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Blood Feast de 1963 es considerado el primer film gore.
Gore se refiere al cine sangriento, al que muestra gráficamente
una muerte o mutilación, que no escatima detalles al filmar
sangre o tripas. Si bien en los 60 y los 70 el cine gore se
mantuvo en la marginalidad de la clase Z, muchos filmes clase B e
incluso clase A fueron incorporando detalles cada vez más sangrientos,
y aumentado el grado explícito de la violencia que mostraban.
Sin ir mas lejos, La Pandilla Salvaje así como la mayoría
de la filmografía de Sam Peckimpah no ahorra en hemoglobina
para ilustrar sus escenas de acción. Pero el gore se
incorporaría definitivamente al cine mainstream a partir
de títulos como Martes 13, Pesadilla en los Profundo
de la Noche y La Masacre de Texas hasta llegar a nuestros
días, con el revival del cine de terror motivado por los estrenos
y remakes del cine japonés, que desató una corriente
aún más extrema que el horror nipon, comenzando por
Saw, y títulos como Hannibal u Hostel.
En lo profundo de su ser, el cine gore no se encuentra muy
lejos del cine pornográfico. No es ni más ni menos
que pornografía de la violencia. Uno no tiene prejuicios
en contra de la pornografía - es una actividad que existe
desde los inicios de la humanidad, y cuyo destino es provocar fantasías
y estimular el placer sexual adulto - pero, como todo género,
existen variantes, y algunas de ellas muy perversas (el cine gore
sería la perversión del cine de terror; al carecer
de recursos artísticos y de estilo para impresionar a la
audiencia, el director opta por la violencia gráfica hasta
el más mínimo detalle). El cine gore toma el
formato y elementos de la pornografía : escasa historia,
malas actuaciones, los actores reducidos a objetos, y situaciones
bizarras que den pie - no muy justificado - para que haya una escena
gratuita cada cinco minutos. En la pornografía lo gratuito
es el sexo; en el cine gore, es un asesinato mostrado en
forma explícita. Pero mientras que la pornografía
tiende - en su mayoría - a ilustrar algo placentero, el gore
tiende a demostrar con lujo de detalles algo horrible. Uno podría
comenzar un largo debate de por qué la gente gusta de ver
un cuerpo destrozado en la pantalla. No unos pocos espectadores,
sino mucha gente. Puede haber espectadores que gocen semejante
perversión, o puede ser una forma de escapismo extremo, donde
uno desea ver algo tan horrible que nuble la mente y lo aleje de
los dramas cotidianos. Es algo que escapa al análisis de
esta web, y que daría pie a un largo debate en un foro, posiblemente
de modo interminable.
El gore, bien manejado, sirve para matizar una buena historia.
Hannibal o los filmes sobre el Dr. Lecter podrán no
ser obras maestras, pero tampoco son bizarras muestras de cine clase
Z. En el cine gore hay clásicos, como La Noche
de los Muertos Vivientes, que se sirve de lo explícito
para dar forma al horror innato del relato. Pero en general, el
cine gore es más propio del llamado cine exploitation
: el cine que explota un elemento de la historia hasta el hartazgo
(chicas desnudas, sexo, artes marciales, los hombres de color, etc.).
Sin ir más lejos, el cine gore exploitation provenía
de Italia, con filmes tan chocantes como los de Lucio Fulci, o Holocausto
Canibal, o algunos títulos de Mario Bava y Dario Argento.
No había demasiada trama, pero sí mucha sangre y violencia.
Y muchísimos de estos títulos terminaron siendo censurados
o perseguidos en gran cantidad de países, algunas restricciones
de las cuales continúan hasta estos días.
Un derivado del cine gore es el llamado cine snuff (donde
supuestamente se filma un asesinato real), cuyo nombre proviene
de un termino en inglés conocido previamente al film que
nos ocupa (en La Naranja Mecánica, Malcom Mc Dowell
suele decir "snuff it" como sinónimo de
"mátalo"). Snuff deriva de sniff,
y bien podría significar quitar la respiración. Pero
el llamado cine snuff no se conoce como tal sino hasta 1976,
a partir del film maldito que comentamos en este artículo,
y que potenciará el surgimiento de una leyenda urbana que
seguirá hasta nuestros días.
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Esta historia tiene dos partes : la primera comienza en 1971, cuando
el matrimonio Findlay decide filmar en Argentina una película
sobre un supuesto clan satánico. Recordemos que en esa época
era reciente la noticia de la caída del Clan Manson, que
cometía rituales satánicos con la sangre de sus víctimas,
y que se había cobrado la vida de - entre otros - la actriz
Sharon Tate. Como todo cine exploitation intentando recaudar
sobre temas que hacen al morbo del público, los Findlay filmaron
en Tigre, Provincia de Buenos Aires, un film más que modesto,
con mínimo argumento, actores locales desconocidos para el
público internacional, y algunas secuencias violentas. El
matrimonio Findlay siempre se mantuvo en los géneros exploitation
- filmando cine de terror o directamente pornografía -, pero
nada que resultara destacable o que fuera noticia. El film se estrenó
como Slaughter, recaudó muy poco y pasó al
olvido. De más está decir que el film era aburrido,
malo e incluso las escenas violentas era tremendamente amateur.
