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GB, 1960 : Karlheinz Böhm
(Mark Lewis), Moira Shearer (Vivian), Anna Massey (Helen
Stephens), Maxine Audley (Sra Stephens), Brenda Bruce
(Dora) Director - Michael
Powell, Guión - Leo Marks
TRAMA : Mark Lewis es un joven
perturbado apasionado por la fotografía y el
cine. De día, trabaja como técnico en
un estudio de filmación; y de noche, sale a levantar
prostitutas solo para acosarlas y filmarlas cuando las
mata. Su vecina, Helen Stephens, ha irrumpido en su
departamento y muestra un gran interés por el
joven. Ahora Mark se ha enamorado de Helen, pero la
situación sobrepasa su fragil estabilidad emocional,
y el joven caerá en en una espiral de destrucción
y muerte. Sin poder frenar sus instintos sicópatas,
Mark ha montado el acto final de su perturbada vida;
y se prepara para filmarlo en primer plano.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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La expresión británica peeping Tom
viene de la leyenda de Lady Godiva (1040 - 1080), en donde
la noble dama decidió pasearse desnuda por las
calles inglesas en protesta por una suba desmedida de
impuestos. Al parecer uno de los testigos del evento vió
a la dama en traje de Eva y terminó por quedarse
ciego. Desde ese entonces, peeping Tom ha quedado
en la lengua inglesa como sinónimo de voyeur.
Fast forward en el tiempo. Ni bien empezaba
la decada en 1960. Michael Powell era un director inglés
de sólido prestigio. En ese año decidió
despacharse con un film realmente avanzado para su tiempo,
que trataba de un fotógrafo y pornógrafo
que le encantaba matar prostitutas y gozaba viendo las
filmaciones de sus muertes. No sólo era sexualmente
escabroso, sino que el asesino serial resultaba ser
una persona empática con el público -
en vez de ser el villano, la audiencia lo percibía
como una víctima de los terribles hechos que
había pasado en su vida -. La ultraconservadora
crítica inglesa la defenestró muy mal,
y Peeping Tom pasó a convertirse en una
película maldita, quedando relegada a la oscuridad
y hundiendo la carrera de Powell. Mientras tanto, del
otro lado del Atlántico, Alfred Hitchcock tomaba
nota. Si bien Peeping Tom se estrenó tan
solo tres meses antes que Psicosis, Hitchcock
decidió no cometer los mismos errores de Powell.
Le negó las exhibiciones de preview a
la prensa, y decidió que el público se
expresara por sí mismo. El enorme éxito
de taquilla de Psicosis contribuyó a que
la crítica se viera obligada a rever su postura
frente al filme de Hitchcock. Pero en Inglaterra, la
película de Powell sólo acumulaba escarnios
y polvo en los estantes...
Nuevo fast forward en el tiempo. Fines de la
década del setenta. Martin Scorsese era un director
en auge gracias a Taxi Driver y New York,
New York. Desde sus épocas como estudiante
de cine Scorsese se encontraba tras la pista de Peeping
Tom; y cuando pudo acceder a una copia, comprendió
que se trataba de una obra maestra. Recaudando fondos,
Scorsese decidió financiar el reestreno del filme
en círculos de cine arte, e inmediatamente fue
aclamado. Por fin Michael Powell recibió el crédito
que la historia le venía negando.
En realidad el calificativo de "la Psicosis
inglesa" no le queda nada mal a Tres Rostros
para el Miedo. Aquí nadie ha copiado a nadie,
ya que los proyectos de Powell y Hitchcock corrieron
en paralelo y ocurrió una de esas raras coincidencias
que depara la historia. Ambos filmes tienen un perfil
similar - asesino serial; joven reprimido y perturbado
por los abusos familiares; una doble vida -, lo que
difieren es en el enfoque. El proceso de ver Peeping
Tom es en sí una experiencia voyeur,
ya que el asesino rueda en primer plano los asesinatos
y nos convierte en partícipes. A su vez, es el
abuelo de todo el género snuff;
el maníaco encuentra solaz recreando los momentos
de sus crímenes al proyectarlos una y otra vez
en una pantalla de cine.
Peeping Tom es un filme realmente inteligente.
