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Metropolis es la obra inmortal de Fritz Lang, un director alemán
que mientras residió en su tierra natal hasta la llegada del
nazismo, dirigió un puñado de filmes brillantes y que
pueden considerarse lo mejor de su obra (Metrópolis,
M el Vampiro, Mabuse el Jugador, La Mujer en la Luna,
etc). Después migraría a Francia y luego a Hollywood,
filmando algunos títulos de buena factura pero nada memorables.
Pero sin duda Metrópolis es el título por el
cual siempre será recordado Lang, y donde el director puso
su creatividad al tope.
Pero Metrópolis es un filme que vive en la leyenda,
más allá de sus méritos artísticos.
Lang concibió la película en su primer viaje a América,
donde la visión de Nueva York con sus rascacielos y sus construcciones
gigantescas lo impresionó profundamente. Colaborando con
su esposa, Thea Von Harbou (que más tarde lo abandonaría,
sumándose a las filas del nazismo), construyeron una historia
de proporciones descomunales que precisó la financiación
por parte de dos estudios alemanes, los cuales cayeron en la bancarrota
tras una recepción muy tibia por parte del público.
Se suma a esto la malograda suerte que corrió el film después
en su distribución, con incontables podas debido a su gran
metraje, y la pérdida de escenas enteras, con lo cual existen
diversas versiones de la película rodando por todo el mundo
pero ninguna restaurada de modo completo. La versión vista
por quien redacta estas líneas es la rearmada por la Fundación
Murnau, que inserta escenas recuperadas y numerosos diálogos
(sin imágenes) extractados del guión original de Lang
y Von Harbou. Se puede decir que es lo más parecido a una
versión integral del film.
Pero más allá de lo anecdótico de las desventuras
que sufrieron sus rollos (o de que el film fuera el favorito del
nazismo en su momento), Metrópolis es un filme bizarro.
Es una película que comienza muy bien y pierde total coherencia
sobre el final, aún siguiendo paso a paso el guión
original. Contiene una gran cantidad de brillantes ideas, un lenguaje
cinematográfico muy moderno, pero argumentalmente tiene unos
tremendos agujeros de lógica en el libreto. Esto puede uno
suponerlo por influencia de Thea Von Harbou - que era una escritora
muy prolífica y también una muy politizada - que elabora
la historia, la comienza a desarrollar, y después comienza
a saltarse todos los pasos posibles con tal de llegar a demostrar
su propósito - el slogan político naif que
reza el filme en todo momento y es que entre las manos y el cerebro,
debe estar el corazón -.
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Metrópolis es en realidad varios filmes en una sola
película, así que vayamos por partes. Es una alegoría
política sin duda. La visión de las clases altas,
despreocupadas y ociosas, dedicadas a los placeres mientras los
obreros trabajan a destajo bajo tierra es obviamente una visión
marxista extrema; lo cual no sonaría tan raro sin uno no
supiera que Von Harbou se volvió al nazismo pocos años
después del filme. El nazismo es exactamente lo contrario
del comunismo, son el agua y el aceite. Pero también la alegoría
funciona (y mejor, a mi entender) como un paralelismo de la Alemania
de fines de los años 20, en donde estaba implantada la República
de Weimar y se encontraba agobiada bajo el peso del endeudamiento
financiero que le habían impuesto los ganadores de la Primera
Guerra Mundial (una enorme desocupación, hiperinflación,
etc).. Y es ahí donde encajaría mejor la visión
de Lang, la de los países vencidos trabajando a granel para
darle a Estados Unidos sus rascacielos. El mensaje sería
: explótenos, pero recuerden que estamos pasando hambre y
miserias, y que somos también sus hermanos.
Dejando de lado esta visión naif, es un filme de
ciencia ficción. Orbes gigantescas, construcciones descomunales,
y la existencia del ser máquina (el robot que suplanta a
María) le dan un aire muy particular a la obra. Las imágenes
son fascinantes; hay muchos conceptos muy modernos ilustrados en
el film, obviamente con los recursos de la tecnología de
aquel entonces: un videofono con el cual Fredersen se comunica con
su capataz; gigantescas autopistas que rodean a los rascacielos
como si fueran las arterias de la ciudad; aviones formando parte
del tráfico habitual de la orbe. Es un mundo utópico
concebido de modo muy práctico, no absurdo como otros filmes
posteriores de ciencia ficción. Donde sí reside lo
absurdo es en el mundo subterráneo, donde las máquinas
que operan los obreros son incongruentes. Como ilustra el principio
del film (que sin duda debe haber influenciado a Chaplin en Tiempos
Modernos de 1936), los obreros son máquinas humanas,
sin sentimientos, que se mueven al unísono, y que trabajando
forman una sincronizada coreografía.
