USA, 1985 : Michael Moriarty
(David ‘Moe’ Rutherford), Andrea Marcovicci
(Nicole Kendall), Paul Sorvino (Coronel Malcolm Spears),
Scott Bloom (Jason), Garrett Morris (Chocolate Chip Charlie
W. Hobbs), Patrick O’Neal (Fletcher), Danny Aiello
(Vickers)
Director - Larry Cohen, Guión
- Larry Cohen
TRAMA : Un gigante corporativo
de la industria alimenticia decide contratar al espía
industrial Moe Rutherford para que averigüe la
fórmula secreta de The Stuff, un producto
con apariencia de yogur que causa sensación en
el mercado. Pero Rutherford descubre demasiadas irregularidades
en todo el proceso que terminó por autorizar
la salida a la venta del producto. Utilizando una falsa
identidad Rutherford logra infiltrarse en las instalaciones
donde procesan el alimento, terminando por descubrir
que se trata de una substancia que brota del interior
de la tierra. Eso no sería tan extraño
sino fuera porque la materia parece tener vida e inteligencia,
y termina por poseer a quienes la consumen, creándoles
una dependencia enfermiza. Ahora Rutherford deberá
destruir el yacimiento, antes de que la substancia infecte
a toda la población y termine por apoderarse
del planeta.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia.
trailer
de The Stuff
A mi me gustaba Larry Cohen. Es un tipo de ideas
bizarras pero frescas, alguien que siempre rompe el molde.
Es cierto que a veces sus películas se terminan
por pasar de rosca - como Dios
me lo Ordenó -, pero otras veces acierta en
grande, tal como su clásico El
Monstruo Está Vivo. Lamentablemente Cohen conoció
en los 70 a Michael Moriarty, y todo se fue al tacho.
El autor quedó tan deslumbrado con las locuras
del actor, que terminó por darle vía libre
para que se apodere de sus obras y las convierta en monstruosas
ridiculeces. Este degeneramiento terminaría por
sepultar la carrera de Cohen, quien desaparecería
de la dirección y quedaría relegado a la
autoría de un magro puñado de guiones en
los últimos 20 años.
El problema con los filmes del matrimonio Cohen
- Moriarty es que parecen el fruto de una noche de drogas
duras. Moriarty sobreactúa a niveles siderales,
Cohen escribe delirios y se despreocupa de la credibilidad
de todo el asunto, y la mayoría de las cosas
parecen el fruto de improvisaciones en el set. Acá
Moriarty se despacha con un espía industrial
ultra pedante y decide caracterizarlo con un irritante
acento texano (para uno que no entienda inglés,
el tipo habla todo el tiempo como John Wayne). El personaje
habla idioteces todo el tiempo, nadie lo contradice,
y anda pavoneándose por ahí como si fuera
intocable. Lo peor es que Moriarty no es el único
en esa onda; el resto del cast también parece
intoxicado, como el general facistoide que compone
Paul Sorvino o el ultra afectado empresario moreno que
interpreta Garreth Morris. Es como si hubieran dado
cuenta que el libreto no es bueno, y decidieron hacer
las morisquetas más salvajes que tuvieran en
su repertorio.
Acá la premisa tenía su potencial. Imaginen
que ustedes se toparan con la gelatina viviente de La
Mancha Voraz, descubrieran que tiene un agradable
gusto a frutilla, y decidieran comercializarla como si
fuera un yogurt. Oh si, el ataque del Serenito
mutante del espacio (!). El que consume el producto
se vuelve adicto a él, y pronto tenemos miles de
personas infectadas, poseídas o como quiera llamarle,
en otra conspiración similar a Los
Usurpadores de Cuerpos y tantos otros clásicos.
Toda esta cantinela sirve de excusa para despacharse con
una sátira sobre la sociedad de consumo: cómo
la gente es valorada por las marcas y productos que consume,
y como las campañas publicitarias de turno te terminan
por convertir adicto a los productos de moda.
El tema es que todo esto queda diluído en el
medio de una tonelada de escenas a medio cocinar, fruto
de un libretista perezoso. Cohen se despacha con montañas
de coincidencias y Deus Ex Machina, como para
mantener la historia andando. Cómo Moriarty da
con el chico que escapa de su familia poseída
por el yogurt mutante, o cómo lo rescata justo
a tiempo luego de haberle perdido el rastro durante
media hora de película. O la aparición
del mesiánico general de Paul Sorvino, que acepta
el relato de Moriarty sin chistar. En el último
acto pareciera que todo el mundo se hubiera dado cuenta
que el libreto apestaba y decidieron mandarse por la
vena de lo absurdo. Todo esto culmina en un show que
me hace sentir vergüenza ajena por todos los involucrados.
The Stuff es un engendro que queda a mitad de
camino de todo lo que se propone. Como sátira
al consumismo, es mala; como filme de terror, no existe;
y como comedia, apesta. Uno detecta un puñado
de ideas interesantes en todo el asunto; pero la ejecución
es tan terrible que termina por arruinar todos los méritos
posibles.
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