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Desde los inicios
de la historia, el hombre siempre ha tenido una fascinación por la sexualidad.
Desde las representaciónes gráficas en las cavernas de los hombres
primitivos, pasando por la desnudez de las esculturas griegas, hasta los dibujos
explícitos que pulularon en la cultura china. Ya desde esos tiempos inmemoriales
existían representaciones pornográficas (gráficas y escritas,
explícitas sobre el acto sexual), que circulaban en circuitos marginales,
en contraste con lo que es el erotismo - la representación gráfica
de la desnudez humana - que siempre fue comunmente aceptado, ya que se encontraba
vinculado con lo artístico. Mientras que el erotismo es arte, la pornografía
es la representación del sexo en acción, destinado al placer personal.
Aunque suene una perogrullada, es importante realizar la aclaración, puesto
que no siempre - a lo largo de la historia - quedaron claros estos límites.
Y durante mucho tiempo, erotismo y pornografía cayeron en la misma bolsa,
y fueron perseguidos y marginados.
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Ya en la época del cine mudo, Hollywood tenía fascinación
por el sexo. Aunque suene increíble, una gran parte de la producción
mainstream hollywoodense mostraba escenas sexuales, en grado más
naif o más explícito según el cineasta. Desde los
desnudos de D.W. Griffith en Intolerance (1916) hasta los baños
de Pola Negri resultaban escandalosos, aunque se encontraran plenamente justificados
por la trama del film. En esa época dorada del cine, los escándalos
dentro y fuera de pantalla (las orgías de Patty Arbuckle donde una corista
fallece, por ejemplo), impuso que los popes de la industria le pidieran a Will
H. Hays, presidente de la Asociación de Productores de Hollywood,
que creáse un férreo código moral sobre el cual se elaborarían
los libretos y las producciones de los estudios. Era necesario un inquisidor para
que terminara con el desbande de la Nueva Babilonia. Este es el nacimiento del
infame Código Hays, que regiría por más de 30 años
la producción americana de films, hasta su abolición en 1967.
El Código Hays imponía una serie de fuertes restricciones
: no habría escenas de cama, no habría desnudos, no podía
mostrarse ninguna referencia a la homosexualidad, e incluso los besos estaban
limitados. Cada guión pasaba por una estricta supervisión de los
censores, quienes muchas veces terminaban editando porciones enteras del libreto.
Pero mientras el Código Hays regía en Hollywood, comenzó
a desarrollarse todo un circuito marginal de películas prohibidas. Este
es el comienzo de los Stag Films, también conocidos como Smokers
(ya que se proyectaban en pequeñas salas privadas, y estaba permitido fumar).
Buena parte de estas producciones era filmaciones de actos del llamado teatro
burlesque (bailes exóticos con poco y nada de ropa; strip teases).
A estos filmes se los conoció como nudies (desnudos) y eran totalmente
inofensivos.
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Pero además de los nudies, comenzaron a circular filmes pornográficos.
Estos filmes eran rodados en forma casera, generalmente con prostitutas como protagonistas.
Muchas de estas películas porno de los años 20, 30 y 40 incluso,
provenían de filmaciones clandestinas hechas en burdeles de lugares tan
dispares como incluso la misma Argentina. Fuera en exposiciones privadas como
su venta de mano en mano en forma marginal, la cinematografía erótica
y pornográfica inició una especie de crecimiento subterráneo
que prosperaría a lo largo de los años. En los años 50 el
panorama comenzaría a cambiar, en gran parte por la incursión cada
vez mayor de la mafia en este tipo de negocios. Los nudies seguirían
prosperando, aunque comenzarían a incluir algunos elementos softcore
(sexo simulado). Es la época en que surge Bettie Page, la diosa del nudie,
estelarizando escenas totalmente ingenuas de sadomasoquismo. Comparado con lo
que hoy uno entiende por SM, lo de Paige era totalmente risible.
Pero los primeros golpes contra el Código Hays y contra la censura
de cualquier tipo, vendrían por parte de los medios gráficos y no
del cine. En 1953 Hugh Hefner fundaría Playboy, una revista destinada
a los hombres, que proveía tanto de una serie de importantes entrevistas
e investigaciones como de una copiosa cantidad de fotografías de desnudos
femeninos. En su momento Playboy fue considerada una publicación
bizarra, y Hefner iniciaría una larga serie de batallas legales en contra
de la censura. Pronto surgirían al amparo de los logros de Hefner otras
publicaciones (sin ir mas lejos, la Hustler de Larry Flint).
Mientras Hefner hacía escuela e iniciaba el debate sobre la censura,
el erotismo y la pornografía, de las filas de Playboy surgiría
el hombre que terminaría por culminar la revolución que había
empezado en 1953. Hablamos de Russ Meyer.
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Meyer era fotógrafo de Playboy. No pasaría mucho tiempo
antes de que incursionara en el cine, de la mano de estudios independientes.
