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TRAMA : Berlin, la década del 30. Un
asesino serial acosa la ciudad y su blanco son las niñas.
El sicópata ha dado muerte a 8 niñas y
la paranoia urbana cunde, sumiendo a la ciudad en la
desesperación. Todos los intentos por localizar
al homicida han sido infructuosos, desde el rastreo
de pacientes siquiátricos dados de alta hasta
múltiples redadas en los bajos fondos. Precisamente
el crimen organizado decide ponerse en marcha y atrapar
al asesino, para poder quitarse a la fuerza policial
de encima, ya que arruina todos sus negocios. Organizando
a los mendigos en equipos y asignando zonas, el mundo
del crimen rastrea la ciudad en busca del homicida.
Pero un ciego, vendedor ambulante de globos, ha creído
reconocer a un sospechoso por su tonada - silba constantemente
un tema de la obra de Grieg Peer Gynt -, a quien
le ha vendido el mismo día que asesinaron a la
última niña. Ahora, acompañado
por otra menor, el sospechoso es seguido a sol y sombra
por mendigos y ladrones hasta que termina por quedar
en evidencia e intenta escapar, pero es atrapado y llevado
frente a un tribunal conformado por miembros del bajo
mundo, que esperan darle un juicio sumario y ajusticiarlo
con sus propias manos.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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Cuando se hablan de grandes directores siempre se mencionan
a Kubrick y a Welles. En la misma bolsa puede entrar Spielberg,
unos cuantos directores italianos y franceses, David Lynch,
etc. Pero uno tiene la duda de si el mejor director de
todos no podría ser Fritz Lang - una calificación
siempre cuestionable, ya que todos los juicios son subjetivos
-. A medida que uno empieza a explorar la obra de Lang
- fundamentalmente su etapa germánica, que es la
que le diera renombre -, comienza a descubrir no sólo
a un excelente director de actores, un gran creador de
climas sino también a un absoluto innovador del
lenguaje cinematográfico. El manejo de cámaras
que hace Lang es impresionante - utiliza ángulos,
realiza paneos, arma coreografías, compone con
tonos y sombras -. Uno ve los films de Fritz Lang hoy
y ve una dirección absolutamente moderna, lo que
quiere decir que desde los años 30 a esta parte
todo el mundo ha aprendido de la escuela de arte del alemán.
Es posible que Lang no sea tan revolucionario en cuanto
a sus temáticas, tal como Kubrick, o un tipo
que arme críticas al sistema con elaborados mecanismos
de relojería como Welles. Lo que a uno le da
la impresión es que la etapa más creativa
de Lang - en Alemania hasta 1934, cuando huye de Europa
- proviene de la sociedad artística con su esposa,
la guionista Thea Von Harbou. Sin Von Harbou Lang sigue
siendo un gran director, pero no uno memorable. Las
obras que todos recuerdan hoy son las guionadas por
su esposa. A veces excesivas, a veces ingenuas, pero
nunca convencionales.
Si bien Metrópolis
es considerada su obra maestra - a pesar de sus defectos
argumentales -, M es sin duda una de sus obras
más maduras y mejor construídas. El guión
no tiene fallos de ningún tipo - es tan sólido
que podría filmarse hoy nuevamente sin retocar
una línea -, y no sólo establece un molde
sobre el cual se perfilarían el resto de los
asesinos seriales cinematográficos de ahí
en más sino que además Lang se da el lujo
de realizar algunas piruetas con la cámara totalmente
innovadoras.
M está inspirado en los hechos ocurridos
en los años 20 en Alemania, donde el asesino
serial Franz Kurten asoló la ciudad de Dusseldorf
- un error común es indicar que el título
es M, el Vampiro de Dusseldorf, cuando en realidad
la acción del film transcurre en Berlin -. Lo
que fascinó a Lang del proyecto fue que, al momento
que Kurten realizaba sus andanzas, el bajo mundo pareció
organizarse de modo de intentar atraparlo para frenar
la impresionante presión policial. M toma esa
idea y la expande, lo que da un argumento con un punto
de vista absolutamente diferente al tradicional - la
mayor parte de la historia pasa por el relato del crimen
organizado, las relaciones con los mendigos, la creación
de equipos de vigilancia, y toda la operación
que montan para vigilar las calles hasta dar con el
asesino -. La policía está, pero Lang
muestra breves pantallazos de su actividad - en general,
lo que muestra es su inoperancia - y los héroes
terminan por ser los mismos criminales. Uno podría
decir que puede haber algún paralelismo entre
esa parte de la historia y la vida real de la Alemania
de los años 30 - los villanos son más
eficientes que las instituciones burocráticas,
por alusión a la eficacia de la maquinaria política
nazi de aquel entonces -.
Lo que sigue es un relato que por momentos sigue un
ritmo documental, sin protagonistas, sino simplemente
viñetas. Aquí es cuando Lang comienza
a utilizar todo tipo de planos extraños, sean
cenitales, vistos desde el suelo o desde una esquina.
Algunos críticos (algo delirantes) intentan traducirlo
como la presencia de un espíritu maligno que
sobrevuela la ciudad. Es más lógico pensarlo
como planos disparatados porque la situación
es disparatada - cuando las escenas comienzan a hilvanarse
hacia el final, los planos son más tradicionales
-. Si el mundo está dado vuelta, Lang lo filma
dado vuelta. Al espectador le da una sensación
incómoda - hay escenas donde las cabezas de la
gente aparecen cortadas, por ejemplo - y me resulta
más obvio que el propósito de Lang fuera
ese. Además Lang se anima a hacer algunos pases
que son innovadores, si bien le quedan algo desprolijos
por la ausencia de medios técnicos para la época;
por ejemplo, hace una toma desde las escaleras internas
de un edificio y empieza a meterse dentro de uno de
los departamentos, o bien sigue a una multitud a través
de las escaleras desde atrás. Es notable porque
uno lo imagina al director con la pesada cámara
al hombro intentando hacer algo décadas antes
que se inventara la steadycam.
