|
Si tuvieramos que definir
Redline en una sola palabra sería
disparate. La película de
Takeshi Koike (un veterano animador que ha participado
en Animatrix y Patlabor - entre
otros títulos - y que aquí debuta
en el formato de largometraje) es un delirio que
rebosa de adrenalina, y eso es lo que sirve para
enmendar un guión que tiene su cuota de agujeros
y cosas a medio cocinar. En todo caso, la dirección
de Koike es tan enérgica que uno se olvida
de todos los problemas del filme y decide entregarse
a vivir Redline como experiencia netamente
sensorial y cinemática.
La historia es un licuado de aquellos. Imaginen
a Meteoro
corriendo las carreras Pod Racer de Episodio
I: La Amenaza Fantasma, sólo que dibujado
al estilo de Heavy
Metal y salpicado con gotas de Akira.
Oh, si, si vamos a delirar, que sea a lo
grande. Lo más curioso es que todo
este cóctel funciona muy bien: es un universo
sucio, corrupto y desgastado que se mueve con
naturalidad. Y hasta el héroe resulta carismático.
El filme se aleja por completo del tradicional
estilo manga / anime característico de
los japoneses y abraza el comic pop de Metal
Hurlant. JP no se ve como el hermano de Heidi
sino como un clon rocker de Elvis, con un jopo
de 2 km de altura y con rasgos completamente occidentales.
Y lo mismo ocurre con el resto de los caracteres
y los escenarios, todos los cuales tienen un grado
de detalle asombroso, trazados en tinta china
y con un puñado de colores básicos.
Esto se debe a que Koike decidió que el
filme fuera dibujado íntegramente a mano,
una elección artística que le costó
siete años de producción. Ver Redline
es ver una historieta viva, en donde lo único
que falta son los globitos de diálogo de
los personajes.
En cuanto a la trama, bordea el delirio. Este
es un universo plagado de personajes disparatados,
con alienígenas con forma de perros, de
ángeles, de robots, y hasta de princesas
de cuento con poderes mágicos (wtf?).
La mitad de esta gente se droga o es corrupta,
y la otra mitad apuesta lo que no tiene en las
carreras a las que hace referencia el título.
Por supuesto que la justa es cualquier cosa menos
legal: estos vehículos disparan misiles,
ganchos y rayos para destruir o entorpecer a sus
rivales en plena carrera. Todos los coches están
retocados y usan un nitro que los lanza poco menos
que a Warp 5. Precisamente cuando activan
el nitro es cuando Redline se transforma
en un delirio visual que resulta digno del aplauso.
Hay tanta energía en pantalla que uno termina
por contagiarse con el desborde de adrenalina.
Pero como a Takeshi Koike todo esto le pareció
poco, el tipo empezó a mandar fruta para
generar tensión dramática. Primero,
que el protagonista tiene un trato con la mafia
al cual va a violar, ya que toda su vida quiso
ganar ésta carrera. Segundo, que la carrera
de marras (que se ve que no es muy legal que digamos)
fue seteada de improviso en un planeta que vive
en guerra civil, y sin ningún tipo de autorización,
con lo cual hay atentados a cada rato. Tercero,
que el circuito de la carrera pasa por lugares
absolutamente vedados, en donde la raza robot
gobernante desarrolla armas ilegales que planea
usar contra la población civil (alguien
dijo Irak y Saddam Hussein?). Y ya que mostrar
dichas instalaciones ilegales en las cámaras
de TV no los hace muy felices que digamos, han
decidido despachar a todo el ejército para
masacrar a todos los corredores ni bien se inicie
la carrera. Ah!. Y por si todo esto fuera
poco, el arma más poderosa de la dictadura
resulta ser una mole de energía viviente
- al estilo Akira -, la cual parece
haberse salido de control justo en este preciso
momento...
Por supuesto todo lo que sigue es un disparate
mayúsculo. Velocidades hipersónicas,
centenares de explosiones en pantalla, decenas
de naves luchando entre sí, mega armas
explotando a cada rato...un glorioso descerebre
que resulta coreografiado como los dioses y que
se puede seguir. Es cierto que al final todo resulta
tan exagerado que directamente es increible, pero
uno lo disfruta mientras sucede. Quizás
el climax sea abrupto y queden cabos sin atar
pero a esa altura uno le perdona cualquier cosa
a Redline, simplemente porque la intensidad
de su espectáculo y la riqueza de sus detalles
lo convierten en un show que no precisa análisis
sino contemplación. |