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La novela de Stanislaw Lew Solaris tuvo una adaptación
en 1972 por parte del director ruso Andrei Tartovsky,
en la que muchos consideran la 2001
de la cortina de hierro. Hay muchos elementos en común
- el contacto con una entidad extraterrestre, el relato
de una historia de ciencia ficción en términos
trascendentales, el aislamiento de la tripulación
en el espacio - que hacen que la comparación no
resulte disparatada.
En el 2002 llega esta remake dirigida por Steven
Soderbergh y producida por James Cameron. Considerando
la idiotez generalizada de la platea norteamericana
era lógico de que el film se convirtiera en un
rotundo fracaso, y casi inmediatamente pasara a video.
La crítica también fue bastante dura con
la película, subrayando algunos conceptos como
inentendible. Esto es una prueba más de lo pedante
que es la prensa especializada yanqui, que insiste en
llenarse la boca alabando a 2001, Odisea del Espacio
pero desestimando a este filme. Es como un coro de autistas
que repite algo por rutina pero es incapaz de discernir
frente obras nuevas si las mismas realmente valen la
pena y, especialmente, cuando los contenidos poseen
una profundidad intelectual que en estos tiempos parece
en extinción.
Es innegable que el propósito de Steven Soderbergh
es (como el de muchos directores de cine) hacer un nuevo
2001. Danny Boyle también
tuvo su intento en Sunshine (2007), pero terminó
por decantar la historia en otra trama rutinaria de
asesinos seriales y deformes persiguiendo tripulantes
por los corredores de naves espaciales (o el fallido
disparo de Darren Aronofsky con The Fountain).
La intención de Steven Soderbergh aquí
es mucho más honesta y exitosa.
Se nota que Soderbergh ha estudiado a Kubrick. La llegada
del módulo a la base orbital es una versión
aggiornada del ballet espacial de 2001
- inclusive el atracamiento de cola es idéntico
-, y muchos de los climas del film parecen extractados
del clásico de Kubrick - largas tomas en silencio,
con excepción del ruido de fondo de las máquinas
que operan la nave -. La versión de Soderbergh
sólo dura 99 minutos - una hora menos que la
larguísima versión de Tarkovski -, pero
por momentos parece eterna. Al copiar los estilos que
Kubrick usó en 2001,
padece de los mismos problemas de tempo cinematográfico:
los protagonistas tienen diálogos muy escuetos
y son muy reflexivos por largos intervalos de tiempo.
Sin duda ello contribuye a generar el clima necesario
que precisa el relato, pero son tiempos muertos bastante
incómodos para el espectador standard.
Pero la versión de Soderbergh es superior a
2001: aquí daría punto al debate
sobre si una obra nueva que mama de una anterior (a
mi juicio, imperfecta o excesivamente pedante) puede
salir de la sombra de su antecesor con suficiente personalidad.
En estos casos el tiempo es el mejor juez, pero a mi
juicio Solaris 2002 es una película altamente
satisfactoria más allá de su lentitud
narrativa. Comenzando por el protagonismo de George
Clooney en lo que debe ser la mejor perfomance de su
carrera (hasta Syriana) que tiene espaldas de
sobra para acarrear el relato, y tiene el perfecto grado
de expresividad que la historia precisa: terror, desconcierto,
angustia, felicidad. La atmósfera está
muy concebida, y como producción es impecable:
los FX, los decorados, la tecnología mostrada
es fascinante.
Pero Solaris es, como 2001, un viaje trascendental,
y no un simple muestrario de tecnología. Mientras
que 2001, Odisea del Espacio era
un viaje exterior a otras dimensiones, Solaris
es un viaje interno al subconsciente. Es una exploración
de la mente. Durante el transcurso de la historia no resulta
claro cuál es la verdadera naturaleza del planeta
- pero éste es un debate mucho más saludable
que el altivo final de Kubrick con el bebe flotando en
el espacio -. Uno podría asumir que Solaris es
un planeta viviente - lo que efectivamente es -, pero
resulta difícil descifrar su propósito.
