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TRAMA : En un futuro imaginario, Metropolis
es una gigantesca orbe de más de 60 millones
de personas, diseñada y administrada con mano
de hierro por Joh Fredersen. La población se
encuentra dividida en dos clases : la clase alta, que
vive en la superficie, y que goza de todas las comodidades;
y la clase obrera, que reside en las capas subterráneas
de Metrópolis, y que trabaja incansablemente
operando las máquinas que le dan vida a la gran
ciudad. Mientras se encuentra disfrutando una velada
con amigos en uno de los centros de entretenimiento
de Metrópolis - el jardín eterno de los
hijos - , Freder, hijo del dueño de la ciudad,
descubre la irrupción de un grupo de niños
guiados por una bella muchacha. La chica - de nombre
María - le dice a los hijos de los obreros que
la acompañan, que éstos son también
sus hermanos. Emocionado por el mensaje - y después
que el grupo fuera dispersado por los celadores del
jardín - Freder sigue a María hasta el
mundo subterráneo de los obreros, donde se horroriza
al ver la esclavizada vida que llevan. Mientras Freder
se enamora de María y decide llevar a cabo acciones
frente a su padre para mejorar la vida de los trabajadores,
Fredersen ha comenzado a investigar unos extraños
planos que encuentra en los uniformes de todos los obreros.
Los planos son la guía hasta llegar hasta las
olvidadas catacumbas de la ciudad, donde todas las noches
María predica a los obreros sobre la llegada
de un mediador que mejorará las condiciones de
vida de todos. Decidido a terminar con este movimiento
- al que considera subversivo - Fredersen acude al inventor
Rotwang, quien le ofrece sustituír a María
con un ser mecánico y provocar una revuelta,
con la cual Fredersen podrá reprimir todos los
intentos de insurgencia y dar una lección a los
obreros. Lo que no sabe Fredersen es que Rotwang tiene
planes de venganza hacia él, su hijo y la ciudad
entera, ya que su mujer Hel tuvo un amorío con
Fredersen y perdió la vida al parir a Freder.
Y el alma de Hel reside ahora en la mujer mecánica
que suplanta a María, respondiendo las órdenes
de Rotwang, y provocando un desastre de proporciones
colosales en la ciudad de Metrópolis.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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Metropolis es la obra inmortal de Fritz Lang, un
director alemán que mientras residió en
su tierra natal hasta la llegada del nazismo, dirigió
un puñado de filmes brillantes y que pueden considerarse
lo mejor de su obra (Metrópolis, M el
Vampiro, Mabuse el Jugador, La Mujer en
la Luna, etc). Después migraría a Francia
y luego a Hollywood, filmando algunos títulos de
buena factura pero nada memorables. Pero sin duda Metrópolis
es el título por el cual siempre será
recordado Lang, y donde el director puso su creatividad
al tope.
Pero Metrópolis es un filme que vive
en la leyenda, más allá de sus méritos
artísticos. Lang concibió la película
en su primer viaje a América, donde la visión
de Nueva York con sus rascacielos y sus construcciones
gigantescas lo impresionó profundamente. Colaborando
con su esposa, Thea Von Harbou (que más tarde
lo abandonaría, sumándose a las filas
del nazismo), construyeron una historia de proporciones
descomunales que precisó la financiación
por parte de dos estudios alemanes, los cuales cayeron
en la bancarrota tras una recepción muy tibia
por parte del público. Se suma a esto la malograda
suerte que corrió el film después en su
distribución, con incontables podas debido a
su gran metraje, y la pérdida de escenas enteras,
con lo cual existen diversas versiones de la película
rodando por todo el mundo pero ninguna restaurada de
modo completo. La versión vista por quien redacta
estas líneas es la rearmada por la Fundación
Murnau, que inserta escenas recuperadas y numerosos
diálogos (sin imágenes) extractados del
guión original de Lang y Von Harbou. Se puede
decir que es lo más parecido a una versión
integral del film.
