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Considerando el éxito que había obtenido
James Coburn con Our
Man Flint, era lógico que se moviera
dentro de carriles similares para terminar de afianzarse
como super estrella del momento. Es por eso que
El Analista del Presidente es lo más
parecido a una secuela no oficial de Flint. Aquí
no hay un ridículo super espía, pero
sí hay una ridícula comedia de espionaje,
con Coburn haciendo de Coburn - sonriendo agrio
frente a la cámara y dejando que las chicas
de todo el mundo se derritan por él -,
y con otros villanos incompetentes trazando un absurdo
plan para dominar el mundo.
El Analista del Presidente es una comedia
plagada de buenas ideas; el problema es que Theodore
J. Flicker es mejor guionista que director, y
todas las escenas le salen cocinadas por la mitad.
Acá hay un siquiatra que es seleccionado
para que actúe como analista del presidente;
como el mandatario tiene una carga emocional impresionante
- debido a su trabajo, debe lidiar con las
tensiones de la Guerra Fría y la posibilidad
de una guerra nuclear en cualquier momento, entre
otras miles de cosas importantes -, al terapeuta
se le chifla el moño y comienza
a creer que todo el mundo lo vigila, y que lo
van a matar cuando termine su trabajo ya que sabe
demasiado. Luego de un brote sicótico,
el quía se da a la fuga y los servicios
secretos de todo el mundo - incluyendo el canadiense
(wtf?!) - se lanzan a apresarlo, con lo cual
la paranoia del tipo resulta ser más cierta
de lo esperado.
El primer tercio del film es algo denso. Como
en los 60 hacer terapia era cool, la película
se manda con algunos chistes intelectualoides
que parecen sacados de Psexoanálisis
(1968) y otros filmes argentos de la época.
Las cosas mejoran cuando Coburn entra en contacto
con el presidente y empieza a enloquecerse, con
algún que otro gag inspirado. Luego
la película vuelve a empantanarse, especialmente
cuando Coburn, en su fuga, termina entreverándose
con los hippies y dando pie a algunas secuencias
sicodélicas demasiado largas - eso no
quita que haya alguna que otra escena inspirada,
como cuando Coburn hace el amor con una hippie
en los matorrales mientras a su alrededor dos
toneladas de agentes del recontraespionaje terminan
matándose entre sí -. Pero donde
el filme logra recuperarse plenamente es con la
entrada en escena de La Companía de
Teléfonos. Imaginen a ENTEL haciendo
planes para dominar el mundo, debido a que todos
los usuarios la odian por dar un servicio ineficiente.
Es tan brillante y absurdo el tercer acto, que
es el que termina por redimir el filme. Es una
lástima que todo lo precedente no se haya
contagiado con el mismo nivel de locura.
El Analista del Presidente tiene una parva
de ideas brillantes desprolijamente ejecutadas.
A uno le da la sensación que todo esto
hubiera funcionado mejor con otro director especializado
en el humor absurdo (¿Blake Edwards?).
Theodore J. Flicker es demasiado indulgente consigo
mismo, y su dirección chata desmerece los
logros de su propio guión. Es una lástima,
porque el libreto está plagado de oportunidades
que terminan siendo desperdiciadas.
3 CONNERYS : Un libreto con
cosas geniales, arruinado por la chatura como
cineasta de su mismo creador. Toda la paranoia
de la Guerra Fría y de los servicios de
espionaje en pleno, y llena de gags absurdos.
Pero hay tiempos muertos y escenas demasiado chatas,
con lo cual el nivel es desparejo. La única
excepción es la genial aparición
de "La Companía de Teléfonos",
un villano tan ridículo como temible. |