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USA, 1982 Director
- Jayne Loader, Kevin Rafferty, y Pierce Rafferty
TRAMA : The Atomic Cafe
es un documental que trata sobre la historia de la bomba
atómica, desde sus primeras pruebas y su lanzamiento
sobre Hiroshima en 1945, hasta la carrera armamentista
entre los soviéticos y los norteamericanos, la
Guerra Fría, y la cultura norteamericana surgida
a través de la convivencia diaria con la posibilidad
de un inminente ataque nuclear.
NOTA : como siempre, desarrollamos
este sitio desde fans hacia fans del buen cine. Por
ello, se pueden mencionar partes del film que pueden
develar el final (spoilers), pero asumimos a esta altura
que los lectores han visto el film o se encuentran familiarizados
con la historia. |
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Los años ochentas son una fuente inagotable de
paranoia atómica, gracias al talento del señor
Ronald Reagan. Durante su gobierno Norteamerica endureció
su política exterior de tal manera que la Guerra
Fría corría serio riesgo de derretirse bajo
el calor de las armas atómicas. La década
había comenzado mal, con la invasión soviética
a Afganistán; luego vino el derribamiento de un
avión de pasajeros coreano (por parte de cazas
soviéticos) en 1983, en el cual viajaba un senador
norteamericano; y , a causa de todas estas tensiones internacionales,
Reagan decidió llevarse a los soviéticos
de sombrero, incrementando de manera geométrica
el stock de misiles intercontinentales, sacando proyectos
de la manga como el caza furtivo B-1 y el delirante proyecto
de escudo antimisiles conocido como "Guerra de
las Galaxias" . Mientras tanto, el pueblo yanqui
estaba convencido que los dementes líderes de las
dos superpotencias se la iban a dar en serio (esta
vez), y se tiraban al piso y se cubrían mientras
esperaban la sirena anunciando la inminente caída
de los misiles nucleares. Mal día para vivir
en el hemisferio norte. En medio de esa paranoia
- que era tanto o más palpable que la crisis
de los misiles cubanos de octubre de 1962 -, el cine
y la TV empezaron a disparar alarmas y mensajes de todo
tipo y color como para que algún que otro lider
pudiera captar la idea y recapacitara. En toda esa larga
lista de advertencias - la británica Threads,
el demorado estreno en la TV inglesa de la formidable
El Juego de la Guerra
(1965); la publicitada Cuando
Sopla el Viento; la impactante El
Dia Después, que tuvo el mérito de
haber sido vista por Reagan y logró bajarle
unos cuantos cambios a su acelerada cabecita -,
hubo un grupo de muchachos que venía recopilando
documentales desde hacía 5 años, y que
logró empalmarlos en un solo filme y estrenarlo
en el momento justo. Eran los hermanos Kevin y Pierce
Rafferty, quienes - junto a Jayne Loader - dieron a
luz en 1982 a El Café Atomico.
Lo que ha hecho el trío de directores no ha
sido mas que recoger todo tipo de material de archivo
sobre la bomba nuclear y, específicamente, sobre
la "cultura atómica" que se desencadenó
en Norteamérica con posterioridad a 1945, y ensamblarlo
con la edición adecuada. El dato más curioso
es que no hay un narrador en off que guíe
la historia, ni siquiera hay algún documental
moderno hecho por los responsables (como podría
ser alguna entrevista actual de alguno de los protagonistas
de aquellos sucesos históricos), con lo cual
los creativos apuntaron a que los hechos hablaran por
sí mismos (a lo sumo, su aporte se reduce a elegir
los documentales y reeditarlos de acuerdo a su criterio
artístico para lograr el efecto deseado). Es
un enfoque arriesgado y muy inteligente, ya que hace
que el filme funcione simplemente por el contraste de
la valoración cultural actual del espectador
(más informado, desconfiado, cínico) versus
la ingenuidad y el manejo tendencioso de la información
que era propio de los documentales de los años
1940 a 1960. Aquí lo que se ha reunido es material
de fuentes muy diversas, desde filmes de instrucción
militar y civil, documentación de pruebas atómicas,
propagandas políticas de distinto origen hasta
noticieros de época, material desclasificado
del gobierno y filmaciones caseras de aquel entonces;
y el resultado final es un mix fascinante que contiene
cuotas justas de humor negro, fascinación, horror,
repudio y shock, como sólo un gran documental
puede lograrlo.
