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(les pedimos disculpas por posibles inconsistencias en los nombres de los
personajes; en toda la saga del Dr. Mabuse en los años 60 y 70, los actores
se repiten en distintos filmes pero con roles diferentes; e incluso en la traducción
local de cada película, los apellidos de los personajes cambian; originalmente
el inspector Clarence es el Kriminal Kommissar Kras y el potentado Taylor era
Henry B. Travers; e incluso hay media docena de títulos alternativos para
cada una de las películas) Los genios criminales no nacen con James
Bond en los sesenta. Provienen de antigua data, entre finales del siglo XIX
y principios del siglo XX. Sin ir mas lejos, el profesor Moriarty - archienemigo
de Sherlock Holmes en las novelas de Sir Arthur Conan Doyle - es un antiguo
antecesor fácilmente reconocible. Entre la literatura de principios de
siglo puede encontrarse a Fu Manchú y a Fantomas.
Particularmente con estos dos personajes se iría moldeando el perfil del
cerebro criminal moderno - uso de la tecnología más avanzada para
obtener sus fines, ansias de dominar el mundo, despiadados métodos para
concretar sus planes, inteligencia superior a la normal -.
En 1921 aparece la novela por entregas Doctor Mabuse, el jugador, publicada
en el diario Berliner Illustrierte Zeitung. El serial, escrito por el periodista
francés nacionalizado alemán Norbert Jacques, obtuvo una gran repercusión.
Sobre el trasfondo de la Alemania de la post guerra - la época de la república
de Weimar, la extrema pobreza y la hiperinflación -, Jacques concibe
la posibilidad del surgimiento de un genio criminal cuyo poder se basa en la hipnosis
y el control de los seres humanos. Los hermanos Ullstein, dueños del Berliner,
entraron en tratativas con el estudio alemán UFA para llevar el
personaje al cine. En la UFA trabajaban Fritz Lang y Thea von Harbou, quienes
pronto terminarían atachados al proyecto.
El resultado fue Doctor Mabuse, el jugador (1922), una de las obras
maestras de Lang en su época pre americana. El film, de cuatro horas y
media de duración (y exhibido en dos partes) fue un rotundo éxito,
y al tiempo la UFA insistiría en que Lang retome el personaje. En
1932 rodaría El Testamento del Doctor Mabuse, donde el criminal
sería apresado e internado en un manicomio, aunque seguiría manejando
los hilos de la institución e intentando dominar al mundo. Escrito como
una metáfora anti nazi, Lang terminaría escapando de Alemania con
los rollos del film bajo el brazo. Su esposa Thea Von Arbou quedaría en
tierras germanas, siempre fiel al régimen nacionalsocialista.
Es obvio que el Doctor Mabuse es fruto de su tiempo. No resulta muy
alejado el escenario que aprovecha Mabuse para desarrollar su poder que el mismo
que explotara Hitler. Un país en caos económico y político,
un campo fértil para sembrar un plan de poder, el dominio de las mentes
superiores sobre una población desesperada.
En 1960 Lang rueda en Alemania el film que ahora comentamos - que posee media
docena de títulos diferentes -, con absoluta libertad creativa. Es también
su canto del cisne - Lang se retiraría del cine y fallecería en
1976 -. La insistencia de los productores culminó en la revisita y despedida
de Lang del personaje.
Los Crímenes del Doctor Mabuse es un film sorprendentemente ágil.
Tiene una enorme cantidad de trama y diálogos, pero resulta imposible perderse
gracias a la diestra mano de Lang en la dirección. Hay muchísimas
escenas, la mayoría muy cortas, y con un montón de personajes yendo
y viniendo. En su gran mayoría, Los Crímenes del Doctor Mabuse
sigue un esquema similar a los seriales de los años 30 y 40: diálogos
muy rápidos, esquemas diabólicos, imaginación delirante al
tope. Aquí Mabuse se vale de todo tipo de tecnología moderna - cámaras
ocultas de TV, rifles de dardos, bovedas selladas electrónicamente - y
de sus clásicos trucos: hipnosis, telepatía. Lo único que
falta son los cliffhangers, pero bien podría ser un serial de la
Republic.
