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La Vuelta al Mundo en 80 Días (1873) es un título
relativamente menor (aunque no por ello, no menos conocido) en toda
la bibliografía de Julio Verne. A Verne siempre se lo reconoce
como uno de los padres de la ciencia ficcion, aunque en realidad era
un escritor de aventuras de alma. A lo sumo, cuando los medios tradicionales
de viaje se le acababan como excusas narrativas para sus libros, Verne
inventaba travesías a través de vehículos fantásticos
(por el aire o por debajo del agua), o bien atravesando el corazón
de la Tierra. Todo lo que quería contar Verne era lo que pasaba
con un grupo de individuos yendo del punto A al B, cualquier fuera
el medio de locomoción que utilizaran.
Esta adaptación viene como coletazo del suceso de 20.000
Leguas de Viaje Submarino (1954) de la Disney. E incluso
este film impulsaría toda una sucesión de adaptaciones
posteriores de obras de Verne, en especial por el éxito de
taquilla y la obtención de varios Oscar (incluso como mejor
película).
Pero todo esto es una cabal muestra de los excesos de Hollywood,
de la indulgencia de la industria, y en especial, de los votantes
de los premios Oscar, que suelen ser unos imbéciles siderales
que erran más de lo que aciertan. Si uno se atiene a los
valores de producción, Around The World in 80 Days
es sencillamente descomunal, con un despliegue infernal de estrellas
(en papeles menores o en cameos; hay quienes cuentan hasta 50, incluyendo
a Ronald Colman, John Gielgud, John Carradine, George Raft, Marlene
Dietrich, Red Skelton, Peter Lorre, Dominguín el torero,
Fernandel, Buster Keaton, y un larguísimo etcétera),
unas vistas panorámicas excepcionales, una enorme cantidad
de extras en cada escena, además de una reconstrucción
pormenorizada de época. Para los cincuenta, que un film costara
6 millones de dolares era exhorbitante.
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Pero como suele pasar, muy poco de ese dinero parece haber sido
destinado para el guión. Es un film descomunalmente aburrido.
Buena parte de la culpa la tiene el productor Michael Todd (en esa
época, esposo de Elizabeth Taylor) que utilizó el
film para mostrar al mundo su nuevo sistema de filmación
Todd-AO, obteniendo panorámicas en widescreen
formidables. El tema es que después de cinco minutos de vistas
panorámicas, uno empieza a aburrirse. Por momentos el film
parece aquellas cabalgatas internacionales a lo Cinerama,
donde sólo pasaban vistas de estatuas de Buda en la India
o sampanes en Hong Kong, entre otros cientos de cosas que hoy cualquier
programa de TV turístico lo pasa. El director Michael Anderson
(a quien considero uno de los peores de la historia; el equivalente
de Joel Schumacher de los años 50) se engolosina una enorme
cantidad de minutos con las vistas, posiblemente para demostrar
las virtudes del Todd-AO. Y, lo que es peor, existe argumento
cero en el medio. Por ejemplo pasa una larga secuencia panorámica,
intercala unos segundos con David Niven rascándose la cabeza
o jugando un solitario de Whisk, y sigue diez minutos más
mostrando escenarios.
No sólo eso. David Niven se pasea como un sonámbulo
durante la mayoría del film (y eso que es un intérprete
de gracia exquisita), con secuencias enteras sin decir lineas, sin
algún momento de gracia que le reserve el guión, ni
siquiera decir algo coherente. Si el viaje es una excusa, al menos
cada parada del viaje debería servir para mostrar un momento
de comicidad o de aventura. Los encuentros casuales con quienes
le proveen medios de transportes para la siguiente etapa (buques,
trenes, elefantes, etc) son tan asombrosamente absurdos y torpes
que uno se sorprende de lo malo que es el libreto. Hay una larguísima
secuencia de flamenco en España, seguida de un burdo contacto
con un supuesto sheik (que es Gilbert Roland vestido como explorador
inglés!!!), lo que es una excusa para que Cantinflas deba
participar en una corrida de toros. El cruce con George Raft y Marlene
Dietrich en San Francisco produce verguenza ajena. El pesadísimo
personaje del detective Fix (un supuesto villano que pone la historia
y que, por error, desea capturar a Fogg) estorba a cada rato sin
comicidad. El viaje a la India es otro dolor testicular con el insípido
rescate de la princesa Aouda (Shirley McLaine!!), que además
tiene un tío en Hong Kong (!!) y que Fogg decide proteger,
llevándosela consigo a Londres (sin papeles!!). Decir
que el libreto es atroz y que la dirección es abominable
es quedarse corto.
No todo es tan horrible. Cuando los viajeros llegan a Estados Unidos,
las cosas se animan un poco, en parte a John Carradine, que hace
de un militar pendenciero, y en parte porque la correría
con los indios tiene algo de gracia. Sorprendentemente el film se
apoya en el inusual protagonismo de Cantinflas, a quien le da un
montón de espacio y de escenas cómicas. Cuando Cantinflas
- que no es un comico que figure entre mis favoritos - corretea
en la plaza de toros, participa en el circo japonés o escapa
de los indios, se roba la escena (esta película le abriría
las puertas de Hollywood al cómico - algo que era reticente,
ya que prefería siempre filmar en Mexico -; su siguiente
film en la meca del cine, Pepe, se estrellaría en
la taquilla y nunca más volvería a rodar para los
estudios norteamericanos). El gran drama es que todas las secuencias
de Cantinflas suman un tiempo mínimo en las casi 3 horas
que dura el film. El resto es un insufrible e incoherente bodrio.
Este es un claro ejemplo de cuando la memoria engaña sobre
la calidad del producto. Todo el mundo recuerda maravillas del film...
pero en una visión actual, es obvio que es malísimo.
Si usted soporta tres horas de letanía para ver los 20 minutos
de Cantinflas, allá usted. Yo le avisé. |
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