Pero más allá de lo anecdótico
de las desventuras que sufrieron sus rollos (o de que
el film fuera el favorito del nazismo en su momento),
Metrópolis es un filme bizarro. Es una
película que comienza muy bien y pierde total
coherencia sobre el final, aún siguiendo paso
a paso el guión original. Contiene una gran cantidad
de brillantes ideas, un lenguaje cinematográfico
muy moderno, pero argumentalmente tiene unos tremendos
agujeros de lógica en el libreto. Esto puede
uno suponerlo por influencia de Thea Von Harbou - que
era una escritora muy prolífica y también
una muy politizada - que elabora la historia, la comienza
a desarrollar, y después comienza a saltarse
todos los pasos posibles con tal de llegar a demostrar
su propósito - el slogan político naif
que reza el filme en todo momento y es que entre las
manos y el cerebro, debe estar el corazón -.
Metrópolis es en realidad varios filmes
en una sola película, así que vayamos
por partes. Es una alegoría política sin
duda. La visión de las clases altas, despreocupadas
y ociosas, dedicadas a los placeres mientras los obreros
trabajan a destajo bajo tierra es obviamente una visión
marxista extrema; lo cual no sonaría tan raro
sin uno no supiera que Von Harbou se volvió al
nazismo pocos años después del filme.
El nazismo es exactamente lo contrario del comunismo,
son el agua y el aceite. Pero también la alegoría
funciona (y mejor, a mi entender) como un paralelismo
de la Alemania de fines de los años 20, en donde
estaba implantada la República de Weimar
y se encontraba agobiada bajo el peso del endeudamiento
financiero que le habían impuesto los ganadores
de la Primera Guerra Mundial (una enorme desocupación,
hiperinflación, etc).. Y es ahí donde
encajaría mejor la visión de Lang, la
de los países vencidos trabajando a granel para
darle a Estados Unidos sus rascacielos. El mensaje sería
: explótenos, pero recuerden que estamos pasando
hambre y miserias, y que somos también sus hermanos.
Dejando de lado esta visión naif, es
un filme de ciencia ficción. Orbes gigantescas,
construcciones descomunales, y la existencia del ser
máquina (el robot que suplanta a María)
le dan un aire muy particular a la obra. Las imágenes
son fascinantes; hay muchos conceptos muy modernos ilustrados
en el film, obviamente con los recursos de la tecnología
de aquel entonces: un videofono con el cual Fredersen
se comunica con su capataz; gigantescas autopistas que
rodean a los rascacielos como si fueran las arterias
de la ciudad; aviones formando parte del tráfico
habitual de la orbe. Es un mundo utópico concebido
de modo muy práctico, no absurdo como otros filmes
posteriores de ciencia ficción. Donde sí
reside lo absurdo es en el mundo subterráneo,
donde las máquinas que operan los obreros son
incongruentes. Como ilustra el principio del film (que
sin duda debe haber influenciado a Chaplin en Tiempos
Modernos de 1936), los obreros son máquinas
humanas, sin sentimientos, que se mueven al unísono,
y que trabajando forman una sincronizada coreografía.
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El otro aspecto es el cinematográfico; sinceramente
es un filme con un lenguaje muy moderno que debió
haber resultado innovador en su época. Es una película
que tiene sus momentos de tensión, que se deleita
con novedosos planos, que asombra al espectador de hoy,
a pesar de ser un filme silente (y que podría manejar
otros códigos narrativos). Son realmente muy pocas
las ocasiones en que el espectador se da cuenta de la
antigüedad de la obra; por ejemplo, en la actuación,
que es medida y sutil, salvo la excepción de Gustav
Froelich (que sobreactúa de manera espantosa) y
algunas escenas exageradas con Brigitte Helm (más
que nada, cuando encarna a la María villana), que
caen en la pantomima desproporcionada propia del cine
mudo. Pero sin duda debió ser el equivalente alemán
de un Citizen Kane.