Por si los planos no fueran suficientes, Lang aprovecha
para jugar con las sombras. A Peter Lorre sólo
lo conocemos de frente a la noche, mientras que de día
sólo se ven sombras de él o su imagen
de espaldas. Su verdadera personalidad es nocturna -
el mal sólo sale de noche -. Incluso Lang
aprovecha a insertar un recurso que después se
convertiría en un clisé de la industria,
al darle un leit motiv sonoro al asesino - silbar
Peer Gynt (una melodía que acelera progresivamente,
tal como el estado mental del protagonista) cuando se
encuentra "entonado" - que sirve para seguir
sus transformaciones. Si mal no recuerdo, la versión
de Jeckyll y Hyde con Spencer Tracy hace un uso
idéntico del mismo recurso.
Pasado el primer momento de los planos retorcidos y la
paranoia, comenzamos a descubrir al asesino y a los antagonistas.
Aquí el relato deja de ser tradicional - no se
trata de quién es el asesino o el por qué,
sino de cómo lo van a atrapar y quién lo
hará -. En vez de seguir la óptica policial
tradicional, Lang se enfoca en los bajos fondos, donde
los criminales resultan ser más pragmáticos
que la policía. Y mientras la cacería humana
comienza, empezamos a ver a Peter Lorre en acción.
Los primeros planos de Lorre no son muy convincentes,
pero el momento dura poco hasta que el actor logra dar
con el personaje. Si bien Peter Becker es un asesino,
es obvio - ante los ojos del espectador moderno - que
también es un pedófilo. Cuando Lorre ve
a la niña a través del reflejo del cristal
en la juguetería y se aferra al pasamanos, hay
un sutil movimiento que parece un contoneo sexual. Uno
ve a Becker sudando, con la boca seca, desesperado, incapaz
de silbar. Incluso cuando el asesino va al bar a tomar
un coñac, su imagen - tapada por los arbustos que
adornan al establecimiento - hace suponer que intenta
masturbarse en vano. A mí me parece obvio, pero
en las críticas que uno ve en la red no encuentra
referencias a dicha escena.
Lo que sigue es la caza del hombre. Como una manada
de depredadores, uno alerta sobre la presa - reconocida
por el ciego - y el resto comienza a acercarse de a
poco. Hay un chispazo de tensión cuando Lorre
y la nueva víctima - que andan de la mano, comiendo
dulces por la calle - paran en una panadería,
y el asesino saca una navaja... para pelar una naranja.
Pero el rostro de Peter Lorre es imperdible, especialmente
cuando el mendigo lo choca para dejarle una M (de Morder,
asesino en alemán) estampada con tiza en su espalda.
Es una expresión de pánico inconmensurable,
de que casi lo descubren en su juego, y la escalada
paranoica empieza a descarrilarse, viendo dos, tres
y más mendigos comenzando a rodearlo.
Todo lo que sigue es excelente; la huida dentro de
la fábrica, la organización de un escuadrón
de criminales que irrumpe en la misma, domina a los
guardias y comienza una búsqueda sistemática
del asesino dentro de las enormes instalaciones. La
revelación de su paradero por los ruidos que
hacen los intentos de Becker de fugarse del desvan donde
se ha refugiado y ha sido encerrado accidentalmente
por los vigilantes. Lo único que podría
achacársele a Lang es su desvío en este
punto hacia la óptica policial, con el criminal
rezagado que es apresado y que termina por decirle a
las autoridades que Becker ha sido secuestrado, y que
va a ser juzgado y ajusticiado. Se hace algo largo,
ya que uno quiere ver qué es lo que va a pasar
con el asesino.
Y està la escena del juicio por parte de los
bajos fondos. No es una secuencia real sino mas bien
teatral - lo normal hubiera sido el linchamiento inmediato
-, pero Lang dispone de un jurado enorme, el asesino
e incluso un seudo abogado defensor que en realidad
lo que hacen es exponer los puntos de vista de los guionistas
sobre el tema. Los paralelismos a la Alemania de los
30 siguen, con los criminales aborreciendo a las leyes
por considerarlas blandas, y que terminarían
por perdonarle la vida a Becker - una amnistía,
internarlo en un siquiátrico y darle el alta
en unos años, etc -, con lo cual la única
justicia posible es la que imparten ellos, el pueblo,
y no las instituciones. Por el otro lado, está
el defensor que alega que Becker está insano
y no es responsable de sus actos. Y por último
la actuación de su vida para Peter Lorre, que
pasa de ser un hombrecillo asustadizo a uno atormentado,
y después a un acusador que enfrenta a sus captores
- "ustedes no pueden juzgarme, no están
en condiciones, tienen tantos crímenes como yo"
-. El relato de las causas de su manía asesina
es memorable: el escuchar las dos voces, el sentir un
fuego interior, el no poder frenarse, el intentar huir
de sí mismo todo el día... Fíjense
cuántos asesinos seriales del cine han copiado
este patrón y este discurso.
Es una película formidable, que mantiene su
impacto y tiene un lenguaje cinematográfico notablemente
moderno. Es memorable, y está dirigida con una
destreza envidiable. Esperamos pronto poder conseguir
más obras de la etapa germánica de Lang
para continuar disfrutando de tan excelso (y avanzado
para su época) artista. |