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A veces es mejor no saber
demasiado sobre los ídolos que más
veneramos. Cuando uno los rasca un poco o ve su
conducta privada, resultan ser unos idiotas o unos
pedantes de primer orden. Ya sea que se llamen
Peter Gabriel, el ilustre 10 de la selección
nacional, o Kevin Smith. El caso de Smith pertenece
al rubro "tipos que se creen su propia prensa":
surgido en el cine independiente, dirigió
un puñado de comedias que rápidamente
se convirtieron en objeto de culto. Luego de esto
siguió en los comics, en donde también
se hizo un nombre. Y todo venía bien hasta
que en la década del 2000 Smith quiso reinventarse.
Primero, quiso filmar comedias más standards
(La Chica de Jersey, Dos Inútiles
en Patrulla) y ahora quiso aventurarse en el
género del horror. Y si en todos los casos
antes mencionados el talento de Smith brilló
por su ausencia, con Red State terminó
por meter la pata hasta el cuadril. No solo es una
película de terror que no aterroriza sino
que la historia tiene gruesos problemas con el tono
y con el rumbo, y al final es tan errática
que nunca termina por resultar satisfactoria.
En el fondo todo se reduce a una cuestión
de soberbia. Yo he visto declaraciones de Smith
y el tipo realmente se cree una versión
under de Orson Welles. Acá había
anunciado que el film le iba a dar la oportunidad
de mostrarse como cineasta serio, pero muy poca
gente terminó de comprar el proyecto -
posiblemente por la disparidad de tono y las connotaciones
polémicas de la historia -. Ni siquiera
los hermanos Weinstein de Miramax (quienes
habían financiado Clerks
y otras aventuras cinematográficas previas
de Smith) accedieron a poner un dólar para
apoyar la idea. Luego Smith salió a mostrar
Red State en el festival de Sundance,
anunciando que la película se encontraba
en oferta para distribuir... pero luego de ver
las reacciones controvertidas del público
decidió comprar los derechos de exhibición
de su propia criatura, dejando a los posibles
distribuidores (que eran muy muy pocos)
con las manos vacías. Inmediatamente surgieron
los reclamos y las acusaciones - que van desde
"pánico escénico" hasta
que el filme es un collage inclasificable imposible
de vender -, y todas las señales parecen
indicar que la carrera de Kevin Smith ha quedado
seriamente dañada - tanto por el film
en sí como por su mala movida comercial
-.
Y razones para el desastre no le faltan. Comencemos
por la temática: éste no es un
filme de horror, aunque Smith intente vender eso.
Hay muertes, pero no es una carnicería
gore tipo Martes
13 ni tampoco hay asesinos sádicos.
La violencia es bastante light, casi del
nivel de un telefilme; y, en el apartado shocks,
ni siquiera hay un susto como la gente, de esos
que nos hacen pegar un salto en la butaca. El
otro punto es el tono. Red State comienza
como una estudiantina, y uno presiente que Smith
se encuentra copiando el modelo de Hostel
- mucha comedia simpática al principio
para luego despacharse con una carnícería...
algo que aquí no llega nunca -. Hay
diálogos zafados propios de Smith ("el
sexo anal equivale al pecado"), y tres
chicos calentorros que vienen a enfiestarse con
la veterana que levantaron por internet.
Los muchachos terminan drogados y se despiertan
dentro de la iglesia del foribundo pastor que
interpreta Michael Parks. A partir de allí
Smith intenta imitar a Tarantino - ¿se
acuerdan cuando Bruce Willis era apresado por
una horda de degenerados en Pulp
Fiction?; aquí pasa algo parecido,
sólo que en vez de maníacos sexuales
tenemos una horda de fanáticos religiosos
-, poniendo a Parks en el centro de la escena
y despachándose con un denso discurso homofóbico,
pregonando de que los gays están
dominando y corrompiendo al mundo con sus actos
impuros. Y mientras que está visto que
los chicos la van a pasar mal, el sheriff del
pueblo - que a pesar de estar casado es un
gay encubierto y a quien el pastor le ha asesinado
un hijo en el transcurso del día, ya que
vió algo que no debía ver -
decide llamar al FBI para mandar al diablo
a Parks y Cía. Lo que sigue es una balacera
al estilo de la masacre de Waco, con pastor
mesiánico armado hasta los dientes disparándole
a las fuerzas del orden que tienen sitiada su
mansión.
Red State es una película difícil
de seguir, simplemente porque no hay protagonista
que dure vivo más de 20 minutos. Es posible
que Smith haya querido aplicar el mismo efecto
de shock que implementó Hitchcock en Psicosis
- crear a un protagonista y matarlo a mitad
de la historia - pero, cuando el chiste se
repite diez veces en una misma trama, uno termina
por saturarse ("¿Cómo? ¿A
ése también lo van a matar?")
y el recurso pierde su gracia. El otro punto es
que Smith no tiene filtro y a veces se explaya
hasta el aburrimiento con los discursos de Michael
Parks - la perfomance del actor es muy buena;
el problema es que sus dichos son redundantes
la mitad del tiempo -. Y entre todo ese discurso
mesiánico, la burocracia del gobierno,
las políticas de mano dura contra los terroristas
y el trio de muchachos calentorros, lo
único que uno obtiene es un desastre, un
collage de escenas que podrían haber
funcionado muy bien en películas muy distintas
- una comedia sexual, un policial, una sátira
política, incluso un filme de terror
- pero que, en conjunto, no pegan ni con moco.
Yo creo que detrás de Red State
hay una buena idea, pero que Kevin Smith no ha
sabido plasmarla como corresponde. Aquí
faltaba alguien más prolijo y que fuera
a su vez más osado (como podrían
haber sido los hermanos Cohen). O se precisaba
a alguien externo - un script doctor -
para darle una segunda mirada y unificar los criterios
(si es una comedia, que sea comedia; si es un
análisis de la proliferación de
pastores sicóticos y mesiánicos,
quitemos los chistes, etc). Lo que sí parece
cierto es que Smith ha caído en el vicio
del control artístico total, un
defecto que ha arruinado la carrera de mucha gente
con talento (¿alguien dijo Francis Ford
Coppola?), y que les hace creer que todo lo que
hacen es arte y es perfecto. Así como está
Red State es un licuado que resulta insatisfactorio
a cualquiera que vea el filme, incluyendo a los
fans del director como el escriba que redacta
estas líneas.
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