En 1959 rodaría The Immoral Mr Teas, donde el protagonista
del título poseía la habilidad de ver sin ropas a
las mujeres que le rodeaban. Si bien es cierto que los nudies
eran algo bastante extendido, The Immoral Mr Teas fue un
film inusualmente popular en su época (recaudó más
de un millón de dólares de aquel entonces). Y al igual
que Hefner, impuso a Meyer un largo periplo por tribunales. Sin
embargo, los ojos de Hollywood se posaron en Meyer, que siguieron
con atención las obras siguientes del cineasta. Ya a mediados
de los 60, la filmografía de Meyer era softcore (sexo
simulado), con obras como Lorna, Mudhoney, Motor
Psycho, y uno de sus títulos más conocidos, Faster,
Pussycat!, Kill!, Kill!. En sus producciones alternaban
amateurs de generosos pectorales, pero también algunas modelos
y actrices que desarrollaron una carrera en el género hardcore,
como Uschi Digart o Kitten Natividad. Y posiblemente Hollywood,
harto del Código Hays y de la censura (amén
de las malas recaudaciones), usarían a Meyer como ariete
contra la censura y lo contratarían para filmes mainstream
: la bizarra Mas Allá del Valle de las Muñecas
(que fuera un éxito) en 1970 y Los Siete Minutos en
1971, esta última una obra sobre la censura en un tono dramático
y serio - inusual para Meyer - que resultó ser un absoluto
fracaso. Meyer volvería a sus carriles durante los 70 con
títulos como Vixens y su larga serie de secuelas.
Pero mientras Meyer iba abriendo el camino hacia el erotismo en el cine de
Hollywood, el género pornográfico estaba ascendiendo posiciones
lentamente, posiblemente por arrastre de todos estos cambios. En los 60 la pornografía
era un negocio legalizado en Dinamarca, y gran parte de su producción gráfica
y fílmica se exportó a todo el mundo, siempre por vías poco
ortodoxas. En Norteamérica, los cortos pornográficos ya eran moneda
corriente en los circuitos marginales, y los nudies comenzaban a desaparecer.
El sexo explícito reemplazó al simulado. En estos cortos comenzaban
a vislumbrarse intérpretes que serían estrellas del género,
como Vanessa del Rio, John Holmes o la misma Linda Lovelace.
Cuando en 1968 se derrumba el Código Hays, nace una nueva forma
de calificar a los filmes. Y aparece la valuación X, reservada para filmes
que contengan sexo o violencia en dosis elevadas. Comenzaría a llegar una
catarata de filmes softcore europeos (generalmente daneses o suecos), pero
llegaría la prueba de fuego estadounidense en 1972 con el film Mona.
Mona sería la primera película porno que tendría un
estreno sin restricciones fuera del circuito marginal al que solía estar
acostumbrado. A pesar de que Mona es el primer film hardcore de
estreno público, la historia lo eclipsa por el estreno de Garganta Profunda
(Deep Throat) sucedido meses después. El impacto de su argumento lo
establece como el film pornográfico más popular de todos los tiempos.
En Deep Throat, LInda Lovelace es una mujer que no puede tener orgasmos,
hasta que un exámen médico revela que posee el clítoris en
su garganta (lo que es la excusa para innumerables actos de sexo oral). Deep
Throat es un ejemplo clásico de film porno : malas actuaciones, escaso
argumento, breves secuencias de exposición para actuar como disparadores
de una escena de sexo. Sin embargo, Deep Throat tenía la ventaja
de no tomarse demasiado en serio a sí misma, además de contar con
recursos de edición inusuales para un film de estas características.
La llegada del orgasmo de Linda Lovelace alternando con las imágenes del
despegue de un cohete espacial es ya todo un clásico.
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Extrañamente en estos primeros años de legalidad, la industria
pornográfica desarrolló cualidades pseudo artísticas. No
dejaba de ser cine consumista, es cierto, pero intentaba desarrollar algunas ideas
interesantes o, cuando menos curiosas. En El Diablo en Miss Jones (The Devil
in Miss Jones - 1972), Georgina Spelvin era una mujer madura que se suicida,
cansada de una vida anodina. El Diablo le concede la oportunidad de entregarse
a la lujuria y la pasión, para recuperar el tiempo perdido. Pero, sorprendentemente
sobre el final, Miss Jones debe pagar el precio, y es castigada a morar eternamente
en un cuarto junto a un hombre impotente. Al igual que El Diablo en Miss Jones,
surgirían otras obras de porno-art como Mas Allá de la
Puerta Verde (Behind the Green Door - 1972) o Café Flesh. Incluso
actrices porno como Georgina Spelvin o Marilyn Chambers desarrollarían
breves carreras secundarias en Hollywood (Chambers protagonizaría Rabid
bajo las ordenes de David Cronenberg).
Pero mientras la pornografía iba ampliando su espacio, el mundo entraba
en una serie de cambios convulsivos. Después de la revolución cubana,
vendría el surgimiento de la guerrilla en los países latinoamericanos.
No pasaría mucho tiempo para que comenzaran a caer las democracias, siendo
reemplazadas por gobiernos militares pro americanos. Y en estos gobiernos de facto,
la censura sería cosa de todos los días. La censura a nivel intelectual,
con obras como Z, Estado de Sitio, La Naranja Mecánica
y otros tantos filmes de contenido político y social; y, por qué
no, el cine erótico y pornográfico caería bajo el peso de
las botas. Mientras que la pornografía regresó - en estos pagos
- a un circuito marginal, el cine erótico prosperó, pero fuertemente
podado. Un dato interesante a observar es que la cinematografía erótica
siempre pudo sobrevivir mientras la pornografía estuviera prohibida. Visto
hoy, en pleno siglo XXI, en donde cualquier videoclub o incluso la Internet proveen
pornografía a raudales al alcance de la mano, el cine erótico prácticamente
ha desaparecido.
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Pero el panorama era inverso en los años 70. Quizás conscientes
de esta oportunidad, comenzaron a surgir títulos que han dejado su marca
en la historia del cine, más por el escándalo que por sus cualidades
reales. Es el caso de El Imperio de los Sentidos de Nagisa Oshima, un realizador
mainstream (entre sus obras figura Merry Christmas, Mr. Lawrence
con David Bowie) que concreta una obra de cine arte con escenas pornográficas.
La relación sexual obsesiva de dos amantes termina con la muerte y oblación
del varón, como símbolo de última entrega. Pero si bien El
Imperio de los Sentidos es cine arte, hay otras obras que han terminado siendo
experimentos en lo bizarro. Desde la sobrevalorada obra softcore de Pier
Paolo Pasolini (en especial, la repulsiva Salo o los 120 días de Sodoma),
hasta la descomunal incongruencia de Calígula, quizás una
de las obras más infames del cine. En Calígula, Tinto Brass
dirige una superproducción internacional con actores como Malcolm McDowell
y John Gielgud, centrada en los desmanes del emperador romano. Pero los productores
optan por incluir escenas pornográficas, lo que convierten a la obra en
un multimillonario ejemplo de cine trash. Repudiada por los actores y por
el director, la fama de Caligula se basa en la infamia. Como tantas otras
obras, Calígula no pasará la barrera de la censura latinoamericana.
Pero sin jugar con lo pornográfico, los años 70 son generadores
de innumerables obras softcore. El mismo Tinto Brass contribuiría
al género con títulos como Salon Kitty y La Llave.
Es también el surgimiento de la revolución softcore que se
inicia con Emanuelle (1974).
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Emanuelle cuenta la historia de la esposa de un diplomático francés,
que debe viajar a Bangkok y que en el camino realiza un viaje de auto descubrimiento
en el sexo. Lo exótico en el film pasa desde los paisajes hasta los encuentros
sexuales de la protagonista, pero no deja de ser un film softcore mediocre,
con pseudo pretenciones intelectuales. Es mayor la fama que obtiene por su censura,
por la belleza de Sylvia Kristel y por el tema central de la banda sonora, que
por los méritos como película. El impulso de Emanuelle llevaría
a una época dorada para su director Just Jaeckin, que dirigiría
films como Historia de O o Madame Claude. Reiterando los esquemas
de Emanuelle, en todos los casos son viajes de descubrimiento, cuando no
descensos al estilo de El Corazón de las Tinieblas, explorando todas
las posibilidades que el sexo ofrece.
Pero el erotismo y la pornografía comienzan a abandonar su marginalidad
a fines de los años 80, a causa de dos factores : el regreso a la democracia
(en latinoamérica) y la instalación de gobiernos menos conservadores
(en otras partes del mundo). Y fundamentalmente, la popularización del
VHS. La aparición del videocassette hogareño hace que surjan,
como una enorme marabunta que esperaba la oportunidad en el interior de la tierra,
toneladas de títulos - prohibidos, re editados, o de reciente aparición
- de erotismo y pornografía. Tal como se relata en Boogie Nights,
la industria del sexo no estaba preparada para el boom del video hogareño.
Y muy pronto el film pornográfico desaparecerá para dar lugar al
video pornográfico; y el film erótico quedará relegado a
películas de cable, filmadas para canales adultos no hardcore.
¿Qué ha pasado con el cine erótico y el cine hardcore?.
La tecnología cambió las reglas y masificó el acceso a películas
que antes resultaban prohibitivas. Terminadas las épocas de censura, no
existe nada prohibido. Sin embargo hoy en día recordamos a varios títulos
del cine adulto de aquel entonces. ¿Son realmente filmes que valgan
la pena?. En su enorme mayoría, no. Quedan como vestigios de una época
pasada, donde la existencia de la censura les daba un misticismo que posiblemente
no merecieran. Ciertamente varios títulos han hecho historia, pero por
cualidades foráneas al verdadero valor artístico como obras. Posiblemente
haya una serie de títulos softcore producidos por Hollywood (como
Nueve Semanas y Media, Bajos Instintos o Atracción Fatal)
- mezclados o no con ingredientes policiales - que intenten desarrollar más
acabadamente una idea sobre una temática basada en el sexo. Pero la inmensa
mayoría de los títulos reseñados en este artículo
van desde lo bizarro hasta lo mediocre, salvo excepciones, y carecen de cualidades
excepcionales. Les queda la cualidad de leyenda, pero bajo la lupa de los espectadores
del nuevo siglo, terminan resultando absolutamente naif. |
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