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TRAMA : El doctor James Xavier se encuentra
realizando experimentos que permitirían ampliar el espectro
de la visión humana. La capacidad del ojo humano sólo
permite distinguir el 10% de las cosas, y Xavier pretende llevarlo
al 100%. Las primeras pruebas con simios son exitosas, pero los animales
utilizados fallecen de paros cardíacos por la impresión
y la incapacidad de comprensión del nuevo mundo que se les
presenta. Acuciado por las presiones de la fundación que financia
su proyecto, Xavier debe presentar resultados rápidamente,
y decide experimentar consigo mismo. A pesar del éxito, la
fundación corta los fondos para la investigación, lo
cual no detiene a Xavier. Pero pronto el científico se volverá
adicto a la fórmula que ha creado, y su arrogancia tiene ribetes
de locura. Sus amigos y colaboradores, la Dra Fairfax y el Dr Brant,
intentan detenerlo, pero accidentalmente Xavier arroja a Brant desde
un edificio. Y Xavier deberá huir de la policía mientras
continúa aplicándose el suero, expandiendo el poder
de su visión hasta llevarlo a la demencia. |
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Personalmente no me gusta el terror gótico. Tiene mucho de
teatral y barato, además de ser redundante en explicaciones
y diálogos fútiles que suelen demoran el ingreso del
espectador en el tema central. Es por eso que, si bien el prestigio
que alcanzara Roger Corman en el círculo crítico se
basa en sus adaptaciones de Edgar Allan Poe a la pantalla grande,
me resultan más disfrutable la producción no gótica
de Corman.
Roger Corman es básicamente un pistolero a sueldo de la
industria cinematográfica. Un formidable hombre de negocios
que creó su imperio basado en producciones de bajísimo
presupuesto, una gran parte de ellas terriblemente bizarras, pero
con un puñado de obras memorables. Gran parte de los filmes
dirigidos o producidos por Corman clonan las ideas de producciones
costosas de los estudios major de Hollywood. Pero cuando
Corman se ha apartado de la imitación, ha desarrollado películas
más que meritorias. Y sin dudas X: The Man With X-Ray
Eyes es uno de los mejores filmes de su producción -
si no es el mejor -.
Y es que X: The Man With X-Ray Eyes es una película
formidable. Quizás no haya nada nuevo en la arquitectura
del relato, ya que esta fórmula se ha visto innumerables
veces antes y después de este filme. Pero a mi parecer es
el apogeo de las historias de científicos locos. Es la fórmula
llevada a la perfección. Basta en examinar los ritmos que
Corman le impone al relato: hay una breve y didáctica introducción
al público de los temas que va a tratar el guión.
No pasan más de cinco minutos antes que el espectador se
encuentre junto a Ray Milland experimentando con el suero. Hay una
escalada de tensión desarrollada de forma lógica y,
lo más importante, no hay villanos. Sólo el papel
de Don Rickles como un estafador de poca monta que presiona a Xavier
- primero para que trabaje como fenómeno de feria; y después
como una especie de curandero - juega las veces de amenaza en el
relato, pero carece de un peso excesivo. No es necesario un villano;
la inercia de la conducta del científico basta para que las
cosas se salgan de madre, y simplemente la película se dedica
a explorar en profundidad todas las fascinantes posibilidades que
brinda la premisa hasta llevarlas hasta el final.
Es interesante notar que este es un caso invertido de la obra de
H.G. Wells, El Hombre Invisible. Mientras que en la obra
de Wells Griffin es un científico que se vuelve invisible
y enloquece al no aceptar su nueva condición, sumándose
a esto que sus afanes megalomaníacos lo hacen creer que es
un Dios, aquí es el extremo opuesto: el mundo se vuelve invisible
ante los ojos de Xavier, otro científico que desafía
a las leyes naturales y que pretende descubrir los secretos que
Dios ha guardado de la vista de los hombres. Si se quiere, entra
dentro de la tendencia de la sci fi de los 50 y 60 en donde
los científicos eran vistos - cinematográficamente
- como temerarios exploradores que traspasaban los límites
de lo que estaba permitido descubrir, abriendo cajas de Pandora
de incalculables consecuencias. En el fondo no dejan de ser todas
estas obras un profundo sermón religioso camuflado, en donde
los hombres que desafían con su arrogancia científica
los límites impuestos por Dios terminan por ser castigados.
