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USA, 2004 : Tracey Ullman (Sylvia),
Johnny Knoxville (Ray Ray), Selma Blair (Caprice), Chris
Isaak (Vaughn), Suzanne Shepherd (Big Ethel)
Director - John Waters, Guión
- John Waters
TRAMA : Sylvia sale enfurecida
de su casa, luego de lidiar con su hija stripper
y con su marido - que se ha levantado cachondo y
la ha estado acosando sexualmente toda la mañana
-. Pero en el camino sufre un accidente y termina siendo
asistida por Ray Ray, el que se presenta como una especie
de sanador sexual. Luego de tener un orgasmo con Ray
Ray, la conservadora Sylvia se libera de todas sus ataduras
morales y se convierte en una adicta al sexo, buscando
desesperadamente la compañía de hombres
y mujeres para gozar. Pero la promiscuidad de Sylvia
ha comenzado a contagiar su adicción al sexo
a todas las personas con las que se ha acostado, con
lo cual el barrio comienza a superpoblarse de maníacos.
Y ahora su madre y su marido han comenzado una cruzada
moral contra la promiscuidad, no sólo para depurar
el vecindario sino para detener el desenfreno sexual
de Sylvia.
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En los 70 John Waters significaba transgresión
con mayúsculas. Ok, hacía un humor sexual
naif, desenfadado y muy divertido. Una enorme parte
de su filmografía se la puede relacionar con su
identidad gay, ya que ser homosexual a finales
de los sesenta era nominarse voluntariamente a ser un
paria. Durante muchos años Waters batalló
desde sus filmes para que la gente abriera su mente, cambiara
su postura respecto del sexo y, sobre todo, no discriminara
al diferente. En ese sentido lo de Waters fue una cruzada
contra el conservadorismo, enarbolando como bandera la
ingenuidad del amor libre, propia del flower power.
Quizás lo mejor que tenían los primeros
filmes de Waters era su falta de ataduras de todo tipo
y por eso se animaba a decir lo que quería. Carecía
de las restricciones del establishment hollywoodense.
El problema es que Waters se convirtió en un
director de culto, lo llamó Hollywood y comenzó
a pasteurizarse. Y esto se le suma el enorme
cambio cultural (y sexual) de las últimas décadas
- la pornografía está por todos lados,
los gays están mayormente aceptados en la sociedad,
tienen derechos reconocidos y pueden casarse, etc, etc
-, con lo cual la cruzada de Waters ha pasado al
status de reliquia con el correr de los años.
Con lo cual llegamos a A Dirty Shame (Una
Sucia Vergüenza, titulo original que acá
mutó en Los Sexoadictos), el que vendría
a ser (hasta ahora) el canto de cisne de Waters. Luego
de la tibia respuesta de su anterior opus, Cecil
B. De Mente, Waters decidió despacharse con
una comedia sexualmente desenfadada como las que hacía
hace 40 años. El problema es que, aún
con todas las cosas bizarras que le han metido al guión,
A Dirty Shame es un Waters muy tibio. Hay desnudos,
hay chistes y situaciones procaces, hay actuaciones
realmente desenfadadas... pero no hay propósito
alguno en todo esto.
Ciertamente aquí se vuelven a los viejos temas
de Waters; los desprejuiciados que gozan del sexo versus
los conservadores que apenas lo tienen. Acá figura
Tracey Ullman como una ultraconservadora ama de casa que
descubre el placer del sexo y luego se dedica a transar
con todo lo que se le cruza en el camino. Ullman se la
pasa corriendo en minifalda durante toda la película,
generando un gag tras otro que van de lo ok a lo
apenas gracioso. El tema es que, como su personaje está
mal desarrollado, uno nunca termina por conectarse con
él. En las viejas comedias de Waters los protagonistas
eran individuos idealistas, gente de discursos (mas allá
de si éstos eran ridículos o no). Acá
eso no pasa. Está Johnny Knoxville como un "hombre
santo - sexual" que habla mucho pero explica poco.
Nunca se entiende para que precisa reunir doce apóstoles
o qué va a pasar con el mundo cuando termine de
reclutarlos.
El tema es que todo se ve muy light y algo pasado
de moda. Sin dudas hay un par de buenas carcajadas escondidas
en el libreto, pero da la impresión que Waters
ha perdido el filo para hacer una comedia deshinibida
y grosera. Uno puede elogiar el empeño y desenfado
que tiene el cast, pero los actores no consiguen repuntar
lo que parece ser una historia sin rumbo, una sucesión
de sketches no muy inspirados y vagamente conectados
por un hilo temático central.
A Dirty Shame está ok, pero no es gran
cosa. Y, aunque parezca increíble, las obras
más viejas de Waters tienen mas energía
e impacto que esta película. Vale simplemente
para revivir un momento de humor rayano en lo bizarro,
pero cuya efectividad dista mucho de los viejos momentos
de gloria del director.
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