Quizás el tema aquí pase porque a Michael
Powell le interesa más realizar un análisis
forense de la mente de un asesino antes que el terror
y el suspenso en sí. Mientras que Powell filma
correctamente tanto los asesinatos como el descubrimiento
de los cuerpos, uno se imagina lo que podría haber
hecho Hitchcock con semejante material - en especial en
la secuencia de la filmación en el estudio, en
donde una actriz simula abrir baúles sin saber
que se va a encontrar con un cadáver -. Pero por
otra parte, Powell pone mucha energía para pintar
a Mark Lewis de cuerpo entero. Es un individuo sin vida
propia; sólo se siente vivo a través de
lo que filma con su cámara, y tiene una desmedida
obsesión por lo morboso y lo sexual - se queda
contemplando a las parejas que se besan; se deslumbra
con el rostro de una mujer desfigurada por un labio leporino;
y, en especial, el ver el terror en la cara de la gente
lo pone eufórico -. La interpretación de
Karl Bohn es excelente, porque va de lo reprimido y amanerado
a lo descontrolado. El personaje de Bohn nunca está
en equilibrio, incluso cuando tiene la cita con Anna Massey
(a quien vimos hace poco en el sicothriller de Hitchcock
Frenesí); todo el tiempo
se expande y se contrae, se refugia en su caparazón
o tiene ráfagas de euforia. Y aún con todos
sus intentos de camuflar su personalidad, la misma no
pasa desapercibida para distintos caracteres de la historia.
En especial, para el fabuloso personaje de la madre de
Helen Stephens - una mujer ciega que percibe la extraña
energía del joven -. Cuando la Sra Stephens irrumpe
en la sala de proyección privada de Mark, se produce
una tensión memorable. Su instinto de madre le
manda señales de alerta sobre el joven - aunque
no sabe específicamente qué es lo que pasa
con él - ; y mientras ella le dice que demasiado
cine no es bueno y que debe buscar ayuda, Mark está
proyectando precisamente la cinta de uno de los asesinatos.
Es una escena excelente.
Peeping Tom está llena de excelentes
elaboraciones sicológicas acerca del perfil de
un asesino serial. El padre era otro enfermo que lo
filmaba todo el tiempo y estudiaba sus reacciones -
despertando al niño a cualquier hora de la noche;
aterrándolo con lagartijas; poniéndolo
cerca de situaciones incómodas como una pareja
haciéndose arrumacos muy acalorados en el parque
-, y terminó por transmitirle sus insanas obsesiones
al hijo. Así es que Mark Lewis se convirtió
en una especie de versión 2.0 de su padre,
pero con la diferencia de que su vida sexual pasa por
la visión de películas snuff que
él mismo filma. Lo que a Mark le excita es el
terror en la cara de sus víctimas (que para él
serían expresiones orgásmicas). Es por
eso que, al final, le dice a Helen Stephens: "ocúltate,
no me dejes ver tu cara si estás aterrorizada".
Se alimenta del pánico de sus víctimas;
eso lo descontrola de manera salvaje.
Peeping Tom es una película excelente.
Lo suyo no pasa por el suspenso ni por el shock, sino
por la exploración de las intimidades de un asesino
serial. Mark Lewis es un individuo enfermo, pero está
más cerca de nuestra piedad que de nuestro odio.
Uno puede entender cómo es que ha llegado a ese
punto. Y si se quiere, en el momento de conocer a Helen
Stephens ha quedado condenado. Es que su atormentada
vida no pudo resistir la incursión de la normalidad.
Helen le brindó su amor; la madre de Helen le
ofreció su sentido común para que obtenga
una guía; pero el pobre Mark ya estaba en un
estadío demasiado avanzado de su enfermedad,
y ya no hay redención posible. Si se quiere,
Mark termina transformándose en una figura romántica
trágica, ya que ha decidido acelerar su proceso
de autodestrucción después de conocer
a Helen, y posiblemente con el fin de que la chica pueda
salvarse. Eso lo acerca a otros personajes trágicos
de la literatura - como El
Fantasma de la Opera y El Jorobado de Notre Dame
-, en donde el protagonista alcanza cinco minutos de
felicidad sólo para darse cuenta de que no puede
lidiar con su naturaleza y de que está condenado.
La bella termina siendo el faro que anuncia el final
del viaje para el monstruo. Y es lo que ocurre con este
clásico recuperado de Michael Powell. |