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"Vamos a precisar un bote más grande" (jefe Brody)
Tiburón es el gran triunfo de Steven Spielberg. Y a su vez,
su peor infierno personal. Este director novel - que venía de filmar el
aclamado telefilme Duel, algunos episodios de la serie de terror de Rod
Serling Galería Nocturna, y la fracasada The Sugarland Express
- hizo su debut en su primer film mainstream con la adaptacion a la pantalla
grande del best seller de Peter Benchley. Sería un megaéxito a nivel
internacional - en menos de un mes sería el hit numero uno de taquilla
de todos los tiempos hasta la llegada de Star Wars
-, convertiría al director en una estrella y pasaría a desarrollar
la más impresionante carrera de Hollywood de los últimos 30 años.
Pero a su vez, Tiburón es, en palabras del mismo Spielberg, su
Vietnam personal. La cantidad de gravísimos problemas con los que contaría
a lo largo de la filmación sería legendaria y, para el mismo Spielberg,
ni aún el super blockbuster resultante podría compensar todo el
daño físico y sicológico que él (y el resto del equipo
de filmación) sufrirían. Comenzando por el escualo mecánico
que se dañó antes de empezar a rodar y nunca terminaría por
quedar de fábrica; las peleas con el estudio para rodar a mar abierto en
vez de hacerlo en un estanque (algo que comenzaría a subir los costos de
producción); después por el libreto que nunca estuvo a tiempo (terminó
con gran parte de improvisación y escrito sobre cada día por Carl
Gottlieb); el clima inestable que arruinaba dias enteros de filmación;
el robot que demoraba horas en funcionar como la gente y se rompía a cada
rato; horas de rodaje infructuoso en alta mar, saturados de calor y agua salada;
las visitas constantes de los ejecutivos del estudio que los despedían
y recontrataban a cada rato, ya que estaba excedido en meses y cientos de miles
de dolares de lo acordado para la filmación... Es una crónica del
caos que bien merecería un apasionante documental para sí solo.
Spielberg terminaría con ataques de ansiedad y verdadera fobia al mar que
lo atromentarían por años.
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Pero semejante esfuerzo se ve compensado de sobra en este formidable clásico.
El poder de shock permanece inalterable con el paso de los años. Es una
narración muy bien dosificada - apertura shockeante, momentos de exposición,
otro ataque espeluznante, y así - donde la narración se guía
estrictamente por la coherencia. Aún los personajes secundarios como el
molesto alcalde Vaughn resultan humanizados y no caricaturas, aún cuando
el papel se presta para el clisé obvio. Es cierto que no tienen una gran
profundidad sicológica pero al menos las viñetas de sus personalidades
los apartan de ser cartón pintado. El film realmente despega con la segunda
aparición del tiburón - el ataque a la balsa con el niño,
escena osada si la hay -, donde el sentido de urgencia se contagia entre toda
la población de la isla. Las escenas marinas son particularmente claustrofóbicas,
aún cuando se trata de mar abierto, y posiblemente eso tenga que ver con
el paneo de la cámara - dos tercios de la pantalla están sumergidos,
lo que le da al espectador la sensación real de estar en el momento exacto
del ataque -.
Lo que resulta interesante observar es la división de dos dimensiones
totalmente opuestas, donde resulta tabú aventurarse a cruzar el límite
que las separa. En el ataque que culmina con la muerte del niño, existe
una extraña sensación de que el mar es realmente un mundo totalmente
diferente y ajeno al hombre. Es el reino del tiburón. El hombre apenas
puede acercarse porque, aún con escasa profundidad, la muerte ronda las
aguas. Sólo existe seguridad en tierra firme - el espectador sólo
siente tranquilidad cuando ve a los personajes en la playa y no en el mar -. Todo
intento de aventurarse al mar puede culminar en la muerte. Es como un espejo que
no puede ser traspasado; pareciera algo obvio lo que escribo, pero en el film
es algo tan suave y subliminal que uno puede percibirlo en esos momentos. Fijense
que en el mar todo es una trampa; las escenas de histeria masiva, el agua como
obstáculo para huir rápidamente, la masa agolpandose para llegar
a la playa... simplemente es un terreno prohibido.
Sin dudas la llegada de Quint y Hooper al relato son los que condimentan al
mismo. Al fin Brody tiene aliados coherentes. Es partir de allí cuando
el film pasa a un ambiente casi intimista, que como Richard Scheib bien observa,
podría compararse con una mezcla entre Moby Dick y El Viejo y
el Mar. La formidable cacería en alta mar es un ejemplo de cine brillante,
si bien no es obra total de Spielberg. El primer corte del film estaba plagado
de escenas con primeros planos del tiburón mecánico - que lucía
alevosamente falso -, y la editora Verna Fields podó la inmensa mayoría
de secuencias, pasando - en términos del mismo Spielberg - "de un
film de William Castle a ser uno de Val Lewton", donde el terror es sugerido
y pocas veces explicitado. Sin dudas es la gran colaboración de Verna Fields
la que terminó por salvar las papas del fuego al director, dejando sólo
las mejores escenas.
Todos los ataques en alta mar son clásicos, pero a mi gusto la mejor
escena es la de la narración de Quint acerca de la tragedia del hundimiento
del buque Indiana en 1945 - donde 1100 hombres naufragaron en el mar y
terminaron siendo pasto de los escualos, sobreviviendo poco más de 300
en menos de una semana -. Robert Shaw se lleva las palmas como el carismático
y detestable zorro de mar, pero en esa secuencia se luce con la dignidad propia
de un Oscar. Es un narrador formidable.
Posiblemente el final sea implausible - el mismo Spielberg lo ha admitido,
pero carecía de un climax mejor -, pero no quita ningún mérito
a lo que es una obra maestra del horror. El poder de sus imagenes no ha menguado
en tres décadas - la muerte de Quint es particularmente impresionante -
y dudo que lo haga algún día, simplemente porque es un relato que
funciona fundamentalmente en lo sicológico - los temores profundos del
ser humano, la inmensidad del mar y la desnudez natural del hombre al sumergirse
en él, los animales salvajes que nos acosan en la naturaleza desconocida
-, pero que se ayuda de lo explícito para impactarnos. Es sencillamente
brillante. |
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