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TRAMA : La Tierra, en un 1940 alternativo.
Los pobladores de la ciudad de Everytown festejan la Navidad, pero
los rumores de guerra son inminentes, y esa misma noche estalla el
conflicto. El Dr. John Cabal sen enrola en la milicia mientras los
bombardeos se desatan sin cesar sobre la ciudad. La guerra dura más
de vente años, hasta que las naciones en conflicto quedan arrasadas
y la humanidad regresa a la edad feudal. A esto se suma la peste intinerante,
que ha evolucionado a partir de los bombardeos biológicos a
todo el planeta. En ese contexto surge Rudolph, conocido como el Jefe,
que mantiene un fuerte liderazgo militar y dirige a las fuerzas remanentes
de Everytown en una banal guerra contra los rezagos de las milicias
enemigas. Un día llega un moderno avión a la ciudad,
y desciende Cabal, quien trae un mensaje. Los científicos se
han reunido en una organización llamada Alas Sobre El Mundo,
y le piden la rendición a el Jefe, para que se una a esta revolución
pacífica. Sin menguar con sus deseos militaristas, las tropas
de el Jefe se preparan para oponerse a una posible invasión,
pero son rápidamente derrotados. Con el mundo liberado de caudillos
militares, los científicos avanzan a toda marcha para crear
una civilización mejor. Pero ahora ha llegado el año
2036, y la población se subleva contra el inminente lanzamiento
de una nave a la Luna. Tal parece que, con el paso del tiempo, la
humanidad está predeterminada a vivir en guerra. |
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Esta es una colosal super producción que bien puede catalogarse
como la respuesta inglesa a Metropolis.
Por donde se lo mire es un relato extremadamente ambicioso: analizar
el desempeño de la humanidad en un período que abarca
100 años en el futuro. El cerebro detrás de este proyecto
es H.G Wells, uno de los padres de la ciencia ficción moderna.
Pero a pesar de su pedigree, Things To Come es una
obra fallida. El problema pasa por el mismo Wells, que aquí
ha evolucionado hasta convertirse en un creador de utopías
extremadamente naif. Como dice Richard Scheib en su website,
el mejor período de Wells como escritor de sci-fi comprende
el anterior a 1900, donde dió a luz a obras maestras como
La Guerra de los Mundos, El
Hombre Invisible o La Isla del Dr. Moreau. Pero con el
inicio del siglo XX, H.G. Wells se había embarcado en una
carrera política que había cambiado notablemente su
sensibilidad de artista. Renegando de sus primeros trabajos en la
ciencia ficción, Wells se transformó en ensayista
primero, y en escritor de utopías después. Wells impulsaba
la prevalencia de la razón y de la ciencia como objetivos
del Estado, lo que terminaría por sepultar a las guerras.
Pero fundamentalmente después de la Primera Guerra Mundial,
Wells cayó en una profunda decepción acerca del giro
de los acontecimientos de la historia, ya que creía que el
conflicto podría haber servido como una nueva oportunidad
para que la humanidad se encaminara a un nuevo y racional orden
mundial. Tomando ideas del libro homónimo de 1933, y con
el productor Alexander Korda dándole un cheque en blanco
en cuanto al control creativo del proyecto, Wells se despachó
con una enorme historia épica pensada en términos
de alegoría antibelicista.
Es un trabajo realmente ambicioso. Wells establece el comienzo
de una guerra mundial en 1940 (recordemos que el film data de 1936),
el cual devuelve a la humanidad a la edad media. Todo el seteo inicial
de la historia es realmente muy bueno, con un lujoso decorado que
hace de centro de la ciudad, y que en cinco minutos pasa de la tranquilidad
y la alegría al caos y los preparativos de la guerra. Resulta
impresionante ver ese mismo escenario reducido a cenizas en cuestión
de momentos. Lo que sigue es una larga batalla campal que por veinte
años se prolonga hasta dejar al planeta en un mundo post
apocaliptico tipo Mad Max, con autos tirados de caballos,
viejos rifles y antiguos aviones que son recauchutados para continuar
la guerra. A esto llega un ahora anciano John Cabal, a investigar
y desmantelar los focos de caudillismo militar remanentes en el
país. Wells exclama a gritos el patetismo de la guerra y
especialmente de los militares - aquí representado por el
Jefe, que mantiene el conflicto aún en condiciones insostenibles
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Hasta allí la historia es muy entretenida, y realmente la
audiencia no sabe qué esperar del relato. Los problemas pasan
cuando Wells deja de ser cronista y empieza a hacer publicidad masiva
de sus ideales. Los personajes no desarrollan con naturalidad -
ni hablemos de tridimensionalidad - sino que son figuras totalmente
idealizadas, sentadas en un podio y disparando sendos discursos
altisonantes acerca de la paz, la guerra y el progreso del mundo
controlado por la ciencia ... que por momentos rayan en lo ridículo.
