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Japon, 1963 : Tadao
Takashima (fotografo Susumu Hatanaka), Yôko Fujiyama (Makoto
Jinguji), Yu Fujiki (Yoshito Nishibe), Ken Uehara (Almirante retirado
Kosumi), Jun Tazaki (Capitán Hachiro Jinguji), Kenji Sahara
(periodista), Hiroshi Koizumi (detective), Yoshifumi Tajima (Amano),
Akihiko Hirata (agente 23) Director - Ishiro Honda, Guión
- Shinichi Sekizawa, basado en las novelas de Shunro Oshikawa, Musica
- Akira Ifukube |
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Kaitei Gunkan (o su nombre occidental más
conocido, Atragon) es una entrada de la Toho
en la sci fi pura y alejada de los habituales Kaiju Eiga
(ergo Godzilla
y toda su prole) que daban de comer a la compañía. Es
un film bastante curioso ya que cuenta con un respaldo literario preexistente
(las novelas juveniles escritas por Shunro Oshikawa entre 1902 y 1907!),
obviamente influído por la obra de Julio Verne. Como puede
verse, se tratan de libros bastante añejos, escritos en una
época muy diferente a la que pertenece el film: mientras que
la serie de Oshikawa tomaba elementos de la ciencia ficción
victoriana, terminaba por mezclarlos con fuertes sentimientos nacionalistas
y anti rusos - a principios del siglo XX, la presencia del imperio
ruso era considerada una amenaza para la supervivencia del pueblo
nipon -.
Esta adaptación toma algo de esa premisa para reciclarlo
en forma del orgullo perdido de la derrota en la Segunda Guerra
Mundial. Aquí hay un capitán japonés que era
el encargado de diseñar los poderosos submarinos serie I
400 - una nave que existió realmente, y que eran en
su momento los sumergibles más grandes del planeta, capaces
de almacenar 3 bombarderos y diseñados originalmente para
bombardear furtivamente el Canal de Panamá -, y que terminó
con su tripulación en una isla desierta, donde comenzaría
a montar una gigantesca base secreta para construir un super submarino
aún más poderoso. Cuando el almirante Kosumi descubre
que Jinguji está vivo (y logra encontrarse cara a cara) se
produce un choque entre las culturas del Japon militarista Imperial
y el Japón moderno de la post guerra. Los diálogos
de esas escenas están construidos de manera muy fina; Jinguji,
con su uniforme tradicional, honrando a Kosumi por su rango pero
a la vez reclamándole por no haber defendido con su vida
el honor del Japón. Como dice el capitán, el Atragon
sólo se ha construido con un propósito: restaurar
el poderío del imperio. "Pero la guerra ha terminado
hace 20 años, el mundo ha cambiado" dice Kosumi,
a lo que replica Jinguji: "Entonces el Atragón volverá
a reestablecerlo".
En ese sentido, Atragon es admirable y va más
allá del habitual tono pulp del cine fantástico
japonés. Por momentos roza las alturas artísticas
del Godzilla
de 1954. Si Godzilla era una alegoría sobre
el horror de la bomba - el pueblo japonés con cicatrices
por el holocausto nuclear -, Atragon es la evolución
filosófica de dicho concepto: asumida la masacre atómica,
¿Japón debe occidentalizarse o volver a sus raices
imperiales?. A su vez, si en Godzilla el pueblo
japonés era la victima, en Atragon los nipones
pasan al frente y toman la iniciativa: ahora son los japoneses los
que pelean y recuperan su honor perdido ya que ellos son los únicos
capaces de defender el planeta. El film de Ishiro Honda destila
orgullo y nacionalismo (en el buen sentido); por fin los nipones
son los héroes del día.
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Es cierto que esa perla dramática - la confrontación
entre la vieja cultura y la nueva - sólo dura unos escasos
minutos, tras lo cual el relato vuelve a las rutinas habituales
de la sci fi de la Toho. Al final uno deduce que
Jinguji - interpretado aquí por Jun Tazaki, pero en un papel
originalmente pensado para Toshiro Mifune, lo cual hubiera sido
una delicia ver - termina obrando a regañadientes contra
sus propios ideales, y por el hecho que debe rescatar a su hija
de la garra de los invasores. Pero temáticamente daba para
mucho más.
Mientras que la historia del capitán renegado y su submarino
maravilla resulta fascinante, el resto es el pastiche usual del
cine fantástico japonés. Las civilizaciones perdidas
que reaparecen para invadir la superficie; los invasores con extraños
poderes; la mascota de turno - aquí, un gigantesco y ridículo
dragón llamado Manda - como para dar un poco de intensidad
al climax ... y el etcétera habitual sumado a unos cuantos
agujeros en el guión. El rapto de científicos nunca
termina de quedar explicado, los nexos entre los protagonistas -
los fotografos y la hija del capitán - están hechos
a las apuradas y sin mucha lógica; la gente de Mu sabe que
Jinguji está construyendo el Atragon... pero no saben dónde
(¿y entonces, cómo lo saben?); en la isla
donde está el capitán hay maquinarias y autos modernos,
a pesar de que Jinguji y su gente vivían en el ostracismo...
A esto se le suma que el libreto tiene un par de argumentos realmente
bizarros, como los espías de Mu teniendo frio y usando sobretodo
en verano, o frases inmortales como: "no intentes dañarme,
pues estoy hecho de energía y no podrás hacerme nada"
o "este es un poderoso explosivo capaz de destruir las
piedras como se hacia en el paleolítico". En fin.
Pero entre tanto delirio, hace su aparición el Atragon (o
Gotengo, en el original japonés), el submarino volador
que también vimos en Godzilla
Final Wars. Es bastante impresionante y está bien hecho,
aunque lamentablemente el film sea algo expeditivo sobre el clímax:
uno esperaba una sensacional batalla entre el I-400 de los Mu y
el Gotengo, pero el último es tan poderoso que los contrincantes
duran dos minutos.
Atragon es una verdadera curiosidad y sin dudas
es un pequeño clásico de la Toho.
No tanto por su historia fantástica que es bastante rutinaria,
sino por el trasfondo y el clima que posee. Es una película
que exalta el orgullo de ser japonés. No por ello es que
Atragon ha sido reestrenada numerosas veces, a
lo largo de todos estos años, y siempre con considerable
éxito de público. Otra perla más de Ishiro
Honda y cia a su larga lista de clásicos de la sci fi de
la tierra del sol naciente. |
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