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Uno tiene criterios muuuy flexibles. Uno puede disfrutar
como un niño que un tipo en un traje de goma berreta
(y al que se le nota el cierre) pise maquetas de carton
a lo loco, o que Raquel Welch se pasee en bikini y diga
que es una científica nuclear; o bien que los hilitos
de los platillos voladores se noten a la legua, y que
Bela Lugosi sobreactúe a niveles siderales. Sí;
uno tiene un criterio enormemente amplio a la hora de
saborear filmes, sean de calidad o bizarros, si hay una
historia de fondo que vale la pena y si no hay ningún
atentado salvaje contra mis neuronas como espectador.
Y es por eso que D-Wars, una coproducción
coreano - americana, me parece un ultraje a la audiencia.
Mi cerebro ha sido violado numerosas veces mientras
padecía su exhibición. Sin duda hay bodrios
que precisan delirio, y hay otros que se pasan de rosca.
Pero en general, cuando quien escribe estas líneas
termina por lapidar a un film con el calificativo de
una estrella, es que se sintió profundamente
indignado mientras contemplaba una película que
podría haber sido formidable pero es tan espectacularmente
atroz que termina por hacer todo de la peor forma posible.
Uno ya sabe que se encuentra en problemas cuando una
voz en off empieza a narrar una historia ancestral
acerca de dragones buenos y malos... y no le da tiempo
al espectador para digerirla. Al menos, terminados los
títulos, uno tiene la expectativa de que por
lo menos cuando los actores entren a escena, la trama
baje el ritmo y se redima un poco. Pero los problemas
siguen, especialmente cuando uno tiene tres flashbacks
en menos de cinco minutos - un recuerdo de la niñez
del periodista, el encuentro con un seudo maestro trascendental,
la narración de una historia milenaria de Corea
- que sólo terminan por oscurecer las cosas,
y es un vomito masivo de datos que no tienen pies ni
cabeza.
Aquí tenemos a Ethan (Jason Behr, de la serie
Roswell) curioseando en una escena de desastre
en una ciudad americana. Uno ni puede ver bien lo que
pasó, ya que la secuencia tiene muchos cortes
y pasa muy rápido, a lo sumo ve humito y casas
ardiendo. Ethan encuentra un fragmento enterrado entre
los restos de algo que parece ser una escama. De regreso
en su oficina, recuerda que cuando era niño vió
algo parecido en la tienda del comerciante de antigüedades
Jack (Robert Forster, otro resucitado por Tarantino
que, al igual que Travolta, después de su gran
oportunidad ha comenzado a elegir cada vez peores papeles).
Allí Ethan encuentra una caja donde parece residir
el espíritu de un dragón. Jack se las
ingenia para quedar solo con el chico y contarle una
antiquisima leyenda coreana, acerca de un aprendiz de
guerrero que salvó a una doncella de ser sacrificada
para satisfacer los deseos (los más sublimes
y los más perversos!) de un dragón
conocido como Buraki. La doncella ha nacido con una
marca de dragón en el hombro, lo que la hace
la elegida - Yuh Yi Jo -, y es que qne realidad
ella posee el espíritu del antagonista de Buraki,
que es el dragón bueno Narin, el cual solo puede
materializarlo cuando tenga 20 años, La chica
es perseguida por una horda de clones de orcos, Sauron
y el Rey Brujo de El
Señor de los Anillos, aunque con efectos
especiales más berretas. Cuando el ejército
del mal llega al pueblito, el aprendiz de guerrero y
la doncella escapan, asistidos por el maestro del primero,
pero ante lo inevitable del acoso deciden matarse tirándose
de un acantilado. Chim, pum!.
Hasta ahí, a uno le queda la sensación de
que la película podría haber sido mucho
mejor si se hubiera quedado en la Corea medieval, con
la historia de guerreros y magos. Los FX al menos son
digeribles, con hordas de bichos enormes cargando cohetes
que parecen misiles Tomahawk de la edad media,
más algunos otros animalejos afanados del planeta
Hoth de El
Imperio Contraataca. Pero no, el director es más
ambicioso, y decide ir más lejos ... para su desgracia.
