|
USA, 1969 : Shirley Stoler (Martha
Beck), Tony Lo Bianco (Raymond Fernandez), Mary Jane Higby
(Janet Fay), Kip McArdle (Delphene Downing), Barbara Carton
(Evelyn Long), Marilyn Chris (Myrtle Young)
Director - Leonard Kastle, Guión
- Leonard Kastle
TRAMA : Norteamérica,
en los años 40. Martha Beck es una obesa solterona
que trabaja como enfermera. Por insistencia de una amiga
Martha termina por escribir a una revista de corazones
solitarios, y su sorpresa es mayúscula cuando
atrae la atención de Raymond Fernandez, un latino
muy locuaz y de ocupación desconocida. Martha
se enamora inmediatamente de Fernandez, y decide seguirlo
a Nueva York. Pero Fernandez es un vulgar estafador
que suele escoger a sus víctimas de entre las
publicaciones de corazones solitarios, y a las cuales
les quita cientos de dolares con la promesa de casarse
con ellas. El latino termina por quedar prendado de
la fogosidad de Martha, y muy pronto ambos se encontrarán
trabajando juntos en la tarea de engañar y robar
a viejas solteronas, presentando a la ex enfermera como
su hermana. Pero los celos enfermizos de Martha y su
volatil temperamento harán que las cosas sean
cada vez más violentas ... culminando en varias
ocasiones en un baño de sangre completamente
innecesario.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
|
Ciertamente Psicosis (1960) creó el slasher
y los asesinos seriales, pero también dió
las pautas iniciales de lo que sería la sicología
forense - las explicaciones racionales de por qué
funciona de manera tan retorcida la mente de los homicidas
en serie -. En los cinco minutos finales en donde Simon
Oakland se dirigía a la audiencia y traducía
el funcionamiento de un sicópata a términos
científicos, daba a entender la existencia de un
mundo paralelo en donde las personas se comportan de otra
manera, tienen otros valores y son el producto de diversos
golpes emocionales que han sufrido en la vida. Parte de
esa posta la tomaría Truman Capote, y construiría
A Sangre Fría (1966), diseccionando el origen
y la vida diaria de un par de asesinos de la vida real,
llegando hasta el momento de cometer brutales homicidios.
En mas de un sentido tanto el filme de Hitchcock como
la novela de Capote sintetizan un cambio radical de mentalidad
para la época y por ello fueron considerados revolucionarios.
Ilustraban un mundo sin héroes ni justicia, en
donde nuestro objeto de atención son amorales que
matan compulsivamente. Los villanos son los protagonistas
de la historia. Los Asesinos de la Luna de Miel
entran perfectamente dentro de esa corriente de disección
forense de los hechos de la crónica policial.
Aquí está el director y guionista Leonard
Kastle (en su debut y despedida del cine), adaptando
la historia real de un par de asesinos que existieron
a finales de los años 40 y que terminaron siendo
ajusticiados en 1951. Pero Kastle no salta directamente
a los homicidios sino que ilustra cómo esta gente
llegó a eso. Una obesa enfermera enamorada de
un gigoló latino, el cual la termina por acoplar
a sus estafas. Una escalada de celos enfermizos que
culmina en escenas cada vez más violentas. Cabos
sueltos, fachadas volatiles, y la necesidad de borrar
pistas a como dé lugar. Y los errores, que cada
vez se acumulan en mayor cantidad y calidad.
Pero The Honeymoon Killers es un filme tremendamente
desparejo. Se percibe la modestia del presupuesto, pero
eso no debería haber afectado otras cuestiones
mínimas y esenciales, como tono del relato y
calidad de perfomances. El comienzo es realmente mediocre,
y uno se cuestiona seriamente si éste no es un
filme sobrevaluado, o si se trata de una decisión
artística del director de jugar todo en un tono
muy exagerado - que bordea lo camp -. Esta gente
es muy naif e infantil, y los diálogos
desbordan la pomposidad propia de una comedia mediocre
de los años 40. El otro punto que desmerece a
este capítulo es que Martha acepta a Raymond
como estafador y pasa a ser su pareja de manera demasiado
abrupta. Es como si Kastle no hubiera podido manejar
la fluidez que precisaba la situación (una lenta
escalada de credibilidad y química entre los
protagonistas), y hubiera tirado todo por la borda para
pasar a la etapa siguiente.
Pero por suerte todo lo que sigue es cuesta arriba. En
realidad el punto fuerte del filme pasa por Shirley Stoler
- la que no resulta muy creíble como tímida
enamoradiza del acto I, pero que comienza a apoderarse
de la pantalla cuando tiene raptos de furia y pasión
a partir del segundo acto - . Esta es una mujer obesa
pero extremadamente sensual - y en un sentido perverso
-; y a su vez, es capaz de transformarse en un monstruo
violento en cuestión de segundos. Ver a la Stoler
empardada con Tony Lo Bianco tiene algo estremecedor,
y posiblemente pase por el hecho de ver a un tipo apuesto
y mujeriego - que puede obtener la mujer que desee,
y que incluso muchas de sus víctimas son atractivas
- completamente sumiso frente a esta mujer monumental
y dominante. Es una relación retorcida y fascinante.
Eso no quita que el segundo acto no tenga deficiencias
- algunas de las víctimas están mal escritas
o sobreactuadas -, pero con cada explosión de la
Stoler el filme recupera terreno notablemente.
Y donde Los Asesinos de la Luna de Miel consigue
ponerse completamente de pie es en el último
acto. Simplemente es brillante. Si hasta entonces
lo que obtenía la audiencia eran ráfagas
de la locura enterrada bajo la piel de los protagonistas,
ahora los sicópatas se terminan de sacar los
disfraces. Aquí hay dos secuencias - una anciana
adinerada, a la cual la pareja planea sacarle lentamente
el dinero hasta que se les acaba la paciencia; y una
joven viuda con su hija, la cual esconde un secreto
explosivo - que están filmadas de manera
magistral. Primero, porque la evolución es tan
gradual que asusta. Esta gente empieza con una nimiedad,
argumenta, pasa a discutir, y por último explota
de manera sangrienta. Tony Lo Bianco - que debería
ser el más racional y medido - se ve obligado
a tomar decisiones bestiales en cuestión de segundos,
se traumatiza, y termina por hacerle el amor a la Stoler
a metros de un cadáver. O en el último
asesinato, en donde la desprevenida víctima (saturada
de drogas e incapaz de moverse) sólo alcanza
a seguir con los ojos los movimientos de Lo Bianco y
Stoler mientras éstos discuten si vale la pena
matarla o no. Eso sin contar con la shockeante secuencia
del sótano, que está rodada con una frialdad
inusual para la época. El último acto
es directamente una obra maestra, y uno lamenta que
Kastle no haya puesto más empeño para
pulir todo el desarrollo previo, emparejando la calidad
de todo el filme.
The Honeymoon Killers es un filme que precisa
paciencia para que verlo madurar hasta que alcanza todo
su esplendor. Al principio su calidad engaña,
pero el resto es un viaje en subida. Es una lástima
que Shirley Stoler no haya obtenido la carrera que se
merecía a partir de esta película. Su
actuación es fuerte, intensa, perversa. El único
papel de corte similar que haya obtenido es la de la
guardiana que degradaba a Giancarlo Giannini en Pascualino
Siete Bellezas (1975) y, por el resto de todo ese
tiempo, ha caido en un injusto olvido. |