Pero no todo se trata de ritmo. Los personajes son interesantes. En especial
el contrapunto entre el inspector Clarence, el vendedor de seguros y el Doctor
Mabuse. Es un duelo de ingenios, donde todos los caracteres principales son suspicaces.
Aquí está Gert Frobe, dando su habitual estilo Goldfingeriano
de actuación: campechano, sagaz, desconfiado, pleno de trucos. El inspector
deja cebos y comienza a recibir atentados. Particularmente me gustó la
falta de escrúpulos de Clarence, que obtiene los datos del modo más
expeditivo - no busca órdenes judiciales, el toma la información
y la usa -. Cuando pone la fotografía de la novia de Bartel en su escritorio
como carnada para el vendedor de seguros (y la hace pasar como su esposa) me parece
un toque brillante. A su vez el vendedor de seguros - omnipresente en todo el
relato, y el primero que descubre la identidad de Mabuse - es un clon de Clarence,
sólo que el espectador desconoce sus intenciones hasta último momento.
Existen cosas sorprendentes, trucos del guión, como la preparación
del vendedor de seguros en el hotel - toma un mantel y se lo lleva escondido,
anticipando que en el callejón el perro lazarillo del vidente Cornelius
lo va a atacar -. Nada resulta ser lo que parece.
Pero la intensidad del ritmo domina todo, lo cual es ideal para que el espectador
no se detenga a pensar en la trama. Si uno analiza en retrospectiva, es un guión
lleno de agujeros. Es un plan al estilo de Misión
Imposible, donde se lleva a cabo una teatralización a fín de
enredar al industrial y poder hacerse cargo de sus fábricas de misiles.
Uno puede ir viendo que todo está orquestado, pero la película no
da respiro para pensar hacia donde va. En especial por la presencia del vendedor
de seguros - alguien de quien Clarence desconfía e investiga -, que podría
ser el mismo Mabuse o un criminal de poca monta, decidido a explotar el engaño
para sí mismo. A su vez Mabuse usa una organización que parece el
antecesor de Spectre - la liga de criminales que combate James Bond en
los sesenta - con miembros identificados con un número, expeditivas eliminaciones
de sus traidores, y mecanismos electrónicos secretos de vigilancia y chantaje.
Y si bien la velocidad del relato es excelente, donde los huecos del argumento
se empiezan a notar es cuando la trama entra en carriles más conocidos,
como el tema de la suicida que se enamora del industrial y es perseguida por el
marido abusivo. Ya cuando Taylor mata al esposo en defensa propia - observando
secretamente a la chica a través de un espejo doble en una habitación
contigua, algo que el corrupto gerente de hotel le había conseguido a propósito
-, y aparece el sicólogo de la chica a camuflar los hechos, la historia
empieza a hacer algo de agua. Por suerte Taylor es bastante sagaz para darse cuenta
del engaño, y la película rápidamente se redime. Por último
la identidad de Mabuse es descubierta y su plan arruinado, pero el clímax
- sin ser espectacular - es realmente ingenioso. El vidente / sicologo resulta
ser el hijo de Mabuse, quien posee la misma locura que el padre y desea hacerse
con las fabricas de Taylor para destruir el mundo. Ok, es un propósito
idiota, pero el discurso final de Mabuse dura unos segundos e inmediatamente la
acción continúa. El descubrimiento del verdadero Mabuse en el lobby
del hotel a través de su perro lazarillo es muy ingenioso. Y la secuencia
final - abierta para una posible secuela - no sólo está muy bien,
sino que uno queda con la duda de si Mabuse realmente no obtuvo su propósito
- la chica y Taylor por fin deciden casarse, después que el criminal cae
con su auto al río -.
Es un film lleno de trucos; hay sagacidad, planes inteligentes y complejos,
situaciones que cambian a cada momento. Por supuesto Lang realiza algunas trampas,
como personajes omniscientes que saben todo (o anticipan todo) lo que va a pasar.
El propósito de Mabuse es absurdo (al menos tal como lo plantea la película)
aunque el plan es genial. Es una película realmente entretenida, y daría
pie a algunas secuelas, además de que Mabuse regresaría en una terrible
remake a la francesa con Alan Bates como el doctor. Pero en esta despedida
oficial de Lang, es un adiós más que meritorio. |
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