AQN – Critica: The Atomic Cafe (1982)

The Atomic Cafe (1982): un fascinante documental sobre la vida norteamericana en los inicios de la era atomica. Critica del filme

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    Critica: THE ATOMIC CAFE

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una crítica del film, por Alejandro Franco

  USA, 1982

Director – Jayne Loader, Kevin Rafferty, y Pierce Rafferty

Trama: The Atomic Cafe es un documental que trata sobre la historia de la bomba atómica, desde sus primeras pruebas y su lanzamiento sobre Hiroshima en 1945, hasta la carrera armamentista entre los soviéticos y los norteamericanos, la Guerra Fría, y la cultura norteamericana surgida a través de la convivencia diaria con la posibilidad de un inminente ataque nuclear.

 

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  The Atomic Cafe Los años ochentas son una fuente inagotable de paranoia atómica, gracias al talento del señor Ronald Reagan. Durante su gobierno Norteamerica endureció su política exterior de tal manera que la Guerra Fría corría serio riesgo de derretirse bajo el calor de las armas atómicas. La década había comenzado mal, con la invasión soviética a Afganistán; luego vino el derribamiento de un avión de pasajeros coreano (por parte de cazas soviéticos) en 1983, en el cual viajaba un senador norteamericano; y , a causa de todas estas tensiones internacionales, Reagan decidió llevarse a los soviéticos de sombrero, incrementando de manera geométrica el stock de misiles intercontinentales, sacando proyectos de la manga como el caza furtivo B-1 y el delirante proyecto de escudo antimisiles conocido como “Guerra de las Galaxias” . Mientras tanto, el pueblo yanqui estaba convencido que los dementes líderes de las dos superpotencias se la iban a dar en serio (esta vez), y se tiraban al piso y se cubrían mientras esperaban la sirena anunciando la inminente caída de los misiles nucleares. Mal día para vivir en el hemisferio norte.

En medio de esa paranoia – que era tanto o más palpable que la crisis de los misiles cubanos de octubre de 1962 -, el cine y la TV empezaron a disparar alarmas y mensajes de todo tipo y color como para que algún que otro lider pudiera captar la idea y recapacitara. En toda esa larga lista de advertencias – la británica Threads, el demorado estreno en la TV inglesa de la formidable El Juego de la Guerra (1965); la publicitada Cuando Sopla el Viento; la impactante El Dia Después, que tuvo el mérito de haber sido vista por Reagan y logró bajarle unos cuantos cambios a su acelerada cabecita -, hubo un grupo de muchachos que venía recopilando documentales desde hacía 5 años, y que logró empalmarlos en un solo filme y estrenarlo en el momento justo. Eran los hermanos Kevin y Pierce Rafferty, quienes – junto a Jayne Loader – dieron a luz en 1982 a El Café Atomico.

Lo que ha hecho el trío de directores no ha sido mas que recoger todo tipo de material de archivo sobre la bomba nuclear y, específicamente, sobre la “cultura atómica” que se desencadenó en Norteamérica con posterioridad a 1945, y ensamblarlo con la edición adecuada. El dato más curioso es que no hay un narrador en off que guíe la historia, ni siquiera hay algún documental moderno hecho por los responsables (como podría ser alguna entrevista actual de alguno de los protagonistas de aquellos sucesos históricos), con lo cual los creativos apuntaron a que los hechos hablaran por sí mismos (a lo sumo, su aporte se reduce a elegir los documentales y reeditarlos de acuerdo a su criterio artístico para lograr el efecto deseado). Es un enfoque arriesgado y muy inteligente, ya que hace que el filme funcione simplemente por el contraste de la valoración cultural actual del espectador (más informado, desconfiado, cínico) versus la ingenuidad y el manejo tendencioso de la información que era propio de los documentales de los años 1940 a 1960. Aquí lo que se ha reunido es material de fuentes muy diversas, desde filmes de instrucción militar y civil, documentación de pruebas atómicas, propagandas políticas de distinto origen hasta noticieros de época, material desclasificado del gobierno y filmaciones caseras de aquel entonces; y el resultado final es un mix fascinante que contiene cuotas justas de humor negro, fascinación, horror, repudio y shock, como sólo un gran documental puede lograrlo.

