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Cuando se hablan de grandes directores siempre se mencionan a Kubrick
y a Welles. En la misma bolsa puede entrar Spielberg, unos cuantos
directores italianos y franceses, David Lynch, etc. Pero uno tiene
la duda de si el mejor director de todos no podría ser Fritz
Lang - una calificación siempre cuestionable, ya que todos
los juicios son subjetivos -. A medida que uno empieza a explorar
la obra de Lang - fundamentalmente su etapa germánica, que
es la que le diera renombre -, comienza a descubrir no sólo
a un excelente director de actores, un gran creador de climas sino
también a un absoluto innovador del lenguaje cinematográfico.
El manejo de cámaras que hace Lang es impresionante - utiliza
ángulos, realiza paneos, arma coreografías, compone
con tonos y sombras -. Uno ve los films de Fritz Lang hoy y ve una
dirección absolutamente moderna, lo que quiere decir que desde
los años 30 a esta parte todo el mundo ha aprendido de la escuela
de arte del alemán.
Es posible que Lang no sea tan revolucionario en cuanto a sus temáticas,
tal como Kubrick, o un tipo que arme críticas al sistema
con elaborados mecanismos de relojería como Welles. Lo que
a uno le da la impresión es que la etapa más creativa
de Lang - en Alemania hasta 1934, cuando huye de Europa - proviene
de la sociedad artística con su esposa, la guionista Thea
Von Harbou. Sin Von Harbou Lang sigue siendo un gran director, pero
no uno memorable. Las obras que todos recuerdan hoy son las guionadas
por su esposa. A veces excesivas, a veces ingenuas, pero nunca convencionales.
Si bien Metrópolis es considerada
su obra maestra - a pesar de sus defectos argumentales -, M
es sin duda una de sus obras más maduras y mejor construídas.
El guión no tiene fallos de ningún tipo - es tan sólido
que podría filmarse hoy nuevamente sin retocar una línea
-, y no sólo establece un molde sobre el cual se perfilarían
el resto de los asesinos seriales cinematográficos de ahí
en más sino que además Lang se da el lujo de realizar
algunas piruetas con la cámara totalmente innovadoras.
M está inspirado en los hechos ocurridos en los años
20 en Alemania, donde el asesino serial Franz Kurten asoló
la ciudad de Dusseldorf - un error común es indicar que el
título es M, el Vampiro de Dusseldorf, cuando en realidad
la acción del film transcurre en Berlin -. Lo que fascinó
a Lang del proyecto fue que, al momento que Kurten realizaba sus
andanzas, el bajo mundo pareció organizarse de modo de intentar
atraparlo para frenar la impresionante presión policial.
M toma esa idea y la expande, lo que da un argumento con un punto
de vista absolutamente diferente al tradicional - la mayor parte
de la historia pasa por el relato del crimen organizado, las relaciones
con los mendigos, la creación de equipos de vigilancia, y
toda la operación que montan para vigilar las calles hasta
dar con el asesino -. La policía está, pero Lang muestra
breves pantallazos de su actividad - en general, lo que muestra
es su inoperancia - y los héroes terminan por ser los mismos
criminales. Uno podría decir que puede haber algún
paralelismo entre esa parte de la historia y la vida real de la
Alemania de los años 30 - los villanos son más eficientes
que las instituciones burocráticas, por alusión a
la eficacia de la maquinaria política nazi de aquel entonces
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Lo que sigue es un relato que por momentos sigue un ritmo documental,
sin protagonistas, sino simplemente viñetas. Aquí
es cuando Lang comienza a utilizar todo tipo de planos extraños,
sean cenitales, vistos desde el suelo o desde una esquina. Algunos
críticos (algo delirantes) intentan traducirlo como la presencia
de un espíritu maligno que sobrevuela la ciudad. Es más
lógico pensarlo como planos disparatados porque la situación
es disparatada - cuando las escenas comienzan a hilvanarse hacia
el final, los planos son más tradicionales -. Si el mundo
está dado vuelta, Lang lo filma dado vuelta. Al espectador
le da una sensación incómoda - hay escenas donde las
cabezas de la gente aparecen cortadas, por ejemplo - y me resulta
más obvio que el propósito de Lang fuera ese. Además
Lang se anima a hacer algunos pases que son innovadores, si bien
le quedan algo desprolijos por la ausencia de medios técnicos
para la época; por ejemplo, hace una toma desde las escaleras
internas de un edificio y empieza a meterse dentro de uno de los
departamentos, o bien sigue a una multitud a través de las
escaleras desde atrás. Es notable porque uno lo imagina al
director con la pesada cámara al hombro intentando hacer
algo décadas antes que se inventara la steadycam.
