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Francia / Bélgica / Luxemburgo,
2008 : Jean-Claude Van Damme (como él mismo), François
Damiens (Bruges), Saskia Flanders (hija de Van Damme),
Alan Rossett (Bernstein) Director
- Mabrouk El Mechri, Guión - Mabrouk El Mechri
y Frédéric Bénudis
TRAMA : Jean Claude Van Damme
se encuentra deprimido por su reciente divorcio y por
la batalla legal por la custodia de su hija. Su abogado
Bernstein lo apremia con las deudas del juicio, caso
contrario perderá la tutela de la chica. A su
vez su carrera va en picada y económicamente
se encuentra quebrado. Decidido a buscar un poco de
paz, regresa a Bélgica - su país natal
-. Pero en el camino Bernstein le pone un ultimátum,
y Van Damme comienza a contactar a su agente para que
cierre cualquier contrato y obtenga un adelanto. Sin
plata en el banco y sin posibilidad de utilizar los
cajeros automáticos, se dirige hacia una oficina
de correos para recibir un giro. Pero Van Damme cae
en el medio de un atraco, donde es tomado como rehén.
Y cuando la policía llega al lugar, a los ladrones
se les ocurre utilizar a la estrella como cabeza
de turco, poniéndolo en contacto con las
fuerzas del orden y haciéndoles creer que el
robo fue su idea.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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Debo admitir que jamás me ha gustado Jean Claude
Van Damme. Siempre me pareció un héroe de
segunda, sin carisma y sin rango interpretativo, que sólo
se destacaba por sus fabulosas proezas físicas.
Una inmensa mayoría de sus filmes son mediocres,
con terribles argumentos, pésima dirección
y, cuando no, falta de originalidad - como la flagrante
imitacion de Operación
Dragón en Bloodsport, por ejemplo-.
Es interesante analizar la carrera de Van Damme, como
un signo de los tiempos que han cambiado en el género
del cine de acción. El belga saltó a la
fama con Retroceder Nunca, Rendirse Jamás
en 1985, y comenzó una meteórica carrera.
Los ochentas fueron la década de oro del cine
de acción, con el surgimiento de figuras como
Stallone, Schwarzennegger, Chuck Norris y Steven Seagal,
y se corresponde con la era Reagan en la Casa Blanca.
Y en ese entonces las cosas entre Norteamérica
y la URSS estaban embromadas - carrera armamentista,
el proyecto de La Guerra de las Galaxias con
satélites armados con misiles nucleares en el
espacio -. Era una época que precisaba héroes
y el cine los reflejó en una gran cantidad de
casos con una actitud panfletaria, como si fueran tiempos
de guerra. Pero a mediados de los 90 el clima había
cambiado - caída del muro de Berlín, salida
de Reagan del gobierno -, además de que el cine
de acción estaba transformándose. Antes
era un género dominado por figuras y actores;
hoy es un género de directores - uno puede verlo
en casos como la trilogía
de Jason Bourne, los filmes de superhéroes
o en la reciente Wanted, en
donde actores standard son llamados a interpretar a
héroes de acción y lo que importa es la
novedad del enfoque y el estilo que le da el director
a la historia -. Además los viejos héroes
de acción comenzaron a comprender (en su mayoría)
que tenían que ampliar su rango de papeles para
poder sobrevivir, ya que no podrían hacer esto
el resto de su vida. Bruce Willis fue el primero y más
inteligente de ellos - alternando acción, drama,
comedia, cine independiente -, y después seguiría
Schwarzenegger. Stallone se empecinaría en permanecer
en el nicho donde a duras penas aún subsiste,
y el resto de los menos talentosos desaparecería
o viviría en el mundo de los filmes directo a
video. En el caso de Van Damme, se hundiría con
Legionnaire (1998) - un film preparado para el
cine, pero de calidad tan dispar que sería lanzado
en video y no recuperaría los 35 millones de
dolares de inversión -. Desde entonces Van Damme
ha estado volando bajo el radar con filmes baratos y
descartables.
Pero si bien Seagal figura en producciones cada vez
mas horrendas (y haciendo siempre de sí mismo)
y Norris ha desaparecido del mapa, Van Damme ha emprendido
una serie de decisiones cada vez más arriesgadas
en los últimos tiempos. Ha aceptado papeles de
villano; ha aumentado su rango interpretativo y sus
películas han ido recibiendo mejores críticas.