El personaje de John Cabal es tan empalagosamente noble que uno
termina por odiarlo. El desarrollo de roles parece rayano en las
líneas del teatro griego, donde cada caracter en realidad
representa una manera de pensar y no una persona real. Si bien es
obvio que todo esto es una alegoría y que deben existir una
transmisión de mensajes, Wells decide parar todo cada vez
que uno de los personajes principales habla. Yo no estoy en contra
de los parlamentos pomposos, siempre y cuando el caracter que los
pronuncie resulte creíble; pero Wells se olvida por completo
de humanizar a los personajes, y los hace despachar con palabras
rimbombantes que suenan totalmente antinaturales. Gran parte de
culpa le corresponde al libreto, pero los actores también
tienen su cuota de responsabilidad: mientras que Raymond Massey
eleva su estoicismo a alturas estratosféricas, una perfomance
mucho más natural (y celebrable) es la de Ralph Richardson
como el Jefe, que también emite sus propios discursos pero
de una manera mucho mejor. Con Richardson no se siente en absoluto
el caracter discursivo de la obra de Wells, pero con Massey (y el
resto de los actores) se hace notar hasta el límite de lo
tolerable.
Lamentablemente el carácter de Richardson desaparece al
final del segundo tercio del film, y quedamos sólos con Massey
y compañía. Ya sobre esos momentos de la película,
Wells comienza a despacharse (mal) con sus fantasías utópicas,
que rayan en lo ridículo. Desde el momento en que los insurgentes
son aplacados con el "Gas de la Paz" (sic), la
credibilidad comienza a hilar muy fino. Y en especial el último
tercio de la película, donde la humanidad evoluciona hasta
la perfección, intentando alcanzar la Luna con una cápsula
disparada con un cañon gigante (!), donde los hijos de los
líderes son elegidos a dedo y puestos en cinco minutos en
el interior de la nave (!!) y de la nada surge una revolución
que está harta del avance de la humanidad, condena el lanzamiento
espacial como un pecado, y va a destruir el gigantesco cañon
con palos y hachas (!!!). Aquí es donde el film se hunde,
ya que es un capítulo innecesario para la historia, pero
no para Wells que debe demostrar que la humanidad debe evolucionar
guiada por la ciencia.
Los efectos especiales son impecables y asombrosos para la época,
desde las flotas de bombarderos futuristas hasta la visión
de la Everytown del 2046. Es un film que debió haber salido
carísimo. Todas esas imágenes son sorprendentes, y
el director William Cameron Menzies añade complejas secuencias
en forma de clips, que van detallando la evolución de la
historia así como el paso de los años. Es una película
que se mantiene muy dignamente en pie, si dejamos de lado la visión
utópica de Wells.
Es interesante comparar a Things to Come con Metrópolis.
En definitiva el film es la respuesta de Wells a la obra de Lang.
Aquí la ciencia es la que debe guiar a la humanidad - un
postulado utópico que la inmensa mayoría de la sci
fi de los 50 y 60 ha pregonado -, y la tecnología termina
por ser un mecanismo liberatorio en vez de ser una herramienta de
opresión, como Lang pinta en Metrópolis. Pero
si bien Things to Come tiene propósitos más
loables que Metropolis, no llega a
las alturas del clásico de Lang. El film alemán era
mucho más rico en ideas, además de contar con técnicas
revolucionarias de filmación, mientras que aquí Cameron
Menzies utiliza técnicas preexistentes, y el guión
es mucho más lineal. Es cierto que Metropolis sufre
sus propios problemas, pero contiene elementos mucho más
magnéticos que la historia de Wells, que es excesivamente
rimbombante y carece de equilibrio. La imaginería mística
de Lang, el descubrimiento gradual del mundo de Metropolis
y la interacción de los personajes lo hacen mucho más
interesante que Things to Come. Y si Metropolis
funciona como una tibia alegoría de la clase obrera, aquí
la obra de Wells funciona como una fantasía de gente culta
(diríamos de clase media). Things to Come tiene una
gran cantidad de mérito por lo visual y por algunas de sus
ideas, pero carece del carisma que hace compulsivamente disfrutable
a Metrópolis, simplemente porque se sitúa como
un panfleto que vocifera con prepotencia su idealismo utópico. |
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