Pero el último aspecto, que es el que me resulta
más fascinante - y sobre el cual nadie se ha
puesto de acuerdo - es el misticismo que rodea a toda
la trama. Hay toda una imaginería cristiana inserta
en la obra que resulta difícil deducir el propósito
de la misma. Por ejemplo, María cuenta en las
catacumbas de que hace 2000 años los hombres
quisieron levantar un monumento a su propio ego, erigiendo
la Torre de Babel, pero la falta de comunicación
con las masas obreras que construyeron la obra culminó
que el arrasamiento de la misma por la turba enfurecida.
Sin embargo, en esta Metrópolis futurista existe
una Torre de Babel, con lo cual podría interpretarse
que el hombre ha retado y vencido a los límites
que ha impuesto Dios. En ese caso Fredersen es un semidios
sobre la tierra, que ha construido su propio paraíso
- es lo primero que uno piensa cuando ve las imágenes
del jardín de los hijos - y ha desafiado todos
los límites posibles. Pero este semidios ha obtenido
su poder, aliándose a fuerzas oscuras; la visión
de Freder sobre la máquina gigantesca que se
transforma en Moloch, una entidad que hace las veces
de puerta de entrada al infierno, confirmaría
el espíritu diabólico que reside en las
máquinas. También aparece esto en la absurda
- pero efectiva - escena en que Freder reemplaza al
obrero en el aparato similar a un reloj gigante, y que
en un momento termina seudo crucificado, rogando a su
padre porque los horarios son largos - y el sacrificio,
enorme -. Y mientras que Freder hace las veces de un
seudo Mesías, siendo el portador de la buena
nueva - habrá diálogo entre obreros y
administradores -, María hace las veces de un
ángel que porta la profecía. La escena
en las catacumbas, donde residen los esqueletos de los
trabajadores originales de la Torre de Babel, es un
sermón digno de un apóstol, rodeado de
cruces y velas.
Y, del otro lado del mostrador, está Rotwang.
Lo suyo es una mezcla entre inventor y mago de artes
oscuras, con su casa adornada por pentagramas que cualquier
espectador mdoerno asume a esta altura del partido como
diabólicos. Es interesante notar que el fabuloso
robot que crea Rotwang en realidad posee el alma de
su amada muerta, la que se había ido con Fredersen
(no es un simple trozo de metal inteligente, sino el
recipiente de un espíritu). La escena con el
ser máquina es absolutamente fascinante, y creo
que en toda la historia del cine no hay un robot tan
fabuloso como ése. Su visión es hipnótica,
su diseño espectacular, e incluso los pocos instantes
en que aparece y se mueve resultan magnéticos.
Lamentablemente todo lo que construye Metropolis comienza
a desmoronarlo sobre el final. Si se quiere, Rotwang
ha desatado al demonio en Metrópolis - el robot
de María enloquece a todos, comenzando por la
particular danza erótica en el cabaret Yoshiwara,
que alucina a los aristócratas; después
con su arenga a los obreros -, y lo que merece la ciudad
es el castigo divino. Pero donde la trama se vuelve
incoherente es la escena entre Maria apresada y Rotwang,
donde éste le explica sus planes de venganza,
y súbitamente aparece Fredersen a pelear con
él mientras la chica escapa. A pesar de haber
escuchado su plan, Fredersen actúa de modo idiota,
dando luz verde a que los obreros lleguen hasta las
máquinas y destruyan no sólo el mundo
subterráneo sino dejando inerte a la ciudad en
la superficie. Y después de este grueso error
de lógica, el filme entra en los carriles clásicos
de los filmes de monstruos: el robot perece en la hoguera,
mientras el héroe rescata a la chica en los altos
de una catedral de las garras del científico
loco. Llegando al patético final donde Freder
pasa a ser el mesías / enviado del diálogo
entre el aristócrata y la masa obrera.
Es un filme absorbente la mayor parte del tiempo; el
problema pasa por el hueco enorme de coherencia que
supone la actitud final de Fredersen; y el otro problema
es el desborde emocional de Freder (además de
la sobractuación del actor), que si bien es el
pie argumental del film, resulta absurdo. Pero en cuanto
a imaginería, el resto de las actuaciones, las
ideas y los diseños es una obra fascinante con
un timing moderno en cuanto a lenguaje cinematográfico,
y con conceptos que merecen ser descubiertos. |