Hay varios puntos temáticos que son constantes
a lo largo de The Atomic Cafe. El primero es que,
sin importar el trabajo, el cargo ni la inteligencia del
interlocutor, el 95% de ellos se muestran como unos auténticos
palurdos delante de cámaras. Hay un montón
de gente patética, que pareciera tener un alto
grado de ignorancia (o retraso, o lentitud mental,
como se le quiera llamar), hablando a dos por hora, diciendo
sandeces o disparates de los cuales están firmemente
convencidos, y con el agravio de ser gente en cargos realmente
importantes: desde militares de alto rango - incluyendo
al piloto Paul Tibbets, el mismo que lanzara la primera
bomba atómica sobre Hiroshima - hasta senadores
y sacerdotes. Sí, el vapuleado Richard Nixon figura
también aquí y el filme se engolosina bastante
con él, en especial en una conferencia en vivo
con Nikita Kruschev - en donde el premier ruso termina
por barrer el piso (metafóricamente) con el entonces
vicepresidente norteamericano respecto de una discusión
sobre capitalismo y comunismo -.
Esa sensación de que la época estaba
dominada por ignorantes con cargo termina por
transmitirse de manera contagiosa al resto del filme.
En un principio los norteamericanos crearon la bomba
... y creyeron firmemente en que era una especie de
espada divina que Dios les había dado por ser
justos. Primero, en venganza por Pearl Harbor
y, después, para mantener el equilibrio político
del planeta. Ello es palpable en uno de los discursos
de Harry Truman - presidente norteamericano de aquella
época -, en donde da la noticia de que los rusos
fabricaron su propia bomba en 1949... y lo dice con
una tristeza tal como si fuera un niño que le
han robado su juguete. A partir de allí se arma
un discurso foribundo en donde las aguas se dividen
entre el bien y el imperio del mal (no es invento
mío, sino palabras textuales del entonces senador
Lyndon B. Johnson en un speech de los años
50 que figura en el documental). Si uno lo compara,
no hay demasiada distancia entre aquel discurso y el
de Bush Jr. proclamado su cruzada antiterrorista posterior
al 11/9/2001 con el dicho "Dios está
con nosotros".
Allí es donde el filme se mete de lleno en la
paranoia de los años 50. Desde la búsqueda
de culpables - la terrible ejecución de los Rosenberg,
el matrimonio de espías que habría llevado
los secretos de la bomba atómica a los rusos
-, hasta la sensación de agobio de que los rusos
iban a la par o incluso los superaban en armamento y
tecnología. La cacería de brujas, la desconfianza
sobre espías comunistas infiltrados, el miedo
al repentino ataque atómico (el famoso "agacharse
y cubrirse", un filme en donde una tortuguita
animada te enseñaba a ponerte a salvo en caso
de un sorpresivo bombardeo nuclear). Y de allí
salta a los test atómicos, y a la tonelada de
aberraciones y mentiras que hizo el ejército
para poder perfeccionar el arma. Desde el bombardeo
de prueba en el atolón de las islas Bikini (que
calcularon mal el viento, y la radiación se fue
hacia una tribu de la zona, quemando gravemente a sus
pobladores), más animaciones que minimizan los
efectos de la radiactividad, hasta los test de proximidad,
en donde los soldados se acercaban al epicentro de una
explosión nuclear (el operativo Plumbbob
de 1957, que apareciera en la película Nightbreaker
con Martin Sheen). Por supuesto, un montón de
esa gente moriría de cancer años más
tarde.
The Atomic Cafe es una fascinante cápsula
del tiempo, que posee de todo un poco y que nos deslumbra
como si fuera un espectáculo barato de terror
de una feria de variedades: es colorinche, patético,
gracioso e intimidante, más teniendo en cuenta
que la locura de la mayoría de los opacos personajes
que circulan por las imagenes del documental tenían
(en su momento) el poder de decidir sobre la vida y
destinos de millones de personas, o podían influir
de manera esencial sobre futuros líderes - militares,
políticos, de opinión -. Y lo más
inquietante es que aún hoy, a más de 20
años del final de la Guerra Fría y de
la paranoia atómica, esa misma clase de personajes
sigue poblando los cargos de los principales gobiernos
del mundo. Ignorantes con poder que manejan la
suerte de millones de individuos de acuerdo a sus propios
intereses. |