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Esta es una curiosidad de
la Toho, surgida en tiempos en donde el mundo
podía irse al diablo en cualquier momento.
En 1961 el alzamiento del muro de Berlin era un
hecho, seguido del impresionante puente aéreo
que debieron tender los norteamericanos para alimentar
a los berlineses (y que, debido a tener que sobrevolar
espacio aéreo de zonas soviéticas,
equivalía a jugar con fosforos en medio de
un depósito de dinamita), y aún faltaba
un año para la crisis de los misiles cubanos
de octubre de 1962... tiempos difíciles para
vivir en el límite del infierno, como podía
suponerse habitar en algún territorio cercano
a alguna superpotencia a la que parecía inminente
que le llovieran bombas atómicas de un momento
a otro.
Si en los ochentas surgieron cositas fuertes
- tipo El Dia Después
o Threads - para
darle cuiqui a Reagan y Andropov y obligarlos
a pensar de que se les estaba yendo la mano, en
los sesentas los japoneses sentaron el primer
antecedente con este filme. Acá hay dos
familias japoneses, amables y simpáticas,
que son tomadas como ejemplo, corderos del sacrificio
que implica la inútil guerra total termonuclear.
Buen padre, esposa amable, hermosos chicos,...
una parva de víctimas que serán
derretidas hasta los huesos por las altisimas
temperaturas generadas por las explosiones atómicas,
y que harán que la platea se deshaga en
lágrimas porque, en definitiva, ése
es el fin de este tipo de películas sensacionalistas.
Como puede verse, aquí no hay héroes
ni acción en primer plano - por ejemplo,
no hay un político como protagonista que
intenta resolver el entuerto entre las superpotencias
-. Están las familias, y hay algunos vistazos
del conflicto - charlas en la ONU, bombardeos
en el Artico, algun misil activado por error que
debe desarmarse mientras corre el tiempo de lanzamiento
(como para darle algo de adrenalina al relato),
y por último los enfrentamientos masivos
entre fuerzas armadas seguidos del lanzamiento
de cohetes intercontinentales -. El problema
con The Last War es que toda la producción
tiene un fuerte tufillo a kaiju
eiga sin monstruo. Las maquetas de Eiji
Tsuburaya van de lo improvisado a lo ok (se nota
que los bombarderos B 52 penden de hilitos) y
ese exceso de efectos especiales mediocres (que
se perdonan en un kaiju eiga) terminan
de atentar contra la seriedad del producto. Todo
el efecto dramático se diluye por maquetas
que se ven como juguetitos.
The Last War es una rareza que no consigue
el efecto deseado. Se deja ver, no hace nada terrible
en sus escasos 76 minutos de duración,
pero carece del impacto dramático que debería.
Lo que ocurre es que, quizás, tenemos demasiada
cultura kaiju encima y nos pasamos todo
el filme esperando que surja un tipo en traje
de goma pateando maquetas en algún momento...
momento que nunca termina de llegar. |