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Quien escribe estas líneas no es un particular
fanático del Western. Es posible que sea
por una cuestión de saturación del
género - a final de cuentas, la producción
más barata y masiva que pudo encontrar Hollywood
siempre fue el lejano Oeste -. Desde los primeros
films mudos, siempre existieron Westerns y ha sido
el genero de acción por excelencia por muchísimos
años. Desde superproducciones a seriales
baratos, amén de incursionar en la radio
y en la TV, el Western estuvo en todos lados. Como
escenario es ideal : un mundo sin reglas, donde
el asesinato es cuestión de todos los días
y donde todos los involucrados están armados
las 24 horas, portando sus revólveres a plena
luz del día. Resulta fácil generar
un ambiente inestable y explosivo en esas condiciones.
El problema del Western es qué hacer más
allá de las secuencias de acción como
balaceras y duelos. Eso es lo que distingue los
Westerns buenos de los malos.
Existen en el género grandes artesanos
como John Ford, que imaginaron al lejano Oeste
como un escenario para desarrollar historias.
Y por supuesto, los íconos como John Wayne.
Pero el problema fundamental de gran parte de
la cinematografía estadounidense clásica
sobre el tema reside en una visión muy
restringida de los personajes. Los buenos son
buenos, los malos son malos. Los villanos son
lugartenientes que echan a colonos indefensos,
o los indios que actúan como una fuerza
malévola y ciega. Los héroes son
hombres comunes obligados a actuar por las circunstancias
o, en otros casos, gente que desea abandonar un
pasado violento y deben regresar cuando el mismo
irrumpe en su presente. Recién en los 60
comenzará una suerte de revisionismo -
esto posiblemente tenga que ver también
con el abandono paulatino de las ferreas imposiciones
del Codigo
Hays que rigió durante años
a Hollywood -, donde los buenos no eran tan buenos,
y los malos tenían su lado humano. Fundamentalmente,
directores como Sam Peckimpah (especialmente en
La Pandilla Salvaje) sirven a este proceso.
Pero los primeros pasos no vinieron de USA sino
del otro lado del Atlántico, de una cinematografía
tan exploitation como la italiana, que
durante los años 60 comenzó a pisar
fuerte - y que lamentablemente su influencia se
fue diluyendo en la década siguiente -.
Italia había comenzado en la década
como un imitador comercial de la cinematografía
norteamericana. En la filmografía italiana
hay cine de terror, hay cine policial, hay cine
de época, y hay - por supuesto - cine del
Oeste, que sería la baza más conocida
pero no la menos importante. El Spaghetti Western
fué un género recibido despectivamente
por la crítica y el público hasta
la aparición de ciertos artesanos que le
dieron prestigio e incluso revirtieron el proceso,
exhibiendo obras de gran calidad e influencia
sobre la misma cinematografía americana.
Y todos esos talentos, el nombre más resonante
es sin duda Sergio Leone.
El Bueno, El Malo y El Feo es la tercera
entrega de Leone sobre el género (después
de Por un Puñado de Dólares,
y Por Unos Dólares Más),
nuevamente con Clint Eastwood como protagonista.
No es exactamente una trilogía, ya que
el personaje de Eastwood no siempre tiene el mismo
sentido, aunque sí conserva la misma estética
- el sombrero, el poncho, los cigarros recortados
-, amén de que Lee Van Cleef asume ahora
un caracter totalmente diferente al del correcto
y vengativo Coronel Mortimer de Por Unos Dolares
Más. Muchos piensan que El Bueno,
El Malo y El Feo es una suerte de precuela
- a fin de cuentas, sobre el final del film, Eastwood
calza la vestimenta característica que
usa en las películas previas -; en todo
caso, se puede decir que es una suerte de ensayo
sobre variaciones del tema que Leone vino exponiendo
en los tres filmes.
Hay rasgos muy particulares que hacen notable
al film. En primer lugar, todos los personajes
son grises en distintas tonalidades. No hay héroes
sino villanos de mayor y menor monta. Tuco y el
Rubio son estafadores, cínicos y crueles,
que se ven mejores que Ojos de Angel, que representa
una fuerza totalmente siniestra. Ya no son los
protagonistas naif típicos de los
Westerns americanos, sino personajes rastreros
que se traicionan constantemente una y otra vez,
desconfiados y expeditivos. El segundo tema importante
es la violencia, que resulta bastante gráfica,
como la golpiza a Tuco en el cuartel de la Union.