Hay varios puntos temáticos que son constantes a lo largo de The Atomic Cafe. El primero es que, sin importar el trabajo, el cargo ni la inteligencia del interlocutor, el 95% de ellos se muestran como unos auténticos palurdos delante de cámaras. Hay un montón de gente patética, que pareciera tener un alto grado de ignorancia (o retraso, o lentitud mental, como se le quiera llamar), hablando a dos por hora, diciendo sandeces o disparates de los cuales están firmemente convencidos, y con el agravio de ser gente en cargos realmente importantes: desde militares de alto rango – incluyendo al piloto Paul Tibbets, el mismo que lanzara la primera bomba atómica sobre Hiroshima – hasta senadores y sacerdotes. Sí, el vapuleado Richard Nixon figura también aquí y el filme se engolosina bastante con él, en especial en una conferencia en vivo con Nikita Kruschev – en donde el premier ruso termina por barrer el piso (metafóricamente) con el entonces vicepresidente norteamericano respecto de una discusión sobre capitalismo y comunismo -.

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Esa sensación de que la época estaba dominada por ignorantes con cargo termina por transmitirse de manera contagiosa al resto del filme. En un principio los norteamericanos crearon la bomba … y creyeron firmemente en que era una especie de espada divina que Dios les había dado por ser justos. Primero, en venganza por Pearl Harbor y, después, para mantener el equilibrio político del planeta. Ello es palpable en uno de los discursos de Harry Truman – presidente norteamericano de aquella época -, en donde da la noticia de que los rusos fabricaron su propia bomba en 1949… y lo dice con una tristeza tal como si fuera un niño que le han robado su juguete. A partir de allí se arma un discurso foribundo en donde las aguas se dividen entre el bien y el imperio del mal (no es invento mío, sino palabras textuales del entonces senador Lyndon B. Johnson en un speech de los años 50 que figura en el documental). Si uno lo compara, no hay demasiada distancia entre aquel discurso y el de Bush Jr. proclamado su cruzada antiterrorista posterior al 11/9/2001 con el dicho “Dios está con nosotros”.

Allí es donde el filme se mete de lleno en la paranoia de los años 50. Desde la búsqueda de culpables – la terrible ejecución de los Rosenberg, el matrimonio de espías que habría llevado los secretos de la bomba atómica a los rusos -, hasta la sensación de agobio de que los rusos iban a la par o incluso los superaban en armamento y tecnología. La cacería de brujas, la desconfianza sobre espías comunistas infiltrados, el miedo al repentino ataque atómico (el famoso “agacharse y cubrirse”, un filme en donde una tortuguita animada te enseñaba a ponerte a salvo en caso de un sorpresivo bombardeo nuclear). Y de allí salta a los test atómicos, y a la tonelada de aberraciones y mentiras que hizo el ejército para poder perfeccionar el arma. Desde el bombardeo de prueba en el atolón de las islas Bikini (que calcularon mal el viento, y la radiación se fue hacia una tribu de la zona, quemando gravemente a sus pobladores), más animaciones que minimizan los efectos de la radiactividad, hasta los test de proximidad, en donde los soldados se acercaban al epicentro de una explosión nuclear (el operativo Plumbbob de 1957, que apareciera en la película Nightbreaker con Martin Sheen). Por supuesto, un montón de esa gente moriría de cancer años más tarde.

The Atomic Cafe es una fascinante cápsula del tiempo, que posee de todo un poco y que nos deslumbra como si fuera un espectáculo barato de terror de una feria de variedades: es colorinche, patético, gracioso e intimidante, más teniendo en cuenta que la locura de la mayoría de los opacos personajes que circulan por las imagenes del documental tenían (en su momento) el poder de decidir sobre la vida y destinos de millones de personas, o podían influir de manera esencial sobre futuros líderes – militares, políticos, de opinión -. Y lo más inquietante es que aún hoy, a más de 20 años del final de la Guerra Fría y de la paranoia atómica, esa misma clase de personajes sigue poblando los cargos de los principales gobiernos del mundo. Ignorantes con poder que manejan la suerte de millones de individuos de acuerdo a sus propios intereses.

   

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