|
Gigantes de Acero
es una regurgitación masiva de clichés,
y que conste subrayado en actas. No hay un momento
original en todo el film - si uno conoce bastante
de cine, puede ir poniéndole a cada escena
el titulo de la pelicula de las cual fue tomada-
y, a pesar de ser una tonelada de material reciclado,
tiene su gracia. Quizás sea porque los mecanismos
que prueba están tan usados, pulidos y perfeccionados,
que resulta imposible fallar con ellos. No sé
si el espectador promedio sentirá fresco
al material de Real Steel, pero seguramente
lo encontrará emocionante y, en definitiva,
eso es lo que importa.
Resulta curioso ver un filme americano con robots.
Pareciera que su mitología fuera patrimonio
exclusivo del cine fantástico japonés
y, por momentos, Gigantes de Acero se siente
como la adaptación live de algún
anime nipón - el desahuciado
robot que llega a las grandes ligas; la arena
de combate de androides, etc, cosas que se pueden
encontrar en Astroboy
sin ir más lejos -. Pero en vez de
obsesionarse con los robots luchadores, Real
Steel prefiere hundir el cuchillo en el típico
melodrama deportivo. Imaginen a El Campeón
(1979), pero con la excepción de que Ricky
Schroeder hubiera utilizado un "avatar"
mecánico para salir a combatir en vez de
su padre Jon Voight (y que tuviera más
talento que él!); súmenle algunos
elementos melodramáticos típicos
de los filmes de boxeo - tipo Rocky
-, sacúdanlo en la coctelera y sírvalo
bien frío. Eso es Real Steel.
Acá las cosas funcionan en gran forma
gracias a que el elenco es más que competente.
Hugh Jackman satura la pantalla de carisma, y
está bien acompañado por el pequeño
Dakota Goyo. El filme tiene su cuota de melodrama
sanitizado - hay algunos malos que son más
orgullosos y torpes que malvados; no hay conflicto
que no se resuelva en menos de cinco minutos;
nadie intenta sabotear o robar al robot; hasta
la pareja de ricachones con la custodia del chico
resultan más permisivos de lo que a primera
vista uno podría pensar -, y decide
poner la emoción en dos aspectos: el volátil
padre que comienza a poner los pies en la tierra
gracias a su hijo mientras recomponen la relación
entre ambos, y los feroces combates de androides,
los cuales están dirigidos con gran dosis
de energía. Real Steel funciona
gracias a que alterna una cosa con la otra, y
de ese modo se vuelve cada vez más emocionante
a medida que se acerca al final.
Es posible que Shawn Levy haya encontrado la
horma de su zapato y se redima artísticamente
luego de engendros como la reimaginación
2006 de La
Pantera Rosa, y la saga de Una
Noche en el Museo. Acá ha logrado inyectar
algo de magia a una historia remanida, convirtiéndola
de nuevo en interesante y hasta apasionante. Y
ésa es una virtud excepcional que amerita
su recomendación en estas épocas
de sequía creativa. |