Si las entidades que aparecen son aliens que intentan
comunicarse con los humanos mediante una apariencia conocida
- hermanos, esposas, parientes muertos -, o si el planeta
les da el poder a los humanos para materializar a sus
seres queridos de manera inconsciente. Otra explicación
posible es que Solaris sea una suerte de concentrador
de almas - la luz blanca que los moribundos ven, y donde
encuentran a sus seres queridos -. Esta última
posibilidad me resulta fascinante y significaría
que la expedición se ha encontrado con el límite
entre lo humano y lo divino.
Soderbergh no ahonda demasiado en estos temas, menciona
algunos al pasar y prefiere apuntar los dardos hacia
el aspecto romántico. ¿Es Rheya - la esposa
muerta de Kelvin - real, un fantasma o simple imaginación
del doctor?. Sin dudas es una entidad real, y todas
las señales parecen indicar que es un clon que
Kelvin genera a través de los poderes que le
da el planeta. Algunas escenas son realmente fascinantes:
la primera reacción de Kelvin es que algo anda
mal, y que ésa que está delante de él
no es su esposa sino algo vivo, con lo cual la
decide lanzar al espacio en una cápsula abandonada.
Pero Rheya vuelve a aparecer (allí va la teoría
de los clones) y se angustia enormemente cuando sabe
que su versión anterior fue eliminada por Kelvin.
Otra escena excelente es la del suicidio de Rheya en
la nave, de la cual resucita milagrosamente. ¿Acaso
el deseo de Kelvin por mantenerla viva hizo que Solaris
reviviera y curara al clon de su esposa muerta?.
La química entre George Clooney y Natascha McElhone
es excelente. McElhone no es una mujer bonita, pero
sí una de enigmática presencia - sus enormes
y extraños ojos le dan una mirada sobrenatural
-. Y con Clooney establece una relación inteligente,
profunda, sincera y cálida. El clon vela por
la salud e integridad de Kelvin, aún cuando su
propia vida vaya en ello. En estos mutuos sacrificios
por amor que hacen sucesivamente los protagonistas -
después de su suicidio, Rheya se deja sacrificar
por otro miembro de la nave; las jornadas en vela de
Kelvin, la caída junto con la base a la superficie
de Solaris - es donde el espíritu romántico
de la historia se magnifica. A fin de cuentas, lo que
considera Kelvin es qe esta es una segunda oportunidad
para arreglar los errores de su pasado (recordemos que
la Rheya original se suicida en la Tierra cuando Kelvin
la abandona al saber que ella está embarazada).
Y el final no resulta de ningún modo enigmático
- no es el galimatías de Kubrick de 2001
-. (alerta: grandes spoilers más adelante).
Cuando Kelvin aborda la nave y se encuentra en la Tierra,
repitiendo el mismo proceso en la cocina (y volviendo
a herirse con el cuchillo, pero sin corte ni sangre),
allí es cuando recuerda que en el momento de
regreso a la Tierra decide abandonar la nave y quedarse
en la estación espacial que, sin motores, se
precipita a la superficie de Solaris. ¿Kelvin
ha muerto?. Es probable. Se ha asimilado a la esencia
de Solaris y vive en esta especie de limbo creado a
partir de los recuerdos (o de paraíso post
mortem), e inmediatamente su mirada descubre a Rheya
en el cuarto. Es un final realmente brillante y emocionalmente
potente. La versión de Tarkovski mostraba algo
diferente pero similar, con Kelvin viviendo en su casa
en medio del planeta viviente.
A mi juicio es una obra maestra que carece de reconocimiento.
Es más cine arte que ciencia ficción.
Hay una narración muy lenta y algunas contradicciones
- en especial, el caracter de la Dra. Gordon que abandona
súbitamente el aislamiento y es la primera en
querer regresar a la Tierra -, pero es un film de sci
fi pensante. Y es una obra de las que lamentablemente
se ven muy poco en estos tiempos.
| SOLARIS |
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Las versiones filmadas de la novela de Stanislaw
Lem son: Solyaris
(1972) dirigida por Andrei Tarkovsky; y Solaris
(2002), dirigida por Steven Soderbergh |
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