1972 : el matrimonio Findlay realiza un acuerdo de distribución
con Alan Shackleton. Shackleton deja a Slaughter durmiendo
en el depósito cuatro años. Los Findlay le dijeron que
el film - rodado con sólo 30.000 dólares - podría
mejorar sus perspectivas comerciales si se agregaran algunas escenas
de sexo y violencia , y si tuviera un mejor final - que el escaso
presupuesto había impedido filmar -. Pero Shackleton tenía
una mejor idea. Decide filmar un final apócrifo, en donde,
en los ultimos cinco minutos de largometraje, la actriz principal
de la película - en realidad otra actriz que no posee ningún
parecido con la del film original - comienza a discutir con el director
- como si alguien hubiera dejado por error encendida la cámara
- , y éste procede a someterla, atándola a una camilla,
mutilándole los dedos, y abriéndole el abdomen, eviscerándola
ante los gritos de dolor de la chica. Y, en un momento determinado,
el director se da cuenta que la cámara ha continuado filmando,
y la apaga, pero la banda de sonido continúa unos segundos
más, mientras seguimos escuchando los alaridos de la actriz.
Shackleton distribuiría el film sin creditos ni advertencias,
como si se tratara de un asesinato real. Contrataría a gente
para hacer protestas por la película. Y generaría
una oleada enorme de publicidad gratuita cuando ligas de la decencia
reales, periodistas e incluso políticos salieran a debatir
y repudiar al film, solicitando una investigación sobre el
mismo. De más está decir que la película recaudaría
a raudales (en Nueva York superó en recaudación a
Atrapado Sin Salida durante tres semanas), y obtendría
el status de prohibido, lo cual aumentaría el deseo morboso
de la gente por acceder a ver el film. Los Findlay demandarían
a Shackleton pero terminarían arreglando extrajudicialmente.
El film sería prohibido en infinidad de países, pero
sería contínuamente reeditado en un circuito under,
al igual que muchos títulos italianos ante mencionados. Y
daría origen al término cine snuff, como el
cine que filma un asesinato real : una leyenda urbana que aparecería
explotada en otros filmes como Hardcore (¿Donde
está mi hija?), Testigo Mudo o la reciente 8
mm.
Como película, Snuff es terriblemente mala. En el
fondo, es un pésimo film que uno debe tragarse hasta llegar
a los famosos cinco minutos finales, en donde uno - después
de ver un montón de cine de terror - se da cuenta que todo
es falso. Que la supuesta escena maldita de la mutilación
es una mujer acomodada en una camilla con doble fondo, se cortan
los dedos de plástico de un maniquí, o se le quitan
unas visceras de cordero a un falso abdomen. Ni siquiera las actuaciones
de la escena terrible son buenas - ni la de la actriz mutilada,
ni la del director regodeado con la masacre - como para resultar
creíbles. Uno piensa que es un producto propio de su generación,
de la ingenuidad de una época, que visto con los ojos cínicos
de hoy, se atreve a pensar en quiénes fueron los idiotas
que no se dieron cuenta de que se trataba de un engaño (cuando
todo resulta tan evidente). Es cierto que al día de hoy se
sigue produciendo falso cine snuff - los documentales Salvaje
Mondo Cane y Los Rostros de La Muerte, por ejemplo, que
alternan algunas filmaciones reales con muchas escenas falsas de
ejecuciones y mutilaciones; los famosos Guinea Pig japoneses,
que circulan de mano en mano y que llegaron al poder de Charlie
Sheen, denunciándolos ante el FBI para descubrir que
eran filmaciones apócrifas; e incluso la supuesta autopsia
a un extraterrestre que se difundió mundialmente y que resulta
ser una cuidada puesta en escena -, y sigue generando ruido, debates,
controversia, amén de que crece el público que acude
a ver semejantes atrocidades. Aunque sean falsas, aunque se regodeen
en efectos especiales excesivamente gráficos, siempre hay
espectadores para esta clase de productos. Quizás el morbo
de la gente no tenga límites, o sea una curiosidad insana
por lo prohibido que fluye por nuestras venas, lo cierto es que
esta clase de cine tiene sus seguidores. Por supuesto, hay muchas
variantes del tema - sin ir mas lejos, la bizarra saga de Nekromantik
de Jorg Buttgereit, con la necrofilia expuesta en primerísimo
plano y de modo totalmente explícito -, todas shockeantes
y bizarras. Quizás, en el fondo, todo tenga que ver con un
deseo de la gente de ver a La Muerte a los ojos, de experimentarla
en directo, de verla con lujo de detalles. Pero en ninguno de los
casos se trata ni de cine ni de espectadores normales. |
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