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¡Gort!...¡Klaatu barada nikto! La ciencia ficción
cinematográfica tuvo manifestaciones muy esporádicas en el cine
hasta llegar a los años 50. Salvo George Melies, los seriales o los filmes
de Frankenstein, no podemos hablar de la sci fi tal como la conocemos
sino hasta 1951, con The Thing From Another World
de Howard Hawks (entre comillas) que inaugura el género en su
formato moderno. Hasta entonces, poco y nada se había visto de alienígenas.
Y seis meses después del film de Hawks llega este gran clásico
de Robert Wise. Pero si bien The Thing From Another World como The Day
The Earth Stood Still tuvieron su suceso (y muchos de sus elementos pasaron
a la cultura popular), no fueron lo que se actualmente se entiende como blockbusters.
El éxito comercial y la masificación del género vendría
de la mano de George Pal con La Guerra de los Mundos
en 1953.
Resulta bastante obvio el por qué. War of the Worlds es una aventura
pochoclera (bien llevada) mientras que los filmes de Hawks y Wise funcionan mejor
en cierta vena intelectual; lo suyo es el suspenso y el mensaje, no la destrucción
masiva. Carecen de la espectacularidad formidable de War of the Worlds,
pero sin duda son filmes mejor construidos argumentalmente.
La idea de The Day The Earth Stood Still es en realidad muy simple y
está llevada a cabo de modo impecable: es una alegoría de la historia
de Jesucristo. Klaatu es el mensajero de una raza superior, con absoluto poder
para devastar la Tierra pero que prefiere llegar con un mensaje de paz. Es víctima
del temor de los hombres (su herida, su muerte posterior); la personalidad que
adopta es la del Sr. Carpenter (el señor carpintero, como el oficio
de Jesús); debe producir hechos excepcionales para ser creído ("milagros"
como la parálisis mundial por falta de electricidad - que da el título
al filme -, exceptuando hospitales, aviones en movimiento, y otras naves y edificios
primordiales), y debe morir y resucitar para poder entregar su mensaje - si continúan
con la carrera armamentista atómica, serán destruídos (sufrirán
el castigo divino) -, lo que termina haciendo frente a un grupo de elegidos
- ningún político, solo personas comunes y hombres de ciencia; personas
"racionales" que puedan interpretarlo -. Después de su sermón,
se eleva a los cielos. Es una idea formidable.
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Pero esta historia también sirve para ilustrar los miedos de los años
cincuenta. La guerra fría, los enfrentamientos políticos que impiden
que frente al mayor acontecimiento de toda la historia - la aparición de
este enviado - los hombres no puedan dejar de lado sus disputas políticas
y acudir a recibir el mensaje. La paranoia sobre lo desconocido - a pesar de que
la primera agresión es humana y de que Gort sólo evaporó
las armas, el público insiste en destruir al robot y eliminar al alienígena
- y la gran advertencia sobre el manejo irresponsable del poder nuclear. Es un
claro síntoma de los tiempos de aquel entonces - el miedo al holocausto
atómico, la escalada armamentista -, que el filme expone en una clave pacifista
que lamentablemente no prosperaría. Salvo rarísimas excepciones,
hasta la llegada de E.T. El Extraterrestre en 1982 (que también
utilizaría la resurrección como imagen argumental) prácticamente
no hay encuentros con alienígenas que no devenguen en invasiones o destrucciones
masivas. Quizás esto tenga que ver con los mecanismos de la mente humana;
un mensaje pacifista nos recuerda la trágica realidad del mundo en que
vivimos, mientras que la visión opuesta - la de los invasores que vienen
a conquistarnos - suena más irreal y fantástico, es improbable de
que suceda. Es como que el ser humano no quiere que un filme le recuerde el mundo
en que vive, sino que prefiere desatar todos sus miedos en el cine - volverlos
realidad en la pantalla como una especie de catarsis de dos horas y, cuando regrese
a la realidad, este mundo le parecerá menos hostil -.
Es un filme hecho de modo impecable. No hay demasiados efectos especiales : la
llegada de la nave a Washington es un clásico, al igual que Gort o las
palabras que Patricia Neal debe decirle para detener su escalada de destrucción
y rescatar / revivir a Klaatu. Pero más allá de los FX, el film
mantiene muy bien su ritmo cuando Klaatu se encuentra en traje de calle. La historia
no decae en ningún momento.
Por supuesto con el paso de los años se ha creado mucho de leyenda alrededor
de la película. En el cuento original Adios al Maestro la historia
se desarrollaba en el futuro, donde Klaatu era asesinado por un fanático
religioso. Su posterior aparición no era por resucitación, sino
que eran clones generados automáticamente y con escaso tiempo de vida.
Y, a diferencia del film, se terminaba por descubrir que "el Maestro"
del título era el robot y no Klaatu, que era simplemente un servidor de
Gort.
El guión traslada la historia a los años más febriles
de la Guerra Fría; pero el libreto sufrió varias modificaciones,
en buena parte gracias al código Hays. Por ejemplo, la mención
de Klaatu de que su resurrección es sólo un método temporal
y que sólo un Dios todopoderoso podría hacerlo ilimitadamente es
un añadido impuesto por la censura, con el cual discreparon ampliamente
el guionista y el director. Suena absurdo que una raza tan formidable no haya
podido vencer a la muerte. El otro cambio es una escena cortada, en la cual -
en el trayecto entre el hotel y la residencia del Dr. Barnhardt - Klaatu y el
militar presencian un interrogatorio policial a posibles sospechosos, pero en
un momento la muchedumbre se avalanzaba a golpear a uno de ellos pensando que
era el mensajero alienígena. Hubiera sido una escena muy interesante de
ver.
Como Klaatu, Michael Rennie da una actuación impecable. Es sobrio, sutil,
racional, pero se permite el asombro, el humor e incluso el horror. Es una presencia
que se impone en pantalla; en muchas escenas, su perfomance denota un escrutinio
real de una mente superior sobre las acciones estúpidas de los seres humanos.
Y mientras Rennie domina la escena, el resto acompaña sin desentonar, pero
sin demasiadas chances de sobresalir. Está Hugh Marlowe haciendo las veces
de un Judas moderno - avisando a las autoridades, motivado por el miedo y la fama,
mientras tiene los diamantes en su mano -, actor que regresaría al género
en La Tierra vs. Los Platillos Volantes.
El rol de Patricia Neal es necesario pero a su vez carece de peso - sería
inútil criticar su rol de madre por dejar pasear a su hijo con un extraño
por toda la ciudad, pero a final de cuentas es un mecanismo que precisa la alegoría
para contrastar a Klaatu con una mente inocente como es la de un niño -;
lo mismo pasa con el de Sam Jaffe - está para realizar un par de preguntas
vitales y nada más -. Y por supuesto, la fascinante presencia de Gort,
interpretado por Lock Martin, un gigante que en la vida real trabajaba de portero
en el teatro chino Graumann de Hollywood - el que se utiliza para las ceremonias
en la que los artistas estampan sus manos en las baldosas de la ciudad del cine
-.
Es un clásico que ha envejecido muy bien, si bien la Guerra Fría
ha desaparecido y el temor atómico es mucho menor. En términos de
lenguaje cinematográfico, sigue siendo una obra muy moderna - no hay caracteres,
diálogos o situaciones que se hayan vuelto ridículos por el paso
del tiempo y los cambios culturales -. Y continúa siendo fascinante en
sus términos intelectuales. |
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