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Posiblemente el mayor director de cine de culto de la cinematografía
italiana sea, junto con Federico Fellini, el renombrado Sergio Leone.
La vida y obra de Leone fue un tanto particular: sus comienzos fueron
realmente muy tempranos (era asistente del director a los 17 años),
debutó en la dirección muy joven (a los 25 años)
y prácticamente se había retirado a los 46 años.
Su última obra, Erase una vez en América, tiene
fué rodada después de un intervalo de 10 años.
Uno no posee tantos datos sobre Leone, pero al parecer era una
persona altamente insegura e irascible, amén de que padecía
de excesos alimenticios que le produjeron con el tiempo trastornos
severos de salud y que culminaron con el infarto fatal que segara
su vida a los 60 años. Con tan sólo 11 filmes en su
haber, sin dudas Leone es uno de los directores más influenciales
de la historia del cine. Su período de oro (1964 - 1971)
introdujo un nuevo lenguaje cinematográfico, decodificando
al Western según las reglas del mundo del comic. Un cine
de personajes, de actitudes, de cuidadísimos planos, de atmósferas.
Leone es la estilización del Western.
El apogeo del spaghetti western coincide con su primer obra
de la era de oro: Por un Puñado de Dolares (1964).
Y pronto la cinematografía italiana, tan exploitation
y tan acostumbrada a la baja calidad, se encontraría dando
cátedra de excelente cine comercial. Pero como suele pasar
con todas las modas, la saturación de clones terminó
por derrumbar al género - en un momento Italia llegó
a producír cerca de 600 filmes al año - . El comienzo
del declive lo marcará la mediocridad de las obras, así
como la aparición de las comedias que parodiaban al género
como la popular Me Llaman Trinity (1970). Es generalmente
aceptado que el último spaghetti western memorable
es precisamente Mi Nombre es Nadie (1974), un filme basado
en una idea de Leone.
La dirección aquí queda en manos de Tonino Valerii,
que fuera director asistente de Leone en Por un Puñado
de Dolares y Por Unos Dolares Más. Pero aquí
Leone, además de aportar la idea trabaja como director no
acreditado, lo cual se nota enormemente. Prácticamente la
carrera de Valerii pasaría sin pena ni gloria, y éste
parece un caso similar a The Thing from
Another World (1951), donde un director experimentado (Howard
Hawks en aquél caso) mete los dedos para realzar la obra
de un joven aprendiz. Como Christian Nyby, Tonino Valerii se perdió
en las bambalinas de la historia sin heredar ni el 5% del talento
de su maestro.
Il Mio Nome E Nessuno es un western curioso. Desde el punto
de vista comercial fué vendido como si fuera un filme de Leone,
y prácticamente el 70% de las escenas calzan a la perfección
en el estilo del maestro. Pero el 30% restante es la comedia payasesca
de Terence Hill, que repite todos los manerismos de su querible Trinity.
El problema es que esos dos filmes a veces chocan; por un lado la
estilización y la solemnidad del relato de Henry Fonda y por
el otro lado Terence Hill haciendo sus habituales juegos de manos
y trompadas. Hay momentos en que Nadie es un personaje irritante
y el espectador quisiera verlo fuera de la trama.
Pero el otro aspecto curioso es el caracter alegórico de
la historia. Habiendo visto varias reviews de la película,
me resulta extraño que nadie se haya dado cuenta de esto,
y eso que el filme lo describe con trazos gruesos. Nadie
es una especie de ángel que viene a ayudar al personaje de
Henry Fonda. En la escena en que se encuentra por comprar un caballo,
anda con la cabalgadura a cuestas - la que tiene forma de alas -.
Sus apariciones misteriosas e inesperadas, sus excelentes habilidades
como pistolero, su extraño nombre, sus raros propósitos,
toda la información que posee acerca de Jack Beauregard...
es obvio que no es una persona normal. Uno incluso puede pensar
que es un ángel que ha venido a llevarse al pistolero; la
escena final con Henry Fonda partiendo a Europa puede parecer la
partida hacia el otro mundo. Una partida con gloria.
Pero el gran problema aquí es Valerii. No entiende nada
de cómo va la idea, y la juega decididamente en tono de comedia
burda, con Terence Hill repartiendo palizas a diestra y siniestra.
Todo el concepto alegórico del filme - el angel guardián
del pistolero, la superbanda de 150 matones que viene a ser como
un enjambre del mal, la calificación a Beauregard de que
"es la única semilla de justicia en estos lugares"
- se desmorona por momentos, y es como si el director no supiera
muy bien cómo jugarlo. Por ejemplo, la venganza de Beauregard
queda trunca y uno podría asumir que el ángel convenció
al pistolero de la futilidad del ojo por ojo, diente por diente.
Pero no; Beauregard simplemente es comprado. Es más; el ángel
motiva al pistolero a que desate una matanza contra la super pandilla
que asola el Oeste. Y en vez de aniquilarla, sólo elimina
a la gran mayoría, quedando Nadie en el lugar de Beauregard
con la idea de crear su propia leyenda. Es incomprensible.
Obviamente el guión no termina por definir qué punto
de vista va a adoptar. Y mientras que el argumento tiene numerosos
peros, cinematográficamente es espectacular. La primera toma,
donde Henry Fonda liquida a los pistoleros en la barbería
es sencillamente genial. Es Leone puro. Del mismo modo, el
exterminio de la pandilla salvaje (un homenaje de Leone a Sam Peckimpah,
el cual incluso figura con una lápida en el cementerio donde
yace el hermano de Beauregard) está filmado de modo excelente.
A esto se suma la gran perfomance de Henry Fonda, un actor que nunca
transmite demasiado con su figura larga y bucólica, pero
en este papel y en el del asesino siniestro de otro recordado film
de Leone Erase una vez en el Oeste termina por lucirse en
gran forma.
Es una película despareja, llena de propósitos contrapuestos,
pero sin duda es un espectáculo placentero. Y como siempre,
la formidable música de Ennio Morricone (en especial su versión
western de La Cabalgata de las Valkirias) la realza hasta
convertirla en inolvidable. |
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