Como menciona Richard Scheib, es el síndrome de Icaro:
aquella leyenda griega del hombre que construyó alas y por
volar cerca del Sol terminó por derretirlas y matarse en
la cáida.
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Parte de la eficacia del relato reside en Ray Milland. Milland
es un actor agrio y antipático, pero resulta ideal para interpretar
papeles arrogantes - es el rol que Hollywood le ha dado en su industria
- y es perfecto como Xavier. El científico no es un demente,
sino un racional hombre de ciencia hambriento de conocimientos;
el problema de Xavier reside en no reconocer los límites
de hasta dónde puede llegar. Basta fijarse en el hecho de
que Xavier puede en cualquier momento invertir el proceso o simplemente
detenerlo: sólo debería dejar de aplicarse el suero
en los ojos. Pero su hambre de conocimientos convierte al proceso
en simple adicción, aplicándose dosis cada vez mayores
y más seguido, hasta llegar al extremo de traspasar todo
con su visión, llegando a ver los átomos. Sin dudas
el clímax del film es uno de los más shockeantes y
duraderos de la historia del cine: con sus retinas negras, lastimado
por la luz, perseguido por la policía, Xavier termina su
huída en la carpa de unos evangelistas. Sus ojos pueden ver
moléculas y átomos, ya ha traspasado todos los límites.
Lo que ve ahora Xavier lo interpreta como "el gran ojo de
Dios que lo contempla desde el centro del Universo"; y
en el diálogo entre el pastor y el científico, el
evangelista le recuerda los postulados de la religión: "si
tus ojos han visto el pecado, entonces el pecado está en
tus ojos. Y si tus ojos te han ofendido, arráncatelos",
lo cual procede a hacer de inmediato Milland ante el sobresalto
del público.(nota de interés: en una secuencia cortada
de la misma escena, Milland continuaba gritando frente a cámara
- con los cuencos vacíos de sus ojos - que aún podía
seguir viendo (!)).
Por supuesto la eficiencia del film se basa en el desempeño
de Milland. Su papel es desafiante pero conflictuado y humano: Xavier
disfruta al principio de los privilegios de su visión de rayos
X - cuando ve desnudos a los bailarines de una fiesta a la cual ha
sido invitado - (una de las pocas ocasiones en que uno ha visto a
Milland sonreír), pero de a poco comienza la escalada de mesianismo
en el científico. La escena de la operación a la niña
- donde Xavier conoce el diagnóstico adecuado y se vale de
cualquier medio para detener la intervención quirúrgica
- es perfecta para ilustrar en tal sentido. Lo único artificial
puede ser la muerte del Dr. Brant, pero es el giro que precisa el
relato para disparar el dramatismo de la trama. Pero el desarrollo
sigue pasos coherentes - ¿qué podría hacerse
si uno tuviera visión de rayos X? -, primero como mentalista,
y después como jugador en los casinos de Las Vegas. Es notable
ver que aquí Xavier tenía la oportunidad de corregir
las cosas, obteniendo los fondos necesarios para culminar su investigación
mediante las apuestas en las mesas de juego; pero es su arrogancia
de conocerlo todo, la exhibición de sus poderes frente al público
lo que levanta sospechas y concluye en el llamado de atención
a las fuerzas de seguridad, volando su anonimato. Xavier cae simplemente
por su arrogancia.
Es un filme perfecto, bien construído, bien actuado y con
un ritmo envidiable. Los efectos especiales cumplen su función
sin ser necesariamente espectaculares: filmaciones 3D de sitios
en construcción (que representan la visión de Xavier
de la ciudad, rascacielos convertidos en esqueletos gigantes de
metal), algunas animaciones de esqueletos humanos, bastantes efectos
sicodélicos de luz... Pero resultan de una efectividad inmejorable.
Y sin duda es un verdadero clásico de culto que resulta de
visión obligatoria para los amantes de la ciencia ficción
y el horror. |
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