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Esta es la tercera entrada
en la pantalla grande de Michael Crichton, un autor
de best sellers que había ganado gran
popularidad a partir de La
Amenaza de Andrómeda en 1971 y seguiría
en la cúspide con el hit Oestelandia.
Aquí están presentes todos los temas
clásicos de Crichton - la ciencia como
caja de Pandora, la excepción que arruina
la regla y desata el caos, la tecnología
de última generación como juguete
de los hombres - en una historia de corte menos
apocalíptico y mas intimista. Y aunque todo
esto da un espectáculo prolijo e inteligente,
a uno le queda la sensación de que el efecto
final podría haber sido más duradero
si le hubieran hecho algunos ajustes menores en
la historia.
Aquí hay un programador que sufre un grave
accidente de auto y no queda de fábrica.
Las heridas en la cabeza han afectado su cerebro
y su conducta, convirtiéndole en un asesino
serial despiadado. El tema es que el 90% del tiempo
Harry Benson es un tipo normal y agradable, hasta
que su mente entra en corto y le agarran ganas
de hacer picadillo a alguien. Ahí entran
los científicos sabiondos de turno, quienes
le implantan un chip en la cocuzza a Benson
y lo convierten en una especie de robotito
con mando a distancia. Apretan un botón
- que produce una mini descarga en una zona
del cerebro -, el tipo se pone cachondo; apretan
otro botón, hay una descarga en otro lado,
y el quía se siente como si se hubiera
comido un exquisito sandwich de mortadela y queso.
Además de eso el chip tiene un sensor que
detecta los cambios eléctricos del cerebro
del paciente y, cuando sufre un ataque de asesinitis,
le mandan 220 V de una. ¿Vos tenías
ganas de matar?. Tomá!. Bzzz,
Bzzz!.
Por supuesto todo esto entra en el terreno de
los estudios de conducta de Pavlov y toda la bola
científica de turno pero, como diría
Ian Malcolm, "la naturaleza encuentra
el camino" y la mente de Benson no sólo
termina por acostumbrarse a los micro electroshocks
sino que empiezan a gustarle y comienza a incrementar
los ataques. En el medio entra la ley de Murphy,
con el tipo escapándose del hospital y
dejando pistas cero. Mal día para jugar
a Dios con un asesino serial...
La película consigue un gran clima gracias
a la ausencia casi total de banda de sonido (hay
un par de tonadas de piano dando vueltas por ahí
pero no duran demasiado) y escenarios bañados
de blanco aséptico, en donde todo parece
futurista e intimidante. Hay algún que
otro debate interesante pero no demasiado desarrollado
- como que la siquiatría ha avanzado
gracias al uso de drogas y que el chip es una
solución fuera de lugar, o cómo
se siente el programador que ahora ha sido transformado
en un robot humano - pero aún así
la trama avanza de manera prolija. Lo que desentona
en semejante escenario es la elección de
George Segal como protagonista; Segal no es un
buen actor, y lo suyo pasa por el lado de su simpatía
a flor de piel (por eso siempre se desenvolvió
mejor en las comedias o en papeles serios con
costado cínico). Acá es un tipo
demasiado amable y sonriente, cuando en realidad
Harry Benson debería ser un hombre torturado
por el estigma que no puede controlar y que lo
transforma en un malvado (en más de un
sentido lo de Benson se asemeja a la maldición
que padecen los hombres lobos). Eso no quita que
en la segunda mitad, cuando sufre los ataques,
no deje de ser impresionante - es un espasmo
incontrolable que lo deja con los ojos en blanco
-. Pero creo que otro actor le hubiera dado una
dimensión más trágica al
personaje.
Como tecno thriller El Hombre Terminal
es correcta y entretenida, pero a uno le da la
impresión que es demasiado prolija. Los
doctores debaten poco sobre lo ocurrido, el protagonista
parece indiferente a la maldición que le
ha tocado, y los ataques son bastante tibios como
para ser shockeantes. También es cierto
que el último tercio es bastante predecible
ya que entra dentro de las rutinas típicas
del cine de monstruos: la criatura visitando una
iglesia en busca de redención, o visitando
a su creador en busca de explicaciones, o pidiendo
a gritos su exterminio para terminar con su padecimiento.
En ese sentido Harry Benson no deja de ser un
moderno Frankenstein,
en donde la mano del hombre no ha podido corregir
su destino y salvarlo de su vida abyecta, sino
que ha acelerado su final de la manera mas cruel
posible. |