Por si los planos no fueran suficientes, Lang aprovecha para jugar
con las sombras. A Peter Lorre sólo lo conocemos de frente
a la noche, mientras que de día sólo se ven sombras
de él o su imagen de espaldas. Su verdadera personalidad es
nocturna - el mal sólo sale de noche -. Incluso Lang
aprovecha a insertar un recurso que después se convertiría
en un clisé de la industria, al darle un leit motiv
sonoro al asesino - silbar Peer Gynt (una melodía que
acelera progresivamente, tal como el estado mental del protagonista)
cuando se encuentra "entonado" - que sirve para seguir sus
transformaciones. Si mal no recuerdo, la versión de Jeckyll
y Hyde con Spencer Tracy hace un uso idéntico del mismo
recurso.
Pasado el primer momento de los planos retorcidos y la paranoia,
comenzamos a descubrir al asesino y a los antagonistas. Aquí
el relato deja de ser tradicional - no se trata de quién
es el asesino o el por qué, sino de cómo lo van a
atrapar y quién lo hará -. En vez de seguir la óptica
policial tradicional, Lang se enfoca en los bajos fondos, donde
los criminales resultan ser más pragmáticos que la
policía. Y mientras la cacería humana comienza, empezamos
a ver a Peter Lorre en acción. Los primeros planos de Lorre
no son muy convincentes, pero el momento dura poco hasta que el
actor logra dar con el personaje. Si bien Peter Becker es un asesino,
es obvio - ante los ojos del espectador moderno - que también
es un pedófilo. Cuando Lorre ve a la niña a través
del reflejo del cristal en la juguetería y se aferra al pasamanos,
hay un sutil movimiento que parece un contoneo sexual. Uno ve a
Becker sudando, con la boca seca, desesperado, incapaz de silbar.
Incluso cuando el asesino va al bar a tomar un coñac, su
imagen - tapada por los arbustos que adornan al establecimiento
- hace suponer que intenta masturbarse en vano. A mí me parece
obvio, pero en las críticas que uno ve en la red no encuentra
referencias a dicha escena.
Lo que sigue es la caza del hombre. Como una manada de depredadores,
uno alerta sobre la presa - reconocida por el ciego - y el resto
comienza a acercarse de a poco. Hay un chispazo de tensión
cuando Lorre y la nueva víctima - que andan de la mano, comiendo
dulces por la calle - paran en una panadería, y el asesino
saca una navaja... para pelar una naranja. Pero el rostro de Peter
Lorre es imperdible, especialmente cuando el mendigo lo choca para
dejarle una M (de Morder, asesino en alemán) estampada
con tiza en su espalda. Es una expresión de pánico
inconmensurable, de que casi lo descubren en su juego, y la escalada
paranoica empieza a descarrilarse, viendo dos, tres y más
mendigos comenzando a rodearlo.
Todo lo que sigue es excelente; la huida dentro de la fábrica,
la organización de un escuadrón de criminales que
irrumpe en la misma, domina a los guardias y comienza una búsqueda
sistemática del asesino dentro de las enormes instalaciones.
La revelación de su paradero por los ruidos que hacen los
intentos de Becker de fugarse del desvan donde se ha refugiado y
ha sido encerrado accidentalmente por los vigilantes. Lo único
que podría achacársele a Lang es su desvío
en este punto hacia la óptica policial, con el criminal rezagado
que es apresado y que termina por decirle a las autoridades que
Becker ha sido secuestrado, y que va a ser juzgado y ajusticiado.
Se hace algo largo, ya que uno quiere ver qué es lo que va
a pasar con el asesino.
Y està la escena del juicio por parte de los bajos fondos.
No es una secuencia real sino mas bien teatral - lo normal hubiera
sido el linchamiento inmediato -, pero Lang dispone de un jurado
enorme, el asesino e incluso un seudo abogado defensor que en realidad
lo que hacen es exponer los puntos de vista de los guionistas sobre
el tema. Los paralelismos a la Alemania de los 30 siguen, con los
criminales aborreciendo a las leyes por considerarlas blandas, y
que terminarían por perdonarle la vida a Becker - una amnistía,
internarlo en un siquiátrico y darle el alta en unos años,
etc -, con lo cual la única justicia posible es la que imparten
ellos, el pueblo, y no las instituciones. Por el otro lado, está
el defensor que alega que Becker está insano y no es responsable
de sus actos. Y por último la actuación de su vida
para Peter Lorre, que pasa de ser un hombrecillo asustadizo a uno
atormentado, y después a un acusador que enfrenta a sus captores
- "ustedes no pueden juzgarme, no están en condiciones,
tienen tantos crímenes como yo" -. El relato de
las causas de su manía asesina es memorable: el escuchar
las dos voces, el sentir un fuego interior, el no poder frenarse,
el intentar huir de sí mismo todo el día... Fíjense
cuántos asesinos seriales del cine han copiado este patrón
y este discurso.
Es una película formidable, que mantiene su impacto y tiene
un lenguaje cinematográfico notablemente moderno. Es memorable,
y está dirigida con una destreza envidiable. Esperamos pronto
poder conseguir más obras de la etapa germánica de
Lang para continuar disfrutando de tan excelso (y avanzado para
su época) artista. |
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