El otro aspecto es el cinematográfico; sinceramente es un filme
con un lenguaje muy moderno que debió haber resultado innovador
en su época. Es una película que tiene sus momentos
de tensión, que se deleita con novedosos planos, que asombra
al espectador de hoy, a pesar de ser un filme silente (y que podría
manejar otros códigos narrativos). Son realmente muy pocas
las ocasiones en que el espectador se da cuenta de la antigüedad
de la obra; por ejemplo, en la actuación, que es medida y sutil,
salvo la excepción de Gustav Froelich (que sobreactúa
de manera espantosa) y algunas escenas exageradas con Brigitte Helm
(más que nada, cuando encarna a la María villana), que
caen en la pantomima desproporcionada propia del cine mudo. Pero sin
duda debió ser el equivalente alemán de un Citizen
Kane.
Pero el último aspecto, que es el que me resulta más
fascinante - y sobre el cual nadie se ha puesto de acuerdo - es
el misticismo que rodea a toda la trama. Hay toda una imaginería
cristiana inserta en la obra que resulta difícil deducir
el propósito de la misma. Por ejemplo, María cuenta
en las catacumbas de que hace 2000 años los hombres quisieron
levantar un monumento a su propio ego, erigiendo la Torre de Babel,
pero la falta de comunicación con las masas obreras que construyeron
la obra culminó que el arrasamiento de la misma por la turba
enfurecida. Sin embargo, en esta Metrópolis futurista existe
una Torre de Babel, con lo cual podría interpretarse que
el hombre ha retado y vencido a los límites que ha impuesto
Dios. En ese caso Fredersen es un semidios sobre la tierra, que
ha construido su propio paraíso - es lo primero que uno piensa
cuando ve las imágenes del jardín de los hijos - y
ha desafiado todos los límites posibles. Pero este semidios
ha obtenido su poder, aliándose a fuerzas oscuras; la visión
de Freder sobre la máquina gigantesca que se transforma en
Moloch, una entidad que hace las veces de puerta de entrada al infierno,
confirmaría el espíritu diabólico que reside
en las máquinas. También aparece esto en la absurda
- pero efectiva - escena en que Freder reemplaza al obrero en el
aparato similar a un reloj gigante, y que en un momento termina
seudo crucificado, rogando a su padre porque los horarios son largos
- y el sacrificio, enorme -. Y mientras que Freder hace las veces
de un seudo Mesías, siendo el portador de la buena nueva
- habrá diálogo entre obreros y administradores -,
María hace las veces de un ángel que porta la profecía.
La escena en las catacumbas, donde residen los esqueletos de los
trabajadores originales de la Torre de Babel, es un sermón
digno de un apóstol, rodeado de cruces y velas.
Y, del otro lado del mostrador, está Rotwang. Lo suyo es
una mezcla entre inventor y mago de artes oscuras, con su casa adornada
por pentagramas que cualquier espectador mdoerno asume a esta altura
del partido como diabólicos. Es interesante notar que el
fabuloso robot que crea Rotwang en realidad posee el alma de su
amada muerta, la que se había ido con Fredersen (no es un
simple trozo de metal inteligente, sino el recipiente de un espíritu).
La escena con el ser máquina es absolutamente fascinante,
y creo que en toda la historia del cine no hay un robot tan fabuloso
como ése. Su visión es hipnótica, su diseño
espectacular, e incluso los pocos instantes en que aparece y se
mueve resultan magnéticos.
Lamentablemente todo lo que construye Metropolis comienza a desmoronarlo
sobre el final. Si se quiere, Rotwang ha desatado al demonio en
Metrópolis - el robot de María enloquece a todos,
comenzando por la particular danza erótica en el cabaret
Yoshiwara, que alucina a los aristócratas; después
con su arenga a los obreros -, y lo que merece la ciudad es el castigo
divino. Pero donde la trama se vuelve incoherente es la escena entre
Maria apresada y Rotwang, donde éste le explica sus planes
de venganza, y súbitamente aparece Fredersen a pelear con
él mientras la chica escapa. A pesar de haber escuchado su
plan, Fredersen actúa de modo idiota, dando luz verde a que
los obreros lleguen hasta las máquinas y destruyan no sólo
el mundo subterráneo sino dejando inerte a la ciudad en la
superficie. Y después de este grueso error de lógica,
el filme entra en los carriles clásicos de los filmes de
monstruos: el robot perece en la hoguera, mientras el héroe
rescata a la chica en los altos de una catedral de las garras del
científico loco. Llegando al patético final donde
Freder pasa a ser el mesías / enviado del diálogo
entre el aristócrata y la masa obrera.
Es un filme absorbente la mayor parte del tiempo; el problema pasa
por el hueco enorme de coherencia que supone la actitud final de
Fredersen; y el otro problema es el desborde emocional de Freder
(además de la sobractuación del actor), que si bien
es el pie argumental del film, resulta absurdo. Pero en cuanto a
imaginería, el resto de las actuaciones, las ideas y los
diseños es una obra fascinante con un timing moderno
en cuanto a lenguaje cinematográfico, y con conceptos que
merecen ser descubiertos. |
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