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King Kong es sin duda alguna la película de monstruos
más famosa de la historia. Es simple: funda el género.
El cine de monstruos se caracteriza por desatar a una criatura gigantesca
(o mítica) en las ciudades y desatar un tendal de destrucción.
Pero King Kong también pertenece a otro género que
ha ido desapareciendo con el tiempo, y es el de los mundos perdidos.
Desde Conan Doyle hasta Burroughs, multitud de autores han incursionado
en estas aguas, las cuales se irían desvaneciendo a medida
que el mundo terminara por ser totalmente explorado. Civilizaciones
perdidas, lugares desconocidos del mapa, razas y criaturas extraviadas
en el tiempo se han evaporado con el paso de los años. Hoy
por hoy, es inimaginable concebir al Tarzán de Burroughs
correteando por la jungla africana sin toparse con alguna autopista.
En los años 30 aún había terreno para una imaginación
fértil en tal sentido.
King Kong es una seudo traslación de La Bella
y la Bestia. El guión se empecina en ello, mencionándolo
a cada rato en la boca de los protagonistas. Pero mientras La
Bella y La Bestia es un romance con tintes trágicos,
hay poco de romance en King Kong. Uno no ve rasgos de humanidad
en Kong, y aquí no deja de ser el villano de turno que perece
a causa de su obsesión con la protagonista. Pero es una obsesión
ciega por posesión, porque sinceramente Ann Darrow no deja
de ser un juguete bonito. A diferencia de las remakes de
1976 y 2005 (donde Kong realmente
establecía un nexo sentimental con la protagonista), en el
original de 1933 no deja de ser el malvado deforme que roba a la
heroína.
Desde ese enfoque, el relato funciona de un modo muy diferente.
Kong no es héroe sino villano, un villano celoso si se quiere.
Hay algunos primeros planos del simio (hechos posiblemente con alguna
gigantesca maqueta animada) que, en vez de suponer lascivia, resultan
risibles por su escasa expresividad (la animación stop
motion hubiera resultado mucho mejor).
El film sin dudas es fruto de su tiempo. Como delineación de
personajes, los mismos resultan muy estoicos. Ann Darrow es una chica
totalmente ingenua y hasta aniñada; la actuación de
Fay Wray parece más propia del cine mudo. El verdadero protagonista
del film es en realidad Carl Denham que aquí no es un demente
sino simplemente un aventurero. A diferencia de las remakes posteriores,
él sabe que Kong está en la isla de Cráneo, y
quiere ir a filmarlo (si es que existe). Es un hombre decidido y bastante
práctico, a diferencia de su estampa en la versión de
Jackson (donde es un buscavidas estafador). La tripulación
lo respeta porque lo conoce de aventuras anteriores. En cambio Driscoll
aquí es un personaje secundario que toma algo de protagonismo
en la llegada de la expedición a la isla. Es interesante notar
que en la versión 2005, Jackson
divide este personaje en tres: el segundo del capitán, el escritor
y el actor que llevan a bordo. La versión de Jackson toma numerosos
planos que repite fielmente del original de 1933: desde la charla
de Driscoll y Ann en la cubierta (que protagonizan Baxter y Ann en
la versión 2005), hasta el combate de Kong con el dinosaurio
(donde le aplasta el cráneo).
Pero el Driscoll de 1933 es muy tosco como héroe y hasta
como protagonista romántico. La relación con Ann Darrow
es muy torpe, y la perfomance de Bruce Cabot es muy gruesa. El humor
del personaje parece ser muy voluble - pasa de la rudeza a la simpatía
en segundos - y no hay mucha química entre Cabot y Wray.
Es como si todos los personajes estuvieran superditados a la trama
y no tuvieran demasiada personalidad propia.
Por todo ello, dramáticamente el King Kong de 1933
es realmente burdo. Pero como film de aventuras es realmente espectacular.
Comenzando por la animación stop motion de Kong, que
a pesar de ser rudimentaria está plena de sutilezas increíbles.
Siguiendo por la excelente dirección de Merian C. Cooper
& Ernest B. Schoedsak, que es realmente moderna y ágil.
Hay secuencias que uno imagina el enorme esfuerzo que deben haber
costado con los limitados medios de la época: Kong acariciando
(y desvistiendo) a Ann, o la fabulosa pelea con el dinosaurio, que
termina por arrancar el árbol en el que Ann se encuentra
refugiada. Desde el momento en que el simio rapta a la chica (y
donde prácticamente no hay diálogos), es una escalada
constante de emoción. El ataque del Stegosaurio a la expedición,
las peleas constantes de Kong, los peligros que rondan en la jungla...
No sólo es muy innovador para su época sino que además
es increíblemente violento: Kong destroza a sus víctimas
arrancándoles la cabeza o desmembrándolos; la caída
de los marineros en el abismo - una formidable escena donde Driscoll
corta la liana que sostiene a un enorme reptil que quiere escabullirse
en la cueva que lo refugia -, o la batalla con el dinosaurio, donde
el cuerpo queda inerte y sangrante... sin dudas la animación
de Willis O´Brien es de primera.
Es un filme que conserva intacta su aura de clásico. Por
supuesto ante el espectador moderno hay algunas cosas que hoy resultan
esquemáticas o inapropiadas: desde el perfil de los personajes,
hasta los nativos de la isla de Cráneo que pasan de hostiles
a aliados cuando Kong lanza su arremetida final. Y por supuesto,
la llegada a Nueva York. El ataque rampante de Kong es formidable,
hasta su clásico final en las alturas del Empire State.
Es una metáfora de que la civilización aplasta a lo
salvaje, lo corrompe, enloquece y termina por matarlo. El mundo
civilizado es más cruel que la jungla.
King Kong tendría dos remakes: la universalmente
repudiada de 1976, filmada en un tono camp, y la versión
2005 de Peter Jackson, que es notablemente fiel e incluso muy
superior en el terreno dramático (sin mencionar los efectos
especiales). Pero a pesar de ello el original de 1933 es un relato
similar y diferente a la vez, que posee una enorme cantidad de méritos
como para no dejar de valorarlos. |
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