De regreso en el segundo flashback (Jack y el
chico), le dice que ambos son el espíritu reencarnado
del maestro y del aprendiz respectivamente, y que Ethan
deberá en el futuro encontrar a la reencarnación
de la chica para volver a salvarla de los seguidores
de Buraki y del dragón mismo - algo que pasa
cada 500 años -. Obviamente las reencarnaciones
no tienen lugar en Corea sino en Hollywood, donde se
pueden contratar actores medianamente conocidos y vender
el film a mercados internacionales - ¿cómo
un espíritu coreano fue a parar a Norteamérica?
-.
Acto seguido regresamos al presente, y Ethan sale a
buscar a la chica, de la cual sólo sabe que va
a cumplir los 20, tiene un tatuaje, y (de la galera)
sabe que se llama Sarah (sí, Sarah Connor!!!!!!).
Lo que sigue a partir de allí es una flagrante
copia de Terminator con
: chica aburrida que tiene premoniciones, todo el mundo
la busca, tiene un par de amigos que pasan al status
de cadaver cuando confunden su identidad con Sarah,
la chica termina encerrada en un hospital y todos la
dan por loca, y el dragón / terminator
va a buscarla al nosocomio donde justo Ethan / Reese
justo la rescata a tiempo. No sólo al director
Shim Hyung-rae se le escapa de que al menos Terminator
era un robot camuflado de tipo y pasaba desapercibido
en vez de una serpiente gigante de 500 metros de largo,
sino que asume que todos en Los Angeles están
tan drogados que nadie puede ver a una criatura del
tamaño del Titanic rondando por las calles
- la escena del cuidador del Zoo, que descubre a Buraki
masticándose un elefante es un papable ejemplo,
ya que al pobre tipo terminan por darlo por loco -.
Y mientras Ethan y Sarah se dan a la fuga, Jack aparece
de tanto en tanto como un seudo Obi-Wan Kenobi, cambiando
de formas, dandole consejos, sacándoles las papas
del fuego. Ethan está convencido de que puede
invocar al espíritu del dragón bueno y
va a ver a un espiritista, momento en el cual Sarah
se transforma y termina por levitar al mejor estilo
de El Exorcista. Como si
los robos de filmes mejores que éste no alcanzaran
a Shim Hyung-rae, Buraki y sus acólitos aparecen
en medio de Los Angeles para capturar a la parejita,
persiguiéndolos tras su 4x4, dándolo vuelta
y respirándole en la cara tal como Jurassic
Park (igualito, igualito). Por lo menos ahí
la película logra despegarse un poco de la idiotez
de arrastre, generando unos choques masivos muy interesantes
entre el ejército de Sauron de segunda y
tropas militares de élite en medio de las calles
de la ciudad. Es formidable ver helicópteros
Apache y tanques M1 a balazo limpio con dinosaurios
voladores y manadas de seudo trolls... pero como Shim
Hyung-rae no tiene demasiada imaginación propia,
insiste en robar ahora escenas de Godzilla (1998)
con helicópteros persiguiendo a bichos entre
rascacielos y siendo devorados desde abajo. Lamentable.
Ethan y Sarah terminan por ser atrapados, y cuando
Buraki está a punto de desayunarse a la chica,
Sarah decide largarse un erupto metafísico que
libera a Narin, y los bichos se van a las tortas en
una secuencia confusamente filmada. El bien triunfa
sobre el mal, y todos felices y contentos. Chim,
pum (2) !
Esta atrocidad fue dirigida por Shim Hyung-rae, un
director sur coreano que viene filmando delirios desde
1984 (y es responsable de la versión moderna
de Yonggary, el Godzilla coreano). Obviamente
el tipo se cree el George Lucas asiático y no
tiene el más mínimo control de calidad
interno sobre lo que escribe y dirige. Acá tiene
un presupuesto muy abundante - es la producción
coreana más cara de todos los tiempos -, pero
podría haber hecho algo realmente sensacional
y no el bofe resultante. Salvo que a usted le hayan
hecho una lobotomía recientemente, o bien se
haya cargado 3 o 4 cervezas de a litro encima, le recomiendo
que se aleje de Dragon Wars. Hay otros filmes
de los que nos gustan que están mejor hechos
y son más divertidos, que al menos no le ultrajan
las neuronas repetidas veces como esta monumental idiotez.
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