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USA, 1977 : James Brolin
(Wade Parent), Kathleen Lloyd (Lauren Humphries), Ronny
Cox (Luke), Henry O’Brien (Chas), John Marley (Everett
Peck), R.G. Armstrong (Amos Clements) Director
- Elliot Silverstein, Guión - Michael Butler,
Dennis Shyrack & Lane Slate, Musica - Leonard Rosenman |
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TRAMA : Un perdido pueblo en medio del desierto
de Utah. El comisario Everett Peck y su ayudante Wade
Parent concurren al llamado de Amos Clements. Amos ha
visto a un autoestopista siendo arrollado innumerables
veces por un auto negro de apariencia extraña.
La noticia conmociona a la pequeña comunidad,
pero no parece ser la única mala nueva. Con la
aparición de los cadáveres de dos adolescentes
en la ruta, crece la sospecha que se encuentran frente
a un asesino al volante. Pero Everett resulta atropellado
por el auto, y Wade debe ponerse al frente de la fuerza
policial. Montando una organizada redada intentan detener
al misterioso auto negro, pero la persecución
culmina en una matanza de los oficiales. Y poco a poco
comienzan a surgir las sospechas de que el auto se encuentra
poseído por una fuerza sobrenatural.
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The Car es un pequeño clásico
desvalorado de la década del 70. Muchísimos
críticos - tanto de los formales como de los especializados
en filmes de culto - le han restado importancia a la película,
partiendo de lo absurdo de la premisa - ¿el
diablo al volante de un auto? -, pero existen en
toda la historia del cine de terror muchísimos
ejemplos de conceptos más patéticos que
han terminado por ser considerados clásicos. ¿Por
qué negarle semejante honor a The Car?.
Ciertamente la idea central no tiene demasiados pies
ni cabeza. Y sin duda todo el film es una conjunción
de influencias, principalmente de las películas
de Steven Spielberg Duel (1971) hasta
Jaws
(1975), con unas gotas de El
Exorcista (1973). En vez de un tiburón tenemos
a un auto; y para darle peso de villano, digamos que
el Demonio lo conduce. Total, los temas satánicos
estaban tan de moda en los 70...
Pero si bien la premisa es tonta, es un film ejemplarmente
bien hecho. Por un lado se preocupa de desarrollar los
personajes con naturalidad - la escena inicial con los
juegos románticos de James Brolin y Kathleen
Lloyd es excelente; la preocupación del Sheriff
interpretado por John Marley acerca del caso del marido
golpeador está muy bien escrito -, y a lo sumo
le mezcla algún clisé como el oficial
borracho de Ronny Cox. Pero, comparado con el desarrollo
dramático de los personajes del cine de horror
de hoy en día, esto es Shakespeare. A esto se
le suma un cuidado especial puesto en todo el tono de
la historia, que evita caer en el ridículo en
todo momento. El desarrollo es coherente y sin pausas;
siempre - de un modo o de otro - estamos hablando de
lo que sucede con el auto.
Y por supuesto está el coche demoníaco:
un Ford Lincoln Continental visiblemente
modificado (gracias al talento de George Barris, el
creador del Batimovil
de la serie de los 60) que tiene un aspecto impresionante.
Es un tanque asesino; y los efectos sonoros
- desde el monstruoso rugido del motor hasta la memorable
bocina - son excelentes. La dirección de Elliot
Silverstein no tiene desperdicio alguno, y se encarga
de mostrar la elegancia del auto en todo el esplendor
de la carnicería.
El film se las ingenia para crear momentos memorables
de suspenso; desde el arrollamiento inicial de un jovencísimo
John Rubinstein hasta el ataque al ensayo escolar (otra
idea tomada de Jaws), y en especial la
persecución masiva de la policía. Empezando
por la cacería del oficial veterano en las curvas
del acantilado (y siendo sorprendido por el auto
de frente) hasta el vuelco espectacular con que al auto
destroza a dos patrulleros. Todas las apariciones del
coche son espléndidamente bien dirigidas, sumando
sorpresas a cada rato como el ataque a la casa de Kathleen
Lloyd o la formidable secuencia en que James Brolin descubre
al auto en la cochera de su casa. ¿El final?: lógico
e impecable.
Lo que funciona aquí es que el auto es un vlllano
con personalidad. No sólo en su diseño
exterior, sino en cada uno de sus ataques. Si mata para
quedarse con las almas de los muertos, o analizar el
por qué ataca sólo a este pueblo, no tiene
sentido. Es simplemente una fuerza maligna e imparable,
expeditiva y eficiente. La película ni intenta
meterse en el berenjenal de las explicaciones lógicas,
a lo sumo una sospecha que tiene el personaje de Ronny
Cox. Mejor, no era necesario. Es sencillamente un instrumento
de muerte, y el director aprovecha para explotarlo en
tono de suspenso y acción de la mejor manera
posible. Una película pequeña y modesta
pero sin dudas memorable. |