Y en ese comeback llega JCVD, que es un
experimento tan fascinante como extremo. Aquí
Van Damme hace de una versión ficticia de sí
mismo, que no es muy diferente de su propia realidad,
y se lanza al medio de una carnicería salvaje
de su propia imagen.
En principio JCVD estaba pensada como una comedia
autoreferencial sobre la estrella. Pero el proyecto sufrió
una profunda transformación al momento de quedar
en las manos del director argelino Maboruk El Mechri,
y terminó por convertirse en un filme absorbente
que va mucho más allá de lo originalmente
propuesto. Y definitivamente es un experimento fascinante;
JCVD es una especie de mezcla de Tarde de Perros
y Quieres ser John Malkovich?; el perfil de Van
Damme es muy real - a veces, demasiado real - y lo que
comienza siendo una sátira termina por transformarse
en una historia de redención del protagonista.
Es una mezcla de géneros en donde cada una de
sus partes funciona de manera excelente. Por un lado
tenemos a Van Damme, cuya imagen es rapiñada
de manera salvaje, y lo que genera las mejores carcajadas
de la película. Van Damme pobre, divorciado,
obligado a tomar malos papeles, acosado por los fans
y los abogados, criticado por el público. La
escena del juicio en donde el abogado opositor argumenta
que su hija no quiere vivir con él porque sus
compañeros de colegio se burlan y porque la estrella
sólo interpreta papeles violentos es sencillamente
delirante. El tipo se pasa horas mostrándole
al juez la cantidad de asesinatos (ficticios de cada
film) que ha cometido JCVD en cada papel. La llegada
de la estrella a Bélgica es otra tortura, en
donde Van Damme es criticado sin piedad por la vieja
taxista que lo lleva al pueblo. Está tan bien
hecho que, a la vez de reírse de las ocurrencias
del guión, uno termina por sentir pena por este
hombre atrapado por la fama de haber sido y ya no ser
- en algunos momentos Van Damme deja traslucir que se
encuentra visiblemente incómodo con el rumbo
del relato -. Y la frutilla del postre es la imagen
de que el robo en la estación de correos ha sido
cometido por él. A la vez de cumplir con sus
respectivos trabajos, los ladrones y la policía
son extremadamente cholulos con la estrella.
Por el otro lado está el policial, que está
claramente concebido como un par de Tarde de Perros.
Los ladrones son violentos pero algo simpáticos,
los policías son torpes, el público está
afuera vivando a Van Damme... es un delirio total. Además
el director El Mechri utiliza una estructura de capítulos
que no son lineales - al estilo de Pulp
Fiction - en donde vemos varias veces el mismo acontecimiento
pero narrado desde distintos puntos de vista. El colmo
de la situación es cuando los padres de Van Damme
son llamados para que negocien con su hijo la rendición
y la liberación de los rehenes.
Pero en el medio de todo esto, hay una especie de epifanía
de Van Damme durante un instante en que permanece encerrado
como rehén de los ladrones. Es una escena impresionantemente
emotiva y sincera, que se escapa completamente al guión
y que le da un giro radical a la historia. Van Damme
hablando directamente a la cámara, reflexionando
sobre lo superficial de la fama, lo conflictivo de su
vida personal, el derrumbe que lo llevó a las
drogas, el agradecimiento que le debe a su país
natal... es prácticamente una escena para el
Oscar. Es como si el actor utilizara las libertades
del libreto para convertirlo en una especie de terapia
personal. Y lo más shockeante de esto es que
Van Damme realmente conmueve. Llora, se emociona,
se descarga. El héroe de acción deja paso
al hombre, y a su vez se transforma en un actor excelente
movilizado por sus propias experiencias personales.
Sin dudas es el momento top del filme y uno totalmente
inesperado.
El resto de la película está muy bien,
e incluso el final es sencillamente sorprendente. En
definitiva Van Damme termina por redimirse y se transforma
en un héroe real, pero ha llegado al final y
debe comenzar de nuevo. En cada nueva escena uno se
shockea por los riesgos que ha asumido la estrella con
semejante proyecto - si bien está dirigido con
gran calidad y respeto, por el otro lado es un filme
que bombardea su vida personal y que le exige un rango
dramático nunca antes visto, cosa que Van Damme
termina por cumplir con creces -. A mi juicio, JCVD
es sin dudas el mejor filme de su carrera, y una
película de culto de la hostia, como dirían
los españoles. Con su inmensa galería
de tonos y dirigido - e interpretado - con maestría,
sorprende incluso a quienes no somos fans de la estrella
belga. Una fascinante comedia con tonos dramáticos
realmente brillante. |