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Japon, 1989 : Tomoroh Taguchi
(protagonista), Kei Fujiwara (novia del protagonista),
Shinya Tsukamoto (fetichista), Nobu Karaoka (mujer de
lentes) Director -
Shinya Tsukamoto, Guión - Shinya Tsukamoto
TRAMA : Luego de atropellar
accidentalmente con su auto a un desquiciado que corría
por la calle, un joven descubre que han comenzado a
salirle implantes metálicos a lo largo de todo
su cuerpo. Transformado en un ser mitad humano y mitad
máquina - y al borde de la locura -, el joven
comienza a fusionarse con todo tipo de metales, convirtiéndose
en una criatura amorfa e imparable, capaz de arrasar
al mundo.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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En 1989 Shinja Tsukamoto filmó Tetsuo, el Hombre
de Hierro y el film rápidamente se convertiría
en un hit de culto, lanzando la carrera del director.
Sin embargo, ningún título posterior de
Tsukamoto lograría generar el mismo ruido que su
ópera prima. Filmado con dos pesos y con una parafernalia
visual agobiante, Tetsuo es uno de esos títulos
polémicos en donde lo único seguro es que
no va a pasar inadvertido en ningún lugar en donde
lo exhiban. Quien lo vea lo recordará por siempre,
ya sea hablando maravillas o destilando pestes sobre el
filme.
Si el cyberpunk representa la invasión
de la tecnología en la vida del hombre y la deshumanización
de éste, Tetsuo, el Hombre de Hierro viene
a ser la transcripción literal de dicho postulado.
Ya hemos hablado en otras oportunidades de la moda de
los monstruos atómicos japoneses, los
que representan las pesadillas niponas sobre el bombardeo
a Hiroshima y Nagasaki sobre el final de la Segunda
Guerra Mundial. Si el kaiju eiga trata sobre
las heridas abiertas en 1945, el cyberpunk japonés
representa la etapa siguiente, discutiendo en términos
alegóricos sobre el Japón industrial de
la posguerra. Los postulados de esta nueva sociedad
representan un endurecimiento de los valores tradicionales
japoneses, en donde las corporaciones juegan un papel
patriarcal y predominante (la gente ingresa a una empresa
en su juventud y recién sale de ella cuando se
jubila), y se suma como factor de presión social
a una cultura ya muy exigente de por sí. En el
Japón corporativo de la posguerra, las megaempresas
han reemplazado a los ejércitos como medios de
materialización del histórico expansionismo
japonés - lo que hasta 1945 se conseguía
mediante invasiones, hoy se obtiene por la vía
del imperialismo económico -. Esa invasión
corporativa a la vida social se complementa con la invasión
a nivel individual, mediante la intoxicación
de tecnología que sufren los japoneses. El japonés
promedio vive inundado de alta tecnología que
se multiplica día a día, y genera nuevas
necesidades y dependencias ... pero también le
brinda nuevos mecanismos de poder a las corporaciones
tecnológicas (que alguien me diga si, a esta
altura, puede vivir sin un celular, computadora, etc).
No es de extrañar que, en semejante entorno,
comenzaran a surgir nuevas generaciones con grados cada
vez mayores de rebeldía contra los valores de
esta nueva sociedad. Por ello es que, para el cyberpunk
japonés, las corporaciones y la tecnología
son factores de presión y corrupción del
ser humano; pero, aún con todo ello, los autores
son incapaces de generar una crítica mucho más
profunda que eso. No dejan de ser tipos chapados a la
antigua escribiendo tímidas protestas sobre lo
cambiante del mundo moderno, pero sin llegar a atacar
los valores primordiales de la cultura japonesa - misógina,
patriarcal y racista -.
En Tetsuo, el Hombre de Hierro el punto de vista
está puesto exclusivamente en la tecnología.
Si usted vive en mundo infestado de máquinas,
¿por qué no convertirse en una de ellas?.
Aquí hay un fetichista que goza de incrustarse
cosas metálicas en el cuerpo - y no hablamos
de un piercing sino de un caño de 3 pulgadas en
el muslo (!) - y que, en medio de su delirio, sale
corriendo por las calles hasta que lo atropella nuestro
protagonista. Lo que sigue es un compendio de escenas
cada vez más sacadas, fruto de una mente
afiebrada. Uno no sabe si el protagonista se ha contagiado
algo con el accidente automovilistico, o ha caido en un
delirium tremens y se la pasa viendo alucinaciones.
De pronto, una mujer con una mano de metal lo empieza
a perseguir; después está haciendo el amor
con su novia y su cuerpo se empieza a transformar en una
masa de cables y varillas de metal; su pene se convierte
en un taladro (la que debe ser la escena más famosa
del filme) y termina empalando a la chica con él;
y por último se enfrenta con el fetichista, en
donde comienzan a asimilarse mutuamente. Pero en el medio
hay disparates de todo tipo y color que tienen poco o
nada que ver con la historia principal y, para colmo,
están rodados con planos bizarros en secuencias
que se hacen eternas. Difícilmente uno le pueda
ver el rostro completo a los protagonistas; aparecen en
primerísimos planos, tomando sólo la boca,
un ojo, un cuarto de cara, etc. A esto se suma que los
diálogos son escasos, los encuadres retorcidos,
y los cambios de escena son caóticos.
El tema es que no hay mucho de historia aquí
(y la que hay es difícil de seguir), sino un
compendio de viñetas ensayadas por el director
sobre el tema del hombre convirtiéndose en máquina.
La premisa es buena pero la ejecución deja mucho
que desear (y no es que Tsukamoto sea el David Lynch
japonés; al menos en los filmes de Lynch las
ideas abundan, y acá sólo hay reiteraciones
de la premisa). Para colmo el director parece enamorado
de sus planos y bombardea al espectador con ellos, llegando
al punto del aturdimiento visual. A esto se suma que
algunas escenas se hacen eternas y a veces hay que adivinar
lo que ocurre en pantalla - hay un par de peleas en
donde uno asume de que uno de los protagonistas salió
volando hasta la otra punta de la ciudad de un solo
golpe (!) -. Y así es como uno llega a la conclusión
de que Tsukamoto utiliza la excentricidad visual para
maquillar lo corto y puntual que son sus ideas. Un esquema
narrativo más standard hubiera beneficiado enormemente
a la historia sin desmerecer sus valores. Pero, así
como está, Tetsuo, el Hombre de Hierro
bordea la pedantería intelectualoide - uno imagina
a cientos de críticos intentando descifrar lo
indescrifrable del filme, cuando Tsukamoto lo puso allí
simplemente para agregarle exotismo a la historia -.
Hay momentos en que la película parece una versión
cyberpunk muy alucinógena de Almuerzo
Desnudo de Cronenberg - lo cual es decir demasiado
-, mezclada con los tonos apocalipticos de Akira
(en donde el protagonista también se llamaba
Tetsuo y sufría una suerte similar, convirtiéndose
en una especie de ente gigantesco que asimilaba todo).
Esto se traduce en planos raros, gente con implantes
bizarros, sexo, gente imaginando cosas imposibles, mucha
sangre y violencia. El tema es que semejante
cóctel, tal como lo presenta Tsukamoto, termina
resultando caótico y sólo es interesante
de a ratos. No creo que Tetsuo, el Hombre de Hierro
sea una obra maestra, pero tampoco es una porquería.
Es una idea muy original a la que le falta profundidad
y tiene una ejecución mediocre; sino, imaginen
lo que David Cronenberg podría haber hecho con
el mismo tema. |