|
Esta es otra joyita de William
Alland, el productor detrás de una parva
de titulos más que meritorios de la ciencia
ficción cincuentosa como This
Island Earth, El
Monstruo de la Laguna Negra y El
Monstruo Alado. Y en la dirección está
Eugene Lourie, el mismo de La
Bestia de las Profundidades y Gorgo.
El resultado final es un filme muy oscuro y original,
bastante intenso y muy eficiente, considerando sus
escasos 69 minutos de duración.
El Coloso de Nueva York no es
mas que otra variante de Frankenstein
- incluso el robot del título tiene
cierto aire al maquillaje de Boris Karloff de
la película de 1931 -, sólo
que el acto contra natura ha sido cometido,
esta vez, en la era de los autómatas atómicos.
Esta es una familia de científicos y el
hijo menor - y el más brillante
- acaba de fallecer. El padre se niega a que el
mundo pierda semejante talento y rescata el cerebro
de su hijo, incrustándolo en un gigantesco
robot que parece la versión androide de
Franky. Obviamente
las cosas vienen mal paridas desde el vamos, ya
que el tipo se ve al espejo y se odia a sí
mismo al instante... pero el padre insiste en
que debe sobrevivir como sea y debe trabajar por
el bien del mundo. Pero los dias, semanas y meses
pasan, y el flaco empieza a volverse
loco. Y, como si todo esto fuera poco, comienza
a desarrollar poderes. Su mente puede anticipar
lo que va a pasar en distintas partes del mundo;
y comienza a encontrarle otros usos a su cuerpo
metálico, ya sea lanzando rayos por los
ojos o utilizando los mismos para hipnotizar a
sus victimas. Como sea, en un momento se da vuelta
la tortilla y el engendro mecánico es quien
comienza a controlar al despótico padre.
Y al final es una criatura tan cargada de amargura
y resentimiento que entra en modo serial killer
a full, liquidando a todo aquel que se
le cruce en el camino. Triste destino
para un humanitario al que rescataron de la muerte
contra su voluntad.
Lo que hace tan interesante a El Coloso
de Nueva York es la tortuosa relación
entre padre e hijo. Esta es la versión
alegórica de una relación paternal
abusiva, en donde el hijo debe hacer lo que el
padre desea, sin importar sus deseos ni su felicidad.
No sólo el occiso cae en la volteada sino
también el debilucho de su hermano, quien
se niega de palabra pero sigue adelante con el
desquiciado proyecto de su padre. Esa ceguera
sobre los propósitos y los costos para
obtenerlo es en donde el filme obtiene sus mejores
bazas, ya que la tensión dramática
es palpable.
El problema con El Coloso de Nueva York
pasa por dos aspectos. El primero es que el filme
empieza a ir a los saltos cuando el autómata
es construido. El diseño es un esperpento
enorme - una mole de mas de dos metros de
altura, ojos luminosos, voz de androide y una
toga romana gigantesca - pero cumple con
su cometido a la hora de intimidar. Pero el libreto
no sabe muy bien como darle fluidez a la creciente
carga dramática. Es como si fueran episodios
inconexos, que tampoco están muy bien ubicados
en cuanto a la linea temporal. Si no es porque
ciber - Jerry nos dice
en cámara que ya ha pasado un año
desde que falleció, jamás nos daríamos
cuenta del tiempo transcurrido. También
parece abrupta la feroz reacción contra
su hermano (que está caliente como
una pava hirviendo con su viuda), o el súbito
cambio de victima a victimario con su padre (el
cual, dicho sea de paso, sale demasiado indemne
de toda la tragedia que ha provocado con su capricho).
El otro aspecto que falla es el casting del insufrible
Charles Herbert, un actor infantil que estaba
de moda en la época. La perfomance de Herbert
es tan agradable como depilarse los genitales
con una amoladora: interrumpe a cada rato
los diálogos, es chillón, parece
descolgado del drama que ocurre a su alrededor,
e incluso uno de sus caprichos es el que provoca
que su padre pierda la vida (va a recoger uno
de sus juguetes justo frente a un camión
que viene a toda velocidad!). Considerando que
el niño tiene un papel importante en el
relato - es el que provoca la tragedia y quien
se encarga de ponerle fin; y, en el medio, genera
una relación bizarra con el autómata,
muy parecida a la niña que quería
jugar con el monstruo en Frankenstein
(1931) -, podría haber elegido a otro
pibe mejor actor o, por lo menos, más agradable.
El Coloso de Nueva York es una
película muy buena que merece redescubrirse.
Es original, es oscura y tiene sus momentos, todo
lo cual la hace más que recomendable en
la modesta opinión de quien escribe estas
líneas. |