Para la cinematografía tan restringida
moralmente en esa época, resulta impactante
- en otro ámbito, la Hammer mostraba
litros de sangre en brillantes colores en sus
filmes de terror, y desde Europa empezaban a probar
los límites de la censura -.
Pero en tercer lugar, el factor más importante
es el estilo de la narración. Leone transforma
al Western en un comic filmado. Hay numerosos
primeros planos, los personajes se encuentran
en pose casi todo el tiempo, o Leone toma planos
generales realmente largos y estilizados - la
escena inicial con Van Cleef en silencio, parado
en la puerta, es tan gráfica como el Henry
Fonda alto y flaco vestido de negro de Erase
una vez en el Oeste -. Muchas escenas recuerdan
a las viñetas de una historieta, e incluso
hay cierta alteración del espacio y tiempo
que también rememora a un comic.
Esto lo destaca Roger Ebert, y se puede percibir
en ciertas secuencias del film : como cuando Tuco
y el Rubio vuelan el puente, se agachan para protegerse
de la explosión, y en dos minutos las fuerzas
militares se aniquilan mutuamente; o cuando Tuco
huye de los cañonazos de el Rubio y aparece
súbitamente en la escena del cementerio
- un lugar que debería haber resultado
visible desde lejos, pero que el protagonista
descubre imprevistamente "porque cayó
en ese fotograma" -. Lo mismo sucede
cuando los personajes principales llegan al río,
sin darse cuenta del enorme despliegue militar
que la Union ha montado.
El estilo de Leone es fabuloso, lo que mantiene
el ritmo de la narración de forma fluída
sin que el espectador caiga en los huecos de lógica
que puede tener el argumento. La historia central
es breve, pero Leone la estira con las peripecias
incidentales que los bribones deben pasar hasta
llegar a su destino - especialmente con el tema
de las milicias de la Guerra Civil -. Ciertamente
el film contiene inexactitudes históricas
sobre el tema - hay hechos y armas que no se condicen
con la época -. También hay algunos
errores obvios, como el inexplicable motivo que
lleva a Tuco a hacerse pasar por Carson, o las
actividades "extracurriculares" de Ojos
de Angel, que entra y sale del ejército
sin dar excusa alguna, así como el conocimiento
personal previo con Tuco. Sin mencionar al super
revólver que Tuco se monta en la armería.
Pero la energía del relato hace obviar
estas imperfecciones.
El cuarto detalle es la inmortal partitura de
Ennio Morricone. El tema principal ya es sinónimo
de Western. La originalidad del arreglo, con el
estribillo clásico (teóricamente,
imitando a un hiena, quizás en alusión
al caracter de los personajes principales peleándose
por un trozo del botín).
Y quinto, las actuaciones. Recién Eastwood
encuentra su carácter en el cine; sea en
Harry el Sucio,
en Los Imperdonables o en otros de sus
filmes, su personaje lacónico y cínico
está basado en la construcción que
hizo en las películas de Leone. Eli Wallach,
un intérprete que tiende a sobreactuar,
tiene un papel que festeja los desbordes del actor.
Y Van Cleef es magistralmente letal. Es una lástima
que no haya podido desarrollar una mejor carrera,
ya que generalmente lo más difícil
para un actor cinematográfico es encontrar
"su" papel en la pantalla, cosa que
sí sucede en este film (así como
Bogart era el duro de buen corazón, o Burt
Lancaster el aventurero carismático).
Lamentablemente Leone dirigiría unos pocos
Westerns más, y abandonaría el género;
su talento era enorme. La influencia de su obra
es gigante - el duelo a la mexicana es un obvio
homenaje posterior de Tarantino de la escena final,
y una de las mejores secuencias filmadas de la
historia -, y revitaliza el género. Resulta
triste que la cinematografía italiana haya
colapsado con el paso de los años, ya que
era una fuente constante de directores creativos
- Leone, Argento, Fulci, Bava, etc - que ofrecían
visiones más estilizadas y frescas sobre
géneros que Hollywood terminaba por destruir
por saturación.
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