Arlequin: Critica: The Flame Barrier (1958)

Critica de The Flame Barrier (1958): un satelite espacial se estrella en la jungla y desata una amenaza alienigena en la Tierra, en este filme con Arthur Franz.

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una crítica del film, por Alejandro Franco

USA, 1958 : Arthur Franz (Dave Hollister), Kathleen Crowley (Carol Dahlmann), Robert Brown (Matt Hollister), Vicente Padula (Julio)

Director – Paul Landres, Guión – Pat Fielder, sobre una historia de George Worthing Yates

Trama: Carol Dahlmann es una mujer desesperada. Hace seis meses que no tiene noticias de su marido, el cual se ha internado en una jungla centroamericana en busca de pistas que le indiquen el paradero de un satélite espacial estrellado. Carol ha logrado reclutar a los hermanos Hollister – los cuales son los expedicionarios mas expertos de la región – y quienes acceden a rastrear a su marido. Pero la jungla ha cambiado, convirtiéndose en un lugar mas peligroso que el habitual, ya que la fauna y la flora parece haber mutado. Y grande será su sorpresa al descubrir el satélite estrellado, el cual ha venido infectado con un extraño virus espacial que ha provocado las mutaciones y que ahora ha crecido hasta convertirse en una masa viviente capaz de duplicar su tamaño en cuestión de horas. Ahora Carol y los Hollister deberán intentar destruir el ser con los escasos medios que tienen a mano, ya que se enfrentan a la posibilidad cierta de que se convierta en una amenaza imparable y que, en cuestión de días, llegue hasta las zonas pobladas; pero las únicas armas con las que cuentan son la valentía y el ingenio, las cuales quizás no basten para destruir el engendro alienígena que está creciendo en el medio de la jungla.

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Aún cuando uno ya haya visto el grueso de las películas mas conocidas de la sci fi cincuentera – la época de oro del género -, siempre quedan títulos por descubrir, películas raras de las cuales escasean las copias o han quedado en dominio público por una cuestión de desidia de sus productores. Lo que ocurre es que ésa era una época infestada de productos descartables – una serie B conformada por miles de títulos fácilmente olvidables, sean películas de motociclistas, colegialas rebeldes, hipsters, drogones, monstruos de goma, surfistas, bailarinas ligeras de ropa, y un largo etcétera -, filmes de relleno creados con dos mangos y destinados a armar un doble programa que seduciera lo suficiente a las audiencias como para comprar un ticket en el autocine de moda. Entre ellos descubrimos The Flame Barrier, un serie B protagonizado por Arthur Franz – un favorito de esta sección después de su protagónico en la excelente (e injustamente olvidada) El Submarino Atómico (1959) -, y la cual procedemos a reseñar en esta columna.

The Flame Barrier (la barrera flamígera, que hace referencia a un estrato de la atmósfera en donde los objetos que llegan a la Tierra se prenden fuego por el roce) pertenece a ese microgénero de masas mutantes alienígenas, inaugurado por The Blob y seguido por Caltiki, el Monstruo Inmortal, todas ellas películas del período 1958 – 1959. De las tres, The Flame Barrier es por lejos la más floja, simplemente porque el bicho (si se lo puede llamar así) aparece en los quince minutos finales. Durante el resto del tiempo el filme es un típico melodrama de jungla con curtidos expedicionarios enamorándose de las ricas citadinas que organizaron la excursión, animales salvajes de todo tipo, nativos temerosos de aquello desconocido que cayó del cielo, mucha lluvia y fango, y demasiado blablablá en tiendas de campaña. Nada de ello difiere demasiado de las películas que protagonizaba Johnny Weissmuller en ésa época, ya fuera como Tarzán y con taparrabos, o vestido de fajina como Jungle Jim. Incluso las escenas de peligro se ven tremendamente falsas – serpientes atadas con hilitos visibles y siendo acercadas a la cara de la protagonista, o maullidos de jaguares procedentes de un disco de efectos de sonido -, cuando no, el filme desborda de stock footage de mala calidad con tomas de animales corriendo o murciélagos anidando en la copa de los árboles.

Superada la larga caminata hasta hallar el objetivo deseado – el campamento montado por el desaparecido marido de la blonda protagonista -, el filme se mete a hacer algunas rarezas como para elevar algo la tensión y demostrar que se trata de una película de ciencia ficción. Hay cadáveres extrañamente achicharrados, campos de fuerza capaces de electrocutar a uno apenas se les toca, criaturas mutantes capaces de escupir una especie de ácido que hace combustión en cuestión de segundos, y un satélite incrustado en una cueva, el cual está cubierto con una baba blanca que parece salida de un lavarropa sobrecargado de jabón en polvo. Lo mejor del filme es ver al cadáver del marido de la rubia preservado en medio del ectoplasma generado por la bacteria alienígena que vino con el satélite, lo cual sería mucho mas efectivo si la amenaza de turno no fuera un simple moco – gigante y estático – de utilería. Tal como pasaba con Kronos, el trío principal deduce que el ectoplasma funciona con energía y tiene polos, razón por la cual se le puede destruir al invertir la polaridad. Para ello cuentan con una batería solar – toda una excentricidad para la época -, la que utilizan para destruir al bicho en menos de dos minutos.

El gran problema con The Flame Barrier es que es monótona. Hay mucha charla, mucho relleno y no siquiera el climax es excitante. Las perfomances están ok, los diálogos no son malos, pero me da la sensación que la historia podría haber dado mucho más si hubiera contado con un poco mas de presupuesto. A final de cuentas la trama viene de la mente de George Worthing Yates, un tipo que pergueñó algunas de las mejores historias de la sci fi de los años 50, como La Conquista del Espacio, Them, La Humanidad en Peligro, La Tierra vs los Platillos Volantes, e It Came From Beneath the Sea. Pero aquí el bajo presupuesto y la corta duración atentan contra las posibilidades de vuelo del script, barajando el elemento fantástico como relleno para los 5 minutos finales, lo cual termina siendo un desperdicio ya que la premisa tenía su potencia. Una lástima ya que la obra de Yates me gusta mucho (aún en el caso de sus delirios mas terribles como The Amazing Colossal Man o su guión que pretendía poner a pelear a King Kong contra una verisón gigante de Frankenstein y terminó sirviendo como base para King Kong contra Godzilla), y es la visión de un artesano en los albores de la sci fi cinematográfica, una época en donde el rubro era considerado menor e infantil. En todo caso es una obra menor y olvidable, cuya visión sera obligatoria únicamente para los completistas del género.

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