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TRAMA : Brett McBain se ha casado de nuevo y
toda su familia se encuentra esperando el arribo de
su nueva esposa, pero son súbitamente masacrados
por el bandolero Frank y su pandilla. La viuda McBain
queda a cargo de la propiedad, y todas las pistas -
dejadas a propósito por Frank - indican que es
obra del pandillero conocido como Cheyenne. Este, que
se encuentra fugitivo de la justicia, comienza a investigar
las verdaderas causas de la matanza. Mientras tanto,
un pistolero sin nombre - al que sólo se le conoce
por tocar la armónica - ha llegado al pueblo.
El pistolero comienza a seguir el rastro de Frank hasta
dar con él y con la sórdida alianza que
posee con el magnate de los ferrocarriles Morton. Muy
pronto los senderos de Frank, Armónica y Cheyenne
se cruzarán en la propiedad de la viuda de McBain,
donde cada uno posee secretos intereses.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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Este es el cuarto Spaghetti Western de la corta
pero notable filmografía de Sergio Leone. En los
60 Leone revolucionaría al mundo con una visión
estilizada del Oeste al mismo tiempo que pulverizaba los
clisés clásicos del Western, aggiornándolos
y dotándolos de un uniforme tono gris. Mientras
que el Western norteamericano era particularmente estoico,
dividido en buenos y malos, y con argumentos tan remanidos
que estaban empezando a poner al género en decadencia,
este italiano - notablemente influenciado por Akira Kurosawa
- reconstruyó las bases del mismo de una forma
nunca antes vista. Uno podría decir que Leone hizo
por el Western lo mismo que (literariamente) hizo Dashiell
Hammett por el género policial, poblado hasta ese
entonces de tramas matemáticas y poco realistas
al estilo de Agatha Christie. Parafraseando a un crítico
de Hammett, se podría decir que Leone terminó
por devolver el crimen al Western.
Erase una Vez en el Oeste tiene una aproximación
diferente al Western que las obras anteriores de Leone
(Por un Puñado
de Dolares o Lo Bueno,
Lo Malo y Lo Feo, por ejemplo). En las anteriores
entregas Leone pinta al Western en términos de
comedia, con personajes sagaces y rápidos de
reflejos. Pero aquí el tono es eminentemente
dramático y con rasgos épicos. Los personajes
no dejan de ser listos, pero la diferencia fundamental
es el timing: los filmes anteriores poseían
una agilidad asombrosa, un ida y vuelta constante. Aquí,
sin embargo, Leone dedica una gran parte de la película
a crear atmósfera. Es cierto que, por ejemplo,
Por un Puñado de Dolares o Lo Bueno,
Lo Malo y Lo Feo tienen larguísimas (pero
enteramente disfrutables) secuencias iniciales en silencio,
pero una vez que comienza la historia toma un ritmo
vertiginoso. Aquí, en cambio, todo va muchísimo
más pausado, y esto tiene que ver con que Leone
apunta al análisis exhaustivo tanto de los personajes
como de los ritos del Oeste. Como suele pasar con el
director, muchos de los diálogos pasan en realidad
por las expresiones corporales - los ojos, los gestos
-. Es un film cargado de sugerencias. A su vez, cada
escena consta de un extenso preámbulo que prepara
el clima. Como dijera un comentarista, Leone se preocupa
en examinar los rituales de la violencia.
Es un film sorprendentemente bello. Las vistas panorámicas
del desierto son fabulosas, y más al ritmo de
la excelente banda sonora de Ennio Morricone. Aquí
Morricone le da a cada personaje su leit motiv
musical, destacándose el del pistolero de la
armónica.
En más de un sentido, es un film que funciona
de modo operístico. Cada personaje carga con
su propio destino, y si bien los roles parecieran en
un momento que comienzan a cambiar - el bandolero de
Jason Robards parece regenerarse al lado de Claudia
Cardinale; o Henry Fonda intenta ganarse el respeto
para tomar el pueblo y convertirse en un hombre de negocios
-, terminan por cumplir trágicamente lo que su
suerte les ha deparado. No pueden escaparse a la fatalidad
de su existencia. En especial Armónica, que es
un vengador paciente y que elabora hábilmente
el camino de su represalia. Como dice Hattori Hanzo
en Kill Bill, la venganza
nunca es un camino lineal.
La larga duración (en la excelente versión
restaurada de 2:45 horas) pasa volando. Los personajes
no son tridimensionales, sino que están perfilados
de una manera épica, definidos más que nada
por sus actitudes. Pero aún así, el libreto
jamás toma un camino lineal para desarrollar los
sucesos, sino que prefiere poner a los personajes en situaciones
atípicas y de allí llegar al hilo de la
historia principal. Esto es especialmente notable en la
larga y formidable secuencia en la cantina en medio del
desierto, donde por primera vez se encuentran Armónica
y Cheyenne. Cada personaje hace su entrada a escena de
modo espectacular, pero a su vez comienzan a actuar de
modo totalmente atípico. El bandolero de Jason
Robards es excesivamente culto, noble y reflexivo para
lo que es el standard de semejante tipo de papel. El villano
de Henry Fonda (un papel brillante, con su larga figura
vestida de negro y con una calma letal) establece una
relación con Armónica, quien es su cazador.
La viuda McBain tampoco parece ser el prototipo de mujer
desvalida que el Western suele reservar para este tipo
de papeles.
La historia central en sí es corta. Lo que hace
Leone es crear climas y fundamentalmente pintar un Lejano
Oeste vivo y creíble, con masivas escenas de
pueblos y movilizaciones de trabajadores del ferrocarril.
Y para todo ello se toma todo el tiempo del mundo, con
largas pausas, extensos primeros planos, y un pormenorizado
envío de mensajes subliminales a través
de los gestos más mínimos de los actores.
La música, la fotografía, las actuaciones,
la trama, son brillantes. Muchos la aclaman como el
mejor Western de todos los tiempos. Para calificarla
así, habría que haberlos visto a todos,
lo que es imposible; pero en todo caso, es un título
para el que califica con excelentes méritos.
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