes pornográficos en la vida real (aquí figura que Deep Throat fue su debut y despedida del cine XXX); y ni siquiera se explota como corresponde el conflicto entre la férrea moral de sus padres y la rebeldía de su hija devenida actriz porno. El mejor momento del filme es una charla telefónica entre padre e hija, en donde Robert Patrick le confiesa a la Seyrfried que ha visto el filme, y que sólo él puede culparse por haberla llevado a semejante punto de su vida. Es una lástima que el resto de la película no tenga ni por asomo el mismo nivel de carga dramática.

Lovelace es un filme ok, el cual no pasa de ser una curiosidad para quienes deseen saber algo más acerca del rodaje de Garganta Profunda. Si quiere una visión intensa y apasionante del cine adulto, vea Boogie Nights; por lo demás, sólo sirve para ver algunos buenos intérpretes renegando con un puñado de personajes mal escritos, los cuales podrían haber resultado interesantes en manos de otro director – o con un libreto mucho más pulido y fresco -, en vez de regurgitar el drama de violencia doméstica propio del telefilme de la semana.

 

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