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Hay buenas peliculas a las
que les va muy mal en el cine - porque no tienen
presupuesto para campañas publicitarias,
o porque carecen de figuras de renombre para mostrar
en la cartelera - y que mueren en video. Y
en ese universo suelen encontrar una segunda vida,
en donde obtienen el reconocimiento que merecen.
Stake Land es uno de esos títulos:
es un filme feroz, despiadado e inteligente, digno
candidato a ser objeto de culto. Y es una película
que no merece pasar desapercibida.
Si uno se atiene a las características
del relato, Stake Land (La
Tierra de la Estaca) sería otra de
las tantas adaptaciones no oficiales del clásico
de Richard Matheson Soy
Leyenda. Un puñado de supervivientes
en un mundo infestado de vampiros. Pero me animaría
a decir que Stake Land es, por
lejos, la mejor adaptación no
oficial de Soy Leyenda (ok; George
Romero hizo la suya con La
Noche de los Muertes Vivientes, pero aquí
hablamos de vampiros y no de zombies). Aquí
no hay filtros hollywoodenses: las criaturas son
sanguinarias, capaces de destrozar a mujeres y
niños sin que la cámara tenga la
timidez de apartarse durante el proceso. En el
inicio del filme hay una secuencia brutal en donde
uno de los vampiros se devora un bebé -
en un flash que dura un par de segundos pero
que no deja de ser impactante -, y deja marcado
muy en claro cuál va a ser el tono del
filme.
Si Soy Leyenda
se reducía a un hombre aislado en su bunker
urbano y viviendo en un mundo infestado de monstruos,
Stake Land es una historia en
movimiento, una road movie apocaliptica
al estilo de La Carretera.
El protagonista pierde a sus padres en un ataque
y es adoptado por un implacable cazador de vampiros,
el que le enseña como atacar y sobrevivir
en un mundo tan violento. Hay un viaje hacia un
paraíso prometido, el cual está
plagado de peligros en el medio. Y, como todo
viaje, se conocen todo tipo de personas y personajes,
algunos de los cuales se unen al grupo. Por ejemplo,
se les agrega una religiosa que decide trocar
a los hábitos por las armas (Kelly McGillis,
la misma de Top Gun y tan avejentada
que hoy podría pasar como la madre de su
antigua co-estrella Tom Cruise); hay un moreno
ex-marine; y está la chica de turno, la
que está embarazada y le plantea un serio
inconveniente a la vital agilidad que debe mantener
el grupo para moverse y sobrevivir. Mucha de esta
gente no logrará terminar la jornada.
Stake Land es estrictamente
realista. No esperen ver héroes en poses
machistas o fashion; acá la gente
está sucia y bañada con sangre vieja
y seca derramada por los monstruos (y, a veces,
por agresores humanos que deben combatir para
poder sobrevivir). Los ataques de las criaturas
son bestiales. Pero lo más fascinante (y
peligroso) pasa por el resto de los supervivientes
humanos, los cuales se han organizado bajo la
forma de las más diversas utopías
extremistas. Cada uno de los distintos bolsones
de gente que encuentran los protagonistas a lo
largo de su camino conlleva su propio grado de
locura y peligrosidad. Hay comunidades de ex marines
que actúan por el bien común; hay
tribus canibales; y hay sectas de fanáticos
religiosos que no dudan, incluso, de utilizar
a los mismos vampiros como armas en contra de
quienes no quieren unirse a su causa. Una de las
secuencias más impactantes de Stake
Land tiene lugar cuando una de estas
hermandades decide bombardear a una pacífica
comunidad... lanzándoles vampiros maniatados
desde un helicóptero y liberándolos
para que generen una masacre en una zona totalmente
desmilitarizada.
En ese sentido, Stake Land es
un dechado de creatividad. El universo elaborado
es tan rico en posibilidades que podría
fácilmente expandirse a una miniserie o
a un comic. También es cierto que la abundancia
de secuencias y circunstancias le quitan espacio
a otros puntos que hubieran resultado fascinantes
de explorar - cúales han sido los motivos
que llevaron al cazador de vampiros a convertirse
en tal, o alguna reflexión profunda por
parte de la monja que encarna Kelly McGillis
-, y que quizás precisaba un poco más
de vuelo poético o reflexivo, pero la versión
actual es irreprochable. Los personajes están
muy bien perfilados, las secuencias tienen impacto,
el universo pintado es fascinante.
Lo que resulta interesante notar son las connotaciones
religiosas del filme. Pareciera que el libreto
hiciera hincapié en la necesidad de creer
en Dios a nivel estrictamente individual, y que
cualquier otro tipo de institución (o grupo
de intermediarios) sólo utiliza a la religión
como herramienta para instrumentar su locura apocalíptica
de manera masiva. Hay sectas que favorecen el
suicidio masivo como manera de evadirse de la
realidad, y hay hermandades abocadas exclusivamente
a someter a aquellos que no piensan como ellos,
utilizando la religión como excusa. Incluso
en un momento, uno de estos fanáticos termina
por convertirse en una aberración, en un
vampiro inteligente que planea erigirse como una
especie de nuevo dios. Como puede verse, hay una
parva de locos de todo tipo y color que enarbolan
la Biblia para terminar haciendo exactamente lo
contrario de lo que dicen las sagradas escrituras
- cometiendo asesinatos y violaciónes,
esclavizando a los diferentes e imponiéndose
por medio de la violencia, y llegando en algunos
caso al suicidio -. Da la sensación
de que los guionistas han llegado a la conclusión
de que la palabra de Dios está devaluada
y que lo que ocurre - la epidemia de vampiros
- tiene que ver con que el Creador le ha soltado
la mano a toda la humanidad, mandándoles
una plaga divina para castigarlos, y obligándolos
a organizarse en sus propias versiones de Sodoma
y Gomorra.
Stake Land es un gran filme,
injustamente ignorado. Como fans del buen cine
de culto, es nuestro deber difundir las obras
que valen la pena y éste es uno de esos
casos. Y mas vale que tomemos nota del director
y de los guionistas, ya que la presente muestra
de talento presagia la posibilidad de que, en
un futuro cercano, encontremos obras de su autoría